Apenas le daba de varazos a las cobijas y ya las meto de nuevo. Sí, de nuevo las cobijas, las cobijas son esas maravillosas alfombras de Aladino que pastan en nuestros cuerpos, que nos dan forma en el tufo nocturno y las vaporeadas de la fantasea estocal. Las cobijas en realidad son sagradas, mantos que nos cubren todo el cuerpo, dejando que las patas ‘jediondas’ asomen a hurtadillas.
Meterse en una cobija con una vieja o viejo es como un alarido de huesos, una batalla en chiquito que nos dejan ahumados y castigados al baño ruso.
Las cobijas son sagradas, pobres y ricos las festejan. Yo tuve por algún tiempo en mi vida en Ciudad de México un cobija eléctrica, como la de Caltzonzin, el de los Supermachos de Rius. Era fantástica, pues la conectaba al suich y era una delicia dormir sin peso encima. La cobija eléctrica todavía se usa, pero yo no le entro a esa, porque en cierta ocasión me dio unos toques y la tiré a la basura. Entonces costaban 30 dólares, de los de antes.
Bueno, las cobijas vuelven a nuestros cuerpos después de varearlas todo el día al golpe del sol.
Matamos pulgas y ácaros, dejamos que los insectos volátiles se agazapan con los microscópicos animalerios, entre éstos los condenados ácaros, esos poderosos insectos que nomás nos rascan cuando las cobijas no se lavan.
Y es que las cobijas de invierno poco se lavan. No así el dinero que lo lavamos con lágrimas en los ojos por el aumento de la vidorria.
Cobijas, «ay cobijas, como grita el vendedor de cobijas de la feria». famosas las de Aguascalientes, las de algodón. Pero mejores las cobijas de lana. Pero sin lana, las cobijas están peor. No hay mejor cobija que la de lana, repleta de lana para pasarla bien. Y está claro que la mejor cobija es una vieja pero con lana. Pero como están las cosas, una buena cobija, aunque sea sin lana.




