)
Opinión
Estás en: Inicio > Opinión > LA CIUDAD Y LOS BARCOS
Columnas: Crónicas de la calle

LA CIUDAD Y LOS BARCOS

/ 10 de septiembre, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

Por arriba y por abajo pasa el agua. Pasa y la persiguen los barquitos de papel a ver donde anclan. Pasa un niño atrás corriendo. Pasa el agua que se mete a la alcantarilla y se queda en un pedazo de agua que es un charco.
Son calles nuestras a mediodía soleadas, con gente, con carretones, con pájaros, con nubes, con flores,con todo lo que no vemos. El agua sin embargo se empodera cuando llueve. Ocurre en todas las ciudades, incluso hay lugares donde las personas se podrían ahogar a sus anchas. Las calles entonces son del agua. Te queda el sitio abajo de un árbol, de una marquesina en la parada del micro.
En las calles hay constancia del agua, hay residuos todo el tiempo, hay baches, lodo, muestras de las nubes que pasaron, sombras de lluvias y más agua. De perdido hubiera peces para pescar en la temporada.
En victoria muchas calle no nos pertenecen, son hijas del viejo diluvio que llevan su fauna en un arca, su toro y su vaca, su hombre y su vieja, el sueño y el que lo despierta para que a media noche ponga una cubeta en la gotera más funesta.
Baja el agua por el eje vial con mucha fuerza, es un afluente natural del río San Marcos, luego inunda Walmart, el Fovissste, hasta que no haya nada que inundar sale a flote. Sale a flote un «vochito» que se había quedado en el fondo y prende. Tal vez viene de lejos, nunca se sabe.
Hay gigantescas albercas en los desniveles que casi no se usan cuando llueve. Hay cascadas naturales, pequeños ríos rebeldes por calles marginales. Si las calles hablaran ya se hubieran manifestado en contra del agua. Por eso no hablan.
El agua cae y la gente corre, pero el agua no nos hace daño. Corren y el agua es una fiesta. Es la algarabía mojada de luz liquida que alumbra una esperanza. Llueve y escampa, y comienzan a salir las personas a la calle, como si nada.
Al oriente el agua acompaña al río, son amigos de los canales de aguas negras, hermanos de caminos vecinales.
Con tanta agua la orilla de la banqueta protesta, aquí no te metas, y el agua pasa sin permiso hasta el patio de la casa y ahí se queda.  La gente se apresura a sacarla de todas partes y otras veces se sale sola. No la quieren ahora cuando llueve, pero que tal cuando escampa y se ausenta.
En las calles uno aprende la lección caminando. Corriendo uno es el viento pesado que pisa el pavimento. El zapato toca el suelo y la tierra agradece el contacto; o lo deplora por violento, por flojo. Uno sin embargo agradece al asfalto antes de las aguas y quien sabe si volvamos a verlo cuando seamos polvo.
Las calles rebelan la economía y el esfuerzo del ciudadano, del empleado, del comerciante que paga sus impuestos y del mismo ayuntamiento. Pero  a veces, y a veces sólo a veces, se oye cantar a Serrat: «Gloria a Dios en las alturas recogieron la basura de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas».
Y la calle sueña con ser eterna pero como son discursos termina siendo la misma; con su pedazos de estiércol, sus piedras, sus pocillos desportillados,  los muebles estacionados con sus llantas ponchadas y la esperanza invicta de que un día será pavimentada.
Si se enoja, la calle se lleva melgas como dice la raza, si llueve hay que correr. Por eso los vehículos se vuelven locos, se creen submarinos, lanchas de motor, pequeños barcos.
HASTA PRONTO.