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Columnas: La Talacha

La bomba de tiempo que viene

/ 05 de noviembre, 2018 / Francisco Cuéllar Cardona

Cuando la Caravana de migrantes salió de San Pedro Sula, Honduras, el pasado 13 de octubre, su objetivo final fue llegar a Reynosa, Tamaulipas, para de ahí, tratar de ingresar a los Estados Unidos por la vía de McAllen, Texas. 

Sus líderes, que aún siguen a la cabeza, sabían que su cruce por territorio mexicano estaría plagado de riesgos de alto impacto, pero desconocían y, desconocen aún, que el tramo final (550 kilómetros), es el más peligroso. Ese territorio se llama Tamaulipas. El mismo que el 24 de agosto del 2010 cruzaron sus paisanos (hondureños, salvadoreños y guatemaltecos) y, que a la altura del municipio de San Fernando, fueron interceptados por grupos del crimen organizado y fueron asesinados con la saña más vil, que cristiano alguno haya imaginado.

Eso ocurrió hace poco más de 8 años, pero poco ha cambiado. Tamaulipas, según el Instituto Nacional de Migración (INM), es el Estado por donde más cruzan migrantes en busca de oportunidades laborales en Estados Unidos; más que Tijuana, Ciudad Juarez o Piedras Negras. Y también, es la entidad por donde más son repatriados los indocumentados. Por cada 10 repatriados a México, 6 son echados por Tamaulipas y la mayoría se quedan a trabajar en lo que sea, en la entidad. El mismo INM, dice que
por las carreteras tamaulipecas, es por donde la policía asegura más grupos de indocumentados. Nuevo León es el segundo, después de Tamaulipas.

Pero ahí viene la Caravana con más de cinco mil migrantes; y todos vienen para Tamaulipas. Algunos entrarán por Tampico, otros por Mante (por la llamada carretera nacional) y, los otros, por Tula; los que van a cruzar por San Luis. Todos tienen su mirada puesta en Reynosa. 

Este fenómeno migratorio, por sus características, es único, solo comparado con los éxodos en Siria, Irak, Pakistán, Kenia, azotados por las guerras y la más reciente en Venezuela, por su crisis económica. Pero esta que estamos viviendo y palpando tan cerca, tiene connotaciones políticas, que muchos no han dimensionado.

El gobierno de Peña Nieto ha mantenido una actitud timorata, porque no quiere lastimar más su relación con Donald Trump. Andrés Manuel López Obrador, les ha ofrecido hasta chamba, pero lo ha hecho y dicho desde un perspectiva emocional y subjetiva y, algunos gobiernos estatales y municipales, han tomado el tema más como escaparate publicitario y granjearse seguidores; han ofrecido techo, comida y cobijo, pero no han querido ver el fondo y la cola que trae esta Caravana.

La Caravana de Migrantes, es una bomba de tiempo que va a estallar de un momento a otro y, desde la perspectiva tamaulipeca, es conveniente que estalle antes de llegar a este territorio, porque si revienta, las consecuencias pueden ser fatales, con consecuencias políticas delicadas y no es conveniente que eso ocurra.

Por eso, el gobierno tamaulipeco debe exigir a Peña Nieto y al mismo López Obrador, que le busquen una salida al problema, en el que se ha convertido la Caravana.

Nadie en su sano juicio, quiere tener en su territorio a cinco mil almas gritando y queriendo brincar a como de lugar, la línea divisoria con Estados Unidos, tampoco
capotear un conflicto si un soldado gringo dispara contra algún migrante; mucho menos despertar la ira de un loco como Trump, disparando twits contra el gobierno.

Tamaulipas, es más que cualquier Estado, caldo de cultivo para cualquier conflicto político o de seguridad, de ahí la necesidad de que se desactive la bomba de tiempo, que camina por las carreteras de México.

Lo más sano, es que el gobierno mexicano le busque una salida a este, que se ha convertido en un problema de alta gravedad política. 

Ya hay antecedentes que hablan bien de México. Cuando dio cobijo a los españoles que llegaron a nuestro país en los tiempos de Lázaro Cardenas y que huyeron de la dictadura franquista, y los chilenos que encontraron refugio cuando la dictadura de Pinochet. Finalmente, estamos en los tiempos de la reconciliación y la paz.