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Columnas: Ser y deber ser

Oda a un jardín

/ 09 de julio, 2019 / Arnoldo Huerta Rincón

“Un cronopio es una flor, dos son un jardín” Julio Cortázar
Un beso es una flor, dos son un jardín, tres los campos elíseos, cuatro o más, ni te cuento, locura interminable. Eso pensaba Julio, se imaginaba diciendo esas palabras a Amanda, se situaba en múltiples escenarios, con diferentes vestimentas, con sonrisa, sin sonrisa, ojos cerrados, ojos abiertos, serio, alegre, como si estuviera en diversas dimensiones. Era un soñador eterno, y sí, eso lo hacía perderse en el universo, en el universo que llevaba su nombre.
Anhelaba ese momento, ese instante, cada palabra que no expresaba lo frustraba, porque la veía a distancia, a metros, en ocasiones, a centímetros, pero siempre que se acercaba a ella, el silencio se apoderaba de su ser, ni si quiera el terremoto que vivió en la Ciudad de México lo había puesto tan tembloroso, sus palpitaciones se aceleraban a una velocidad inusitada, no era normal en él.
Hombre de pocas palabras, pero muchas acciones, Julio nunca imagino verse paralizado ante alguna dama. Nunca pensó sentirse “débil”, sí, para él eso era, el no tener el control de sus emociones lo hacía sentirse poca cosa, “¿cómo?”, se preguntaba a sí mismo, “pero yo soy un macho alfa”, se gritaba en el espejo. Le costaba reconocer que su hombría, alado de ella, no significaba nada, se sentaba y pataleaba de la desesperación e impotencia.
Fue al baño, se encerró, se dispuso a leer a uno de sus poetas favoritos, el mexicano Jaime Sabines, leerlo, movía en su interior todas sus terminaciones, aunque a la vez lo inundaba la melancolía: “En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada”; él no sentía fuego, era poco, eran una completa llamarada en vida.
Terminó su día, estaba tan cansado que no tenía fuerza ni para hacerse de cenar, por lo que abrió una lata de atún, en automático comía, para no dormir con el estómago vacío. Acostado, observaba el techo de su cuarto, como consecuencia de su insomnio, se paró a su ventana, que daba a un iglesia cercana, veía la cruz iluminada, sentía a Dios en él, y eso le daba valor y valentía. Se dispuso a dormir, pero no podía, seguía imaginando diferentes mundos con Amanda, su mente no lo dejaba descansar, no terminaba de alinear todos sus puntos cardinales, lo que sus amigos espirituales llamaban chakras.
Al despertar, era un nuevo día, estaba lleno de luz, el agua en su rostro y en su cuerpo lo revitalizaron. Hoy era el día, era el momento perfecto para hablar con Amanda, para unir todo ese rompecabezas y decirle “ya basta”. Se vistió, se puso su mejor camisa, su mejor corbata (casi nueva, por cierto), su mejor perfume (regalo de su madre), su mejor sonrisa (que nunca usaba), como relámpago subió a su coche y se dirigió a toda velocidad a su oficina, sabiendo que a ella la encontraría.
Quien iba a pensar, que esa mañana calurosa, la vida le sonreiría, bajando de su coche, en el estacionamiento, estaba Amanda, más bella y radiante que nunca. Julio se acercó y, ahora sí, sin temor, sin titubeos, se impuso frente a ella, le confesó lo que sentía, pensaba y soñaba. Le habló de sistemas solares, de auroras boreales, de nubes que navegarían juntos, le hizo perder todos y cada uno de sus miedos, ella sonrió y accedió a su propuesta, no dijo ni una sola palabra, solamente tomó su mano y caminaron juntos por el sendero que ambos denominaron felicidad. Después de unos segundos, Julio despertó…
RECOMENDACIÓN SEMANAL: Poema “Cómo hacerte saber”, del uruguayo Mario Benedetti.
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