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¿Candidato o sparring?

/ 15 de Marzo, 2017 / Carlos López Arriaga

Una historia verosímil (aún no sabemos si veraz) cuenta que la alternancia política del 2000 se fraguó en los primeros meses de 1995.

En diciembre del 94 el peso había sufrido un descalabro mayúsculo. El ciclo perverso descrito años atrás por JOSE LÓPEZ PORTILLO (inflación, fuga de capitales, devaluación, más inflación) retornó de golpe al final del salinismo.

Para rescatar de la debacle al recién llegado ERNESTO ZEDILLO, el gobierno de WILLIAM CLINTON ofreció que dispondría hasta de 50 mil millones de dólares como respaldo al peso.

Por supuesto, jamás fue necesario concretar la oferta. En economía como en cualquier estrategia de guerra, basta con demostrar que se tiene el recurso y la decisión de usarlo para frenar amenazas graves.

En este caso, enfriar a los especuladores y sus perversas “corridas” contra el peso, que sangraban al país de divisas, devaluando la moneda más de lo necesario.
 
Control de daños
Para estabilizar la nave ZEDILLO y su equipo tuvieron que plantar cara ante toda suerte de agentes económicos. Tragar reclamos, digerir regaños y acatar directrices ante cúpulas patronales de adentro y afuera, el Banco Mundial, el FMI y el gobierno americano.

Al paso de las semanas la tormenta amainó y CLINTON ratificó los compromisos del TLC contraídos por GEORGE BUSH.

Ello, mientras la persecución contra RAÚL y CARLOS SALINAS se encargaba de entretener a una opinión pública sedienta de sangre.

Es entonces (¿primavera del 95?) cuando el más alto mando financiero nacional y global le pasa factura a ERNESTO ZEDILLO. Tras valorar su esfuerzo para solventar la crisis, le dan el mensaje.

-“Muy bien, pero es la última vez que los salvamos. El PRI se tiene que ir y abrir paso a la alternancia en 2000.”
Estaba claro que ya eran demasiados los finales de sexenio crueles donde la banca internacional debía entrar al quite para rescatar la economía mexicana de sus excesos y crudas recurrentes.

Desde la devaluación del 100% que marcó la salida de LUIS ECHEVERRÍA hasta las tempestades vividas bajo LÓPEZ PORTILLO y DE LA MADRID, ni
siquiera SALINAS, el gran privatizador, logró escapar de esa maldición.

La medicina tendría que ser política y así se lo dijeron a ZEDILLO, quien desde entonces habría de idear la transición más decorosa.
El septuagenario presidencialismo tricolor empezaría a desmantelar sus inmensas facultades extralegales.

Esto explica la distancia del Presidente hacia su partido y el triunfo de CUAUHTÉMOC CÁRDENAS en la elección capitalina de 1997.

Y también el cambio instrumentado en la selección de candidatos a gobernadores. En pocas palabras, ZEDILLO se amputó el dedo y lo repartió en cachitos a los gobernadores.

Perder o ganar
En cuanto a la sucesión presidencial fue sintomático que el candidato no emergiera de su grupo compacto sino que recayera en un veterano del lamadridismo, PANCHO LABASTIDA.

Nueve años mayor que el presidente, difícilmente podríamos ver a LABASTIDA como un delfín de ZEDILLO. La suerte estaba echada, el PRI iba de salida y el mundo empresarial (temeroso de la izquierda cardenista) apuntaba hacia el gobernador de Guanajuato, VICENTE FOX.

Desde luego, FOX ganó por mérito propio. La misión de ZEDILLO fue sacar las manos para que la inconformidad acumulada por años hiciera el resto.
Por ello, desde que renuncia a promover un delfín, abdica también a impulsar un candidato ganador. Se escucha duro, pero LABASTIDA fue sólo un sparring.
Importa el dato porque la elección ya próxima del 2018 deberá plantearse esta disyuntiva al interior del PRI.
El perfil del candidato será muy distinto (1) si PEÑA NIETO quiere impulsar un proyecto ganador o bien (2) un nuevo mártir de la alternancia, como LABASTIDA.
Cabe preguntar, ¿Qué planes tiene el presidente?
 
BUZÓN: lopezarriaga21@gmail.com
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