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Columnas: Las rejas no matan en domingo

Las rejas no matan en domingo

/ 23 de febrero, 2020 / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Esta mañana me levanté
como me levanto todos
los días. No me acordaba
que es domingo, día en que no
se predispone uno, sino que así
como va saliendo. Abres los ojos
y de adentro salen un montón de
palomas.
Alcanzo a ver la cola del gato
que salió corriendo. En la pared el
Cristo todavía crucificado con un
pie falso me mira de reojo. Ya está
el sol alto y de pronto me da un
poco de miedo saber qué horas
son, de qué se trata todo esto.
Es un día tranquilo, hay más
gorriones en el cielo, es día de
iglesia y de Tianguis. La ciudad es
una hoja suelta de su árbol, este
viento frío de febrero todavía escarba
en el karma de los últimos
días del Invierno.
Al abrir los ojos ya está: se abre
la sala de cine, entran todos los
pensamientos y-sentados frente
a esa gran pantalla que es la realidad-
se enciende el cinemascope
y empieza la película.
Todo pasa frente a los ojos aún
lagañosos. Comienza un desfile
de personas, cada uno expresa y
oculta, lleva flores, un machete,
una cobija, unas rejas que no
matan, un parque, una adelantada
Primavera y así anda por el
día hasta que llega la noche y todo
se apaga y el mundo se larga al
mundo de los sueños luego de un
Tonaya.
Antes que eso, sé que no cantó
el gallo. Qué le habrá pasado?
Espero que no le haya pasado
nada malo, que no aparezca por
ahí más tarde en un plato. El tren
pasó a las 4:00 o un poco antes. A
veces pasa a las 3, nunca se sabe.
Pero lo hace todos los días. Nunca
falla.
Pero esta vez me levanto, abro
el refrigerador, me acuerdo que
no tengo refri, vivo solo, no he
podido decir a nadie que me lo
recuerde. Ni modo que les cuente
que el bato que soy abre el refri,
saca un pan de barra, se prepara
dos sándwiches, obtiene un vaso
de leche y se sienta en un mueble
frente a un computador para
escribir.
En cambio desde donde
estoy, ante la ineludible falta de
refrigerador, miro lo que siempre
veo, el computador imaintado
que me hace ojitos. Y lo veo ciego.
Otros escritores- los de deverasbuscarían
una botella de vino, unwhisky o de jodido vodka para
prepararse un Margarita, pero
pues yo ni en mis mejores tiempos
a caguama llego, terminé por
ser abstemio.
Voy y vengo a la compu como
si hubiese nacido adentro y ahí viviera
en alguna parte de la tarjeta
madre. Sí. Cómo no se me había
ocurrido?, pudiera ser que ahí se
viva con madre. Sólo que cuando
he visto lo que hay adentro de una
computadora no me gusta, menos
lo que hay adentro de la mía, pero
como en toda sociedad pecaminosa
tal vez por eso me gusta.
Entonces prefiero moverme de
allí, de donde debería de estar el
refri a dónde pienso ir ahora, que
no es otro lugar más que al ordenador.
No sé, escribiré lo que sea,
a mí nunca se me ocurre nada,
escribo como camino. Adentro de
mi manicomio.
Siento que necesito un vaso
de agua. He llegado hasta aquí
con un remo, pero necesito pasar
del mediodía y un vaso de agua
es suficiente. Para llegar al vaso
de agua por poco me lanzo al
océano, voy en un barco, apenas
llego, bebo un trago. En el camino
encuentro un peso, me lanzo al
fondo, lo rescato, casi me ahogo,
muchos años lo anduve buscando.
Pero qué tal si fuese el celular,
sí estuviera timbrando por lejos
que estuviera adentro del cuarto.
Apenas escucho que vibra y me
lanzo como un superhéroe por
los aires y parece inalcanzable,
parece que no llego. Casi llego y
todavía timbra, cuando deja de
timbrar caigo al suelo. Quién me
llamaría? checo la pantalla, pero
colgó, es la persona que quería
que me llamara, ni modo de llamarla,
de última hora le informa
usted que soy de los que nunca
traen saldo. Es domingo. Espero
que alguien me llame de nuevo.