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Columnas: Crónicas de la calle

La noche en pequeños cucuruchos

/ 22 de mayo, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

“Así que volví otra vez a mis pasos paulatinos. Aunque ya no tan seguros de sí mismos.  Yo tuve que dar la orden para que se detuvieran, pues los pies querían correr por su cuenta, hacerse agua”

Estaba oscuro. Yo iba caminando y como llegando a la esquina, noté que alguien me seguía al mismo tiempo que me di cuenta: el foco no era la esquina y no había gente.

Es difícil imaginar que algo no existe porque lo escuchas. De modo que iba escuchando las pisadas tenues que me perseguían a prudente distancia.

Yo decidí apresurar un poco el paso, no tanto como para alertar a la otra persona sino que poco a poco. De inmediato sentí la respuesta del otro que hizo lo mismo.

Nunca he tenido miedo a nada y hasta ese momento, que yo recordara no tenía miedo. Así que decidí demorar el paso. A capricho. Usted sabe, mamón como es uno.

Quise voltear a ver con curiosidad pero por alguna razón no ocurrió, iba despacio, sometido a eso que me perseguía. Tal vez no es nada, me dije, así que voltee y lo primero que vi fue un gran árbol y totalmente oscuro.

Así que volví otra vez a mis pasos paulatinos. Aunque ya no tan seguros de sí mismos.  Yo tuve que dar la orden para que se detuvieran, pues los pies querían correr por su cuenta, hacerse agua.

El recuerdo de infancia quiso correr tras la ventana con que se ve la noche sin estrellas, presione una tecla y allí estaba de nuevo persiguiéndome en el resplandor de las pantallas que atraviesan las casas.

Fue humano pasar ya aprisa con el aplauso del respetable público en la canción de la suerte en un lago de cocodrilos, eso era el barrio mientras veía las estrellas que nunca habías visto en el.vecindario.

Como un remordimiento en los cristales golpeándose los nudillos, casi corriendo hago un repaso en el llano donde se respira haber llegado. 

Saco una carta enviada por el espectro que me persigue y se enciende finalmente una luz al final del túnel. Saco la mano al vacío, y cambio saco y de gabardina por su lloviera.

Corriendo ya entre el pavimento lodozo y la basura obligada a estar ahí donde nadie le diga nada. Siento una mano grande y fuerte que me sacude el hombro. Hey tranquilo, me dijo. Al ver su rostro tan sencillo como un hombre de campo, me detuve.

Pensé en la hora y en el miedo que nunca había sentido al cruzar el patio.

Luego sugui de largo buscado el cuarto donde me espera mi señora la noche. Muy arreglada para ver una película. Solo salí al baño. La mano en el hombro sigue ahi, he pensado en la rama de un árbol. Con sus dedos de hojas envueltos en pequeños cucuruchos.

HASTA PRONTO.