Opinión

La noche de los calzones rotos

Todo tiene un principio y un fin. Y como todo lo que tiene un principio y un fin parece un año, y como con más o menos tiempo se cumplen los ciclos, uno va cumpliendolos con ellos. Sin falsas celebraciones a uno le da por los recuerdos.

En la tierra, igual llovió que escampó y volvió a llover, como un extraño retorno de todo.

Hay quiénes en estos días recuerdan los momentos más alegres y maravillosos que pasaron en sus vidas y recuerdan no nada más el año, recuerdan los mejores finales de año, los mejores principios del otro, se recuerdan los fines de año en que se reunían las familias. Se recuerdan los tamales y los buñuelos. Se recuerdan a otras y a otros y uno recuerda lo de uno.

Hay cosas, entre palabras y silencios, objetos, momentos,  espacios que te recuerdan a una persona ausente, no sé, a una madre o a un querido pariente. Sientes el peso específico del tiempo recargado en tu cuerpo ya viejo. Dices que fue poco tiempo, aunque pudo ser mucho y no suficiente. Y queremos que regrese, que vuelva como la lluvia que sólo hizo una tregua. 

Más allá de tener lo necesario y de haber cumplido todo lo que deseaste durante el año y más allá de que tus metas te hayan hecho una persona exitosa, más allá de que todos se reúnan, que se abracen y que se deseen mucha suerte y de estar bien con los demás, es necesario estar bien con uno mismo. El principio de un año es el inicio de un ciclo del tiempo, es un principio al fin y al cabo. 

Después vienen los días con los abrazos, las canciones y las risas que se van aplicando durante la noche. Hasta que es mediodía del 2020. Y todos estamos despiertos en los días sucesivos.

Los anuncios, los documentos y los diarios dirán 2020 y nadie será capaz de contradecirlos  para detener el olvido del 2019 con todos sus monumentos, los pisos relucientes, las paredes cuarteadas, los goles; con los días inmensos, el pavimento mojado y ahogado en la voz de las ruinas diciendo algo; con las estructuras de los sueños, los viajes de corto plazo para estar a la mano.

Tal vez recuerdes cosas sencillas como una sonrisa, un golpe en la rodilla, una mirada, un lago en el patio, una pequeña esquina bordada, los lirios, un sapo, una escuela antigua, un libro extraviado en la memoria. Tal vez recuerdes un sueño no cumplido, tal vez recuerdes todo el año, cómo amaneció, los buenos días del vecino, el frío, el calor, la lluvia en el verano y en el otoño de Ciudad Victoria.

La memoria es inalienable, uno no conduce ese tráiler que toma las curvas desbocadas y vuelca hacia el pasado. Habrá quiénes no piensen tanto o que su camino sea más corto, que tengan poco qué pensar o que les haya dolido más o menos, pero siempre hay un hueco, como una piedra que no se puso.

Mañana habrá otro discurso y pasado mañana otro. Dirán que se ha ido muy rápido el año, que hacía un año que hizo un año y estábamos todos.

Aquí nadie reprueba. Todos pasamos de año. Sonrientes en una fiesta lo esperamos con ansia como si al esperarlo viniera y miramos al cielo y nadie vio cuando pasó el año pasado  volando como un pájaro. Nadie vio tampoco cuando nos pusimos el calzón amarillo del dinero sobre el calzón rojo. Mejor a la inversa, porque en peligro no sea lo mismo, con tal de que no esté roto.

HASTA PRONTO.