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Columnas: Crónicas de la calle

Andábamos descalzos

/ 07 de septiembre, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

Por los zapatos conforme se vayan acabando conozco el camino. Por la forma de gastar el tacón conozco a las personas. Veo sus lados amables y su sufrido destino. Hay orillas de suelo, tierra negra, arrugas del tiempo por fuera y por dentro de un zapato viejo. Como en el cuerpo.
Me preguntan a mí y contestan mis zapatos desgastados. Preguntan esto y lo otro y mis zapatos lo vieron todo. Me preguntan: ¿Por qué sabes tanto? ¿Qué casualidad que lo sabes? Y les respondo desde ahí, desde el suelo, con otra pregunta  ¿Y dónde es que no he andado? Es que yo ando en todas partes.
Desde los zapatos Canadá que vendían en el 10 Hidalgo, que nunca me puse, es que camino. Ando desde los zapatos que salieron con el tacón acampanado, desde los zapatos con plataforma, ni te has de acordar de ellos. Desde las patas de gallo llenas de lodo, las patas rajadas y negras, envueltas en una especie de sarro.
Preguntan: «¿Por qué caminas tanto y no te cansas?» Porque siempre camino, es lo que hago, ando a diario casi sin descanso, a todas partes voy y llego caminando, regreso y sigo caminando. «¿Y no te ampollas?» Un sujeto como yo cuyos primeros zapatos los recogió del basurero qué se va andar ampollando.
 Sé que los zapatos cuando quedan grandes hacen que el pie se resbale y al paso se vaya acomodando, se hacen unas botas de suero que se revientan y al paso de los años se hace un cuero duro, de elefante; y cuando los zapatos quedan apretados se doblan los dedos, se engarruñan, las uñas se hacen pezuñas para patear balones de piedra.
Metí muchos goles con el dedo gordo en los campos del colegio La Salle cuando nos daban chance de meternos a jugar en el campo con pasto. Entonces no te dolían los dedos, gusanos vivos, monstruos pequeños que raspaban el suelo. A cambio de eso los riquillos en los partidos más enjundiosos nos pisaban los dedos, hasta que se te hacía cayo y no entraba un clavo.
Preguntan: ¿por qué corro también descalzo y no me calan las piedras? Caray tengo suela de Neolite en la planta del pié, doblo clavos, cadillos y espinas de maguey; tú crees que hay tiempo para contemplaciones antes de patear el balón y de volar en el aire, salvar la portería del inevitable gol. No lo hay.
Preguntan y preguntan. Yo respondo desde mi suelo de arena, sé lo que sintió un judío en su éxodo con Moisés, lo que sintió Josué con el paquete de llevarlos a la tierra prometida, la responsabilidad soez, la osadía de Nabucodonosor, ese que respetaba a Dios, pero hizo una matazón.
Anduve en Cananea, no en Canaán, caminé en plazas de Guadalajara, en los barrios bajos de Monterrey. Con los Indios Seris de Hermosillo, correteé varias cuadras a un Rarámuri en Chihuahua, en carro y a pié no lo alcance, le quería preguntar algo. Quise saber, antes de padecerlas, las respuestas de lo que aún no sé.
Por los zapatos conozco de cuál pie se cojea, conozco sus rumbos, sus viejos caminos, las alfombras y el lodo que pisa, los golpes de la vida de los que usted jamás se ha quejado con los zapatos apretados.
Escucho el sonido del tacón, su zapateo como bailarín folclórico. Debajo de la cama sabría de quién son, sabría si me quedan, lo que han golpeado, con cuál pelota pelearon, con cuál chiquillo jugaron, dónde los compraron.
La única vez que me puse zapatos en la primaria hubo burlas de los compañeros de a raíz andando. Andábamos descalzos. No nos gustaban los zapatos, no porque no hubiera para comprarlos, eso quiero pensar ahora que pasaron los años. Me decían que cuando pisaba yo un chicle sabía de cuál sabor era, y si lo probaban, siempre atinaba. Eso no, yo no le atinaba, a esa edad mi zapato usaba una suela invisible.
Cada vez que veo mis zapatos desgastados me acuerdo de dónde vengo. Eso no me hace ni más ni menos amable. Me falta camino. El final lo caminaré sin zapatos. Los guardo debajo de la cama para soñar, me asomo y ahí están. Sin estrenar.
HASTA PRONTO.