4 marzo, 2026

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Crónica urbana

La cobija De los Pobres

Crónica Urbana
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Ayer —y esperamos que también hoy— estiramos las patorras y abrimos el pecho a todo lo que da y tronamos los huesitos al compás del sol. Ese sol maravillosos que fijó sus garras de fuego sobre nuestra piel guardada por la cáscara.

Y es que el frío nos ahuyentó del baño, porque dejamos que nuestra tersa piel se enconchara como la de los armadillos para resistir las embestidas del frío loco de febrero. Volvimos a los baños de los sábados de nuestra niñez cuando nuestras mamás nos restregaban la piel sobre codos y rodillas con la piedra pómez para sacudir la salea. Para los neófitos de los baños de pueblo, la piedra pómez es la piedra porosa que como cepillo de alambre nos restrega la pelambre hasta irritarnos la coliflor y las zonas blandas.

Pues bien, el sol nos dejó su manto focal y de nueva cuenta como chapulines saltamos como pequeñas langostas sobre la plazoleta del CCT.

Yo le atoré duro a mis telas para sonarle duro al molinillo de la pintura y me eché mi rutina de tres cuadros de gran formato.

Espectacular lució la Ciudad al amparo de los rayos solares que acariciaban nuestro gaznate y vaporeaba nuestra pelambre. Horquetados en los autos, en bicicletas, bancas y faldones de casas y banquetas nos dejamos querer por los ambiciosos rayos citadinos.

Nos rascamos los tanates, afilamos las uñas, toreamos con gusto a los autos y nos tendimos como lagartijas en las bancas de la plaza.

Sol bendito, la cobija de los pobres que democráticamente nos cubre a todocho morocho.

Y aquí la fola:

Como dice José Rubén Leñero sobre el poeta popular «Qué favor le debo al sol por haberme calentado». Y yo escribo:

Yo sí agradezco a mi sol
por su tienda de moda,
que nos ha dejado sol
por la piel y la cola.

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