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Columnas: Crónicas de la calle

LA ÚLTIMA PELEA

/ 13 de febrero, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Ya fue suficiente, pensé, ya tengo demasiado rotos los labios. Pero el sujeto aquel seguía golpeándome con el pie y era muy preciso. Una y otra vez golpeaba mi rostro, principalmente mi boca y uno de mis ojos. Tardaré la mitad del año que sigue para volver a ver de manera normal.

Así como hay personas que se habrán peleado una o dos veces en su vida y las recuerdan perfectamente; y aún más raro será aquel que nunca se haya peleado y no sepa lo que es un golpe de un rival enojado, de igual manera, habemos aquellos que nacimos peleoneros.

De grande sé que hay cierta condición para nacer con ese quebranto. De grande uno olvida todas las peleas que lleva y el nombre de sus rivales. Los recuerda cuando pasa por los sitios, por las banquetas donde cayó o cayeron. Donde rodaron por el suelo. Abrazados.

Estaba ahora en el suelo, no tanto por los golpes del sujeto, sino por mis piernas que ya no me respondieron igual que hace algunos años. Fui doblando las rodillas poco a poco, fui doblando el cuerpo, cayendo al suelo cuando sentí una patada en el estómago de mi soberbia.

Años atrás era yo el que estaba arriba golpeando. Tal vez ya no enfurecido, sino disfrutando la pose de los vencedores. Y el otro que  pide que aguante, que ya no le pegue. Con esa pelea inminentemente perdida recordé muchas de mis peleas ganadas. Cada una de ellas, según yo, habían tenido un motivo justificado.

Ahora estaba en el suelo lo más bajo que podía y me estaban golpeando sin piedad. Sin embargo era capaz de pensar que podía levantarme. De hecho podía hacerlo. Sabía cómo trenzar las piernas del contrincante y derribarlo. Mis mejores peleas habían sido ahí, desde el suelo, como un gato boca arriba.

Vi la cara del sujeto antes de darme un puñetazo. Tendría algunos 20 años. Tal vez menos. Dejé que hiciera lo que yo hice muchas veces. Al mismo tiempo, yo me vengué de todos esos golpes recibiéndolos con la misma emoción con que un tiempo los di a borbotones.

Cuando noté que el joven se cansó y ya no me dió ningún golpe, sentí que yo estaba entero. Y por ende la sensación de incorporarme de nuevo y darle uno de mis golpes. Pero me contuve. Soy un viejo mañoso, pensé, sería una traición a mí mismo, un triunfo con sabor a derrota.

Busqué un pretexto para alejarme de ahí con algún honor, pero no encontré ninguno, ni un pretexto, ni un honor. Así que me levanté tranquilamente cuando vi que se calmaron los ánimos y sacudí mi chamarra. Hubo quienes se rieron, otros me preguntaron por qué no me defendí. Sí me defendí. Sólo que esta vez me defendí a mi manera, buscando proteger en todo momento al chamaco. Quizás a ese mismo chamaco que yo era. Uno qué va a saber cuando está en el suelo luego de recibir una patada aplicada con una excelente técnica.

Además, mis peleas siempre fueron abiertas. A moquetazo limpio, ya caliente, los golpes no duelen. Y te pegan dos y nada más pegas uno y crees que vas ganando. La respiración se agita con el primer puñetazo que recibes Más allá del coraje te excita, te vuelve una fiera.

Un buen golpe te hace insensible a las piedras, a los mirones, al que mira la pelea, a ese que nunca habías visto en tu vida, que.graba la escena del que triunfa y el rostro de la derrota. Insensible a quienes están ahí viéndote lo más cerca posible cómo te rompen todo el dolor. Y  la circunstancia son los árboles detenidos, el viento que pasa como una muralla.

HASTA PRONTO.