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Columnas: CRÓNICAS DE LA CALLE

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL ESCARABAJO

/ 20 de septiembre, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

Cuando veo en el vintage de la memoria aquellas imágenes de los primeros Volkswagen, también recuerdo los antiguos refrigeradores ovalados, los veinte carros que había en la ciudad y las estufas de peltre que vendían por la calle Hidalgo. Por la noche en esa calle pasaba el sereno y uno que otro vocho.

Adentro del vocho caben como treinta personas, pero por hoy irá un «compa» prieto, camisa de cuadros, con otro de copiloto y atrás dos personas completan el cuadro y el vocho se eterniza en esta foto que tomo desde la esquina de ver la calle. Al fondo de la ciudad los vochos pasan y pasan. Desde hace rato que no han dejado de pasar por mi recuerdo.

Lo cierto es que los vochos se extinguen lentamente en la cumbre de su carrera artística como los grandes, en la miseria. Todavía andan dos o tres vochitos rodando, pero es muy raro, casi es coleccionable.

Hace unos días la misma empresa anunció los nuevos vochitos, esta vez eléctricos y descapotables. Veremos de qué se trata, aunque forzosamente dudo que tenga la misma popularidad que la edición anterior. La empresa con sede en Alemania ha intentado otros remedos pero han fracasado, la raza dice que no es el mismo. No obstante la traducción del aleman al español de Volkswagen que quiere decir «coche del pueblo». En el 2015 cerraron la agencia Volkswagen en Ciudad Victoria y liquidaron a sus 47 trabajadores, pero después la abrieron en otro lado. Ya sin escarabajos.

Les decían los vochitos pero se llamaban Volkswagen «Sedán». Ese era su nombre y apellido. De la noche a la mañana las ciudades medianas y grandes se llenaron de vochos. Abrías la puerta de la mañana y antes que el sol veías un vocho y más allá otro. Eran parte del paisaje urbano y parte de nuestra cultura.

El gobierno poseía una orgullosa flotilla de vochos, si dos chocaban uno era vocho y el otro también, nada más preguntabas de qué color era uno y de qué color el otro. Te salían en la esquina adrede y las chiquillas los contaban. Un vocho llegó a hacer de todo, no sabían trepar escaleras pero si bajarlas.

Cuando veo un vocho me acuerdo de los que tuve, casi uno de cada color. Tuve un submarino amarillo, una lancha de motor, un cuatro por cuatro, un carretón de tacos.Tuve un vocho y yo fui técnico, él fue taxi, juguete de grandes, almacén, casa provisional, cama y mesa, guardarropa, estuche, talachas y etcétera.

Si los vochos que vi eran de lámina gruesa, imagine usted los primeros, debieron ser de fierro. Los hicieron para la segunda guerra mundial y porque no usaban agua.

Los maestros mecánicos bajaban la máquina abajo de cualquier árbol. Limpiabas el platino a veces, eso no era, apretabas los cables y los dientes, le soplabas aire al carburador, un gallito y ya dale y ponías la llave, y nada. Por poco y sacas el árbol de levas. Lo bueno es que con leve puche, métele segunda, saca despacio el clotch, te decían cuando ya ibas lejos. Con tus dos buches de gasolina.

Una vez que aprendías a pucharle con una pata, ya no le hablabas a los envidiosos de la colonia. Era común ver a las señoras guapas y distinguidas atrás empujando un vocho, eso qué tenía, a cualquiera le pasaba un domingo por la mañana o cualquier día. No nos vamos a reír de eso señora.

Ahí aprendieron a manejar las primeras viejitas, cuando no les quedaba de otra nomás se les veía los lentes. Luego frenaban y no se volvía a saber nada de ellas, hasta que salían muy sonrientes y despeinadas.

No es por criticarlos pero había vochos cuyos dueños se  esmeraban en su mantenimiento. Los demás carros hubieran entregado su alma al diablo por tener a uno de esos dueños. Lo lavaban sin ensuciarlo todos los días, se miraban en ellos. Iban más allá de ser posible. Lo pintaban de nuevo, le ponían franjas, lo hacían de carreras, lo volvían del América o de La máquina, lo mochaban a la mitad, lo hicieron güey, lo hicieron buggy y lo dejaron que se oxidara sobre el pavimento para que diera un aspecto más renacentista.

Muchas carrocerías concluyeron su vida y se perdieron en el anonimato de fierros viejos. Hubo calaveras rojas en las alcantarillas y resumideros de la micro historia, en ese momento en el que se extravían los objetos.

Muchos fierros se volvieron a usar y enloquecieron de nuevo como floreros de los escultores, hasta que los cambiaron por otros. Sólo quedó el eco del motor pasando por la memoria como un pequeño escarabajo.

HASTA PRONTO