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Columnas: Crónicas de la calle

EL NOBLE OFICIO DE LA EXISTENCIA

/ 26 de marzo, 2020 / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Existo, ni modo. No me puedo quitar ni hacer a un lado. No me puedo quejar, pese a todo, estoy vivito y coleando.
Existo. Y todavía tengo el descaro de decirlo. Existo porque no lo pude evitar, a nadie le preguntan antes de nacer, tampoco una vez nacido le dan la oportunidad a uno de decidir, pero existo y eso me es bastante.
Y es que sí uno existe, existe el otro y todos los demás, y eso es suficiente. Por eso a veces dicen con uno es más que suficiente. Y es que unos somos todos cuando hay quien nos represente. En cambio, todos no somos uno porque cada uno somos diferentes.
No niego que algunas veces dudé de mi propia existencia, incluso la negué entre mi gente lleno de
malandros y malvivientes. Sin embargo, cuando alguien llama abro la puerta, si timbra el teléfono contesto, si me hablan pienso, razono lo que hay que decir para complacer al otro. Existo para eso, para no ser yo, a veces, aunque esté solo.
Existes y alguien se lo dice al mundo, te anotan en un papel que guardas toda la vida. Luego te enlistan en muchas listas en los salones de clases. Eres el número 21, contestas el WhatsApp cuando alguien te llama.
Si me buscas, ahí estuve siempre metido en ti, abajo de mis ropas, perdido. Por eso existo, porque no podemos negarnos tres veces viéndonos a los ojos.
Es fácil darse cuenta cuando uno existe, porque comienza a doler algo que no dolía con el mismo esfuerzo. Cuando se es una promesa presentida.
Cuando no se existe no se miran los ojos en el espejo y en los aparadores del centro. Te hablas y escuchas claramente lo que dices sin interferencias, sin una ventana que se cierra en la madrugada, sin un chorro de agua que cae desde un segundo piso, sin un carro que pasa bien recio y se pasa el alto de la esquina, sin la sirena intermitente las 24 horas del día.
Al principio traté de ocultarme para evitar ser alguien. Ser alguien es a lo que todos le tiran. Para eso es que nacen, dicen. De modo que igual nacen, crecen, se desarrollan y mueren, igual que otro ser viviente y es todo. Pero aparte ese alguien
estudia para ser igual, parecido, semejante que éste y al otro, para que vayamos juntos a los mismos sitios y no insistan en ser diferentes en esa increíble existencia.
Por lo común, cuando se deja de existir ya no se habla, pero que el que va a existir por ti, comienza a balbucear las palabras.
No puedo dejar de existir porque hoy me vi. Baste ver la suavidad con que uno se mueve, el desparpajo con que uno se levanta a estirar los pies para arrepentirse de querer no ser.
Abajo del vaso roto que es el cuerpo, el contenido es líquido. Abajo del polvo, el río subterráneo lleva agua cristalina en la sangre. Abajo de mis pantalones alguien sopla y la existencia más allá del aire es el movimiento que nos arrastra, el aire fresco y húmedo del rocío en la playa. En el mar uno deja de existir y se disuelve en el agua. Por eso hay muchos que no encontraron su eco en los naufragios.
Existo, parpadeo, tengo sueño, miro, grito. Enfrente, por la banqueta, pasa una pareja despistando la prohibición de salir a la calle y voltean a veme, lo cual quiere decir que existo como existe la epidemia del Coronavirus, temporalmente.
En lo que llega otro virus a sustituirme en la mesa, en el escritorio, o donde me duerma, existo esperando poder salir a la calle, para que me vuelvan a ver y confirmar que existo, que no soy un rumor de las redes sociales.
HASTA PRONTO.