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Columnas: Crónicas de la calle

Historia del Dinky, sin ficha y sin réferi

/ 15 de septiembre, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

El Dinky «El duende» daba clases de
lucha libre, tenía su gimnasio en la
plaza de toros y ahí mismo vivía,
allá por el año de 1971. Uno recuerda el
pequeño cuarto pegado a la barda que daba
a a la calle 15. Por donde arrastraban a los
toros.
De todos esos chavos que andan ahí
que son hijos, nietos del finado luchador
que forman una dinastía, todavía no nacía
ninguno. Rudy González, su sobrino que
hoy enseña esta disciplina llegó después.
Todo se sabía.
Mucha gente recuerda la vida pública
que significaba salir al encordado y darse
de costalazos, cuando la ciudad era un
romance y no había luchadores victorenses.
Él fue maestro de los primeros que
surgieron.
La ciudad aparte era tranquila, la lucha
de alguna manera liberaba esa acción de
golpear y hacerse golpear con descaro.
Aunque no hubiese necesidad. Los delitos
más graves siempre o casi siempre eran
asesinatos dados al calor del alcohol o
pasionales, por un amor. Eran a mano
pelona, con machete o con estilete. Lo más
lejos era una pistola. Y se le tomaba fotos.
Hoy en día un asesino, luego de su
crimen, huye entre la gente; pero antes
alguien mataba a otro y corría entre la
gente que lo conocía. No había de otra. Si
no se entregaba, su familia sin deberla era
estigmatizada toda la vida. Hay casos que
hasta la fecha se recuerdan.
Se llegaba a la plaza de toros caminando
y pasabas cargado por tu padre porque los
niños no pagaban la entrada. Otros llegaban
mas duchos, llevaban su máscara pequeña
del Huracán Ramírez que vino en varias
ocasiones.
Los luchadores llegaban en autobús y
recorrían como gira los encordados de la
frontera y volvía a la capital del país donde
muchos de ellos radicaban.
Eran muy famosos los luchadores y se
codeaban con otras figuras del espectáculo,
aunque debió ser en aquel entonces más
difícil para ellos, que para los luchadores
modernos. Todos añoraban ser como el
Santo y Blue Demon.
Debió ser difícil para un joven que
llegaba de San Luis Potosí a una ciudad que
ya conocía, a la cual sin embargo no estaba
acostumbrado. Una cosa es la dureza del
rostro y otra cosa es por dentro. De niño un
tren le había destrozado la mano mientras
jugaba y le dejó un pequeño muñón que lo
hizo famoso, ídolo del pueblo.
Si en la segunda caída, la buena, el
Dinky le aplicaba piquetes a los ojos, o
traía ficha, a la media hora se sabía en
toda la colonia Mainero. Por eso y para
no esperar tanto, años después la colonia
Mainero tuvo su propia y despiadada
coliseo como los romanos. Hoy en día la
dinastía del Dinky tiene la propia.
En la tercera caída como si fuese la
última de su vida el Dinky sacaba el
As de la manga: lo arrojaban contra las
cuerdas y con el gancho de su brazo sin
mano se atoraba en la cuerda y hacía que
otro se fuera en banda, que se saliera del
cuadrilátero, que se fuera por donde había
venido, pero a veces no se iban , se subían
con sillas a darle por la espalda. Así era. Y
la gente gritaba.
Llovía sangre en aquellas luchas, se
escapaba del cuadro con el sudor de la
frente con que se ganaba el billete. Dinky
luchaba a ras del suelo, no era un volador
que digamos tus hijos vuelan, casi en
el suelo era muy difícil de derribar. Lo
ahorcaban en cada lucha y no por eso
perdía la vida. Desde abajo en las gradas
primero lo odiaron y después habría que
preguntarles
A Dinky «El duende» lo metió a la
lucha la necesidad en contra de la voluntad
de su hermano mayor que ya luchaba
enmascarado como el “Fantasma Blanco”
en la Arena San Luis Potosí y en la
Centenario.
Pero el Dinky también había luchado
con el Santo, Ray Mendoza, Tony Salazar,
cavernario I, Los espanto, el Dr. Warner
y Los Villanos que estaban jovencitos en
ese entonces. Un día durante una función
pensamos que se había ido la luz y cuando
encendió vimos a un ser de otro mundo con
una veladora en la mano, era «El monje
loco», ya nos andaba a los chiquillos,
acérrimo enemigo del Dinky cuya rivalidad
fue eterna. Tanto así que por eso algunos
de los descendientes del Dinky se hicieron
luchadores.
De tanto venir a que algunas veces
lo abuchearan y otras lo vieran salir en
hombros, un día decidió quedarse. Quién
sabe por qué. Tenía buen cartel en otras
plazas como Guadalajara, León y San Luis
Potosí, plazas definitivas en la lucha libre
de este país.
Casi todos los descendiente del Dinky
se hicieron luchadores. Ayer me encontré a
uno de ellos y me quiso contar la historia.
No joven, esa historia yo me la sé. Antonio
González, mejor conocido como Dinky «El
Duende» nunca recibió un reconocimiento
por su espectáculo, pero ahí les va. Victoria
es una ciudad que tiene memoria.
HASTA PRONTO