)
Opinión
Estás en: Inicio > Opinión > Con dos llantas entre las piernas
Columnas: Crónicas de la calle

Con dos llantas entre las piernas

/ 11 de septiembre, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

¿Quién traería la primera bicicleta a Victoria como para que nos narrara la historia de las primeras ruedas, la forma en que los niños pudieron ver a ese personaje que llevaba dos llantas entre las piernas?
También llegaron los batos que venían en ancas, los que iban en el cuadro, o parados en las tuercas de un eje, en los mismos manubrios. A los más niños sin importar fueran grandes, ya no los bajaron. Llegaron los que las vendieron baratas porque por alguna razón se llenó el pueblo de bicicletas, antes de que se llenara de baches. Gracias a don Bartolo Walle que sin ser el único ha de haber vendido  la mayoría de ellas.
Había otras mueblerías que compitiendo fuerte si te asomabas en un descuido te fiaban una; por eso, talleres de bicicletas como el de Don Gabino Jiménez no se daban abasto parchando llantas, engrasando ejes, pegando cadenas o enderezando rines cromados por el rumbo del mercado.
No hace mucho- por si lo recuerdas y no quieres sentirte viejo- en el mercado donde rentaban revistas se inventó el pasito del ciclista, que consistía en un pasito para adelante para leer la revista y otro para atrás para ver la bici. Cerciorarse de que la bicicleta todavía estaba ahí, que los mariposeros no se habían cubierto de gloria. Mientras tú con la revista de Kalimán en la voz del pequeño Solín no hubieras podido rescatarla.
Cruzas la vía y tienes que bajarte. Puedes pasar por arriba, rodar por encima pero te bajas en solemne respeto por los trenes. Con que no se caiga la caja de Tomates. Te cae bien gordo que se caiga lo que lleves, si va un carro atrás de ti ahí lo dejas, puras pérdidas.
Un día mi amigo Juan venía bajando por el 16 ya oscuro por la plaza de toros donde ahora está una tienda Grand, cuando se fue la luz. Chocó con otro que venía de frente. Él pensó que era un toro, no había camellón en medio, ni jardineras que se robaran, ni lámparas led que cumplieran su palabra. Mi amigo Juan fue a dar al hospital civil después de estar un buen rato tendido en el suelo. Como muerto. El otro ha de haber corrido entre el monte.
Mi bicicleta era una  Búfalo, con parrilla, dinamo, foco delantero y guarda fango.  aunque también las había Dínamo, Benotto, Mercury, Regia, y muchas que después salieron con fines utilitarios. Después, al «Ciclismo victorense», así se llamaba el negocio de don Bartolo Walle, llegaron las delgadas bicicletas de carreras. Si te caías, aunque no te doliera el golpe, te dolía una feria por la llanta que se había hecho un ocho, parecía una escultura de las que hacen ahora. No era para que usted se riera señora.
Luego llegaron los triciclos de distintas marcas que traen la caja adelante, de lámina gruesa, subías a un huerco grande en la caja, unos elotes, un par de caguamas y una piedras.
Nos desagradaba que nos dijeran pueblo bicicletero. Hoy en día es muy agradable ver cómo poco a poco regresamos a las dos ruedas que nos llevan de a grapa a todas partes. Antes era raro ver a una mujer en una «bike», como les dicen los chavos por su nombre en inglés, hay corredoras profesionales que no descansan. Ya ve usted cómo son las mujeres, desde que agarran una ya nadie las baja. No tienen tiempo de quitarse el jersey, ni de comer, ni de ir al baño. Bueno no tanto.
La bicicleta es vieja, joven envuelta, mujer de hierro que aguanta una pedaleada, mujer alada de bajada, es niña, es caricia de pavimento, rodada en la tierra, en la sombra del agua, enterrada , en los charcos, es la piel oxidada pegada al cuerpo.
En ancas sobre la parrilla puedes llevar a un cuate, un compañero, llevas a la vieja, llevas un perro en una caja.  Si el semáforo está en rojo bajas una pata y te paras, sin frenos como quiera metes el pie entre la llanta y desgastas la suela. Es un freno de emergencia.
 Los jóvenes hacen acrobacias en sus bicicletas ligeras, arregladas, alteradas para que ganen potencia, saltan en rampas, ruedan sobre tubos, se dan contra el suelo, son de goma, se restauran y se reían a carcajadas.
La mariposas son bicicletas con alas. Les tienes que poner cadena y candado, les echas un ojo o la encargas. A pesar de todo si te descuidas no es que se las roben, yo digo que abren sus alas y vuelan.
HASTA PRONTO