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Columnas: Fuera malentendidos; hablemos enserio

Fuera malentendidos; hablemos enserio

/ 24 de mayo, 2020 / JORGE FALJO

Explotaron las acusaciones y
cundió el pánico. Parecía que las
brigadas de censores del Instituto Nacional de Geografía y Estadística
llegarían a las mansiones de los súper
ricos, los multimillonarios, en dólares, a revisar sus posesiones. Muy a la
manera en que trabajadores sociales
van a las casas de los muy pobres para
ver si son candidatos a los programas
contra la pobreza. Y preguntan, o
entran y ven, porque los pobres son
amables y los hacen pasar, si el piso es
de tierra o losa, sin cocinan con leña o
gas, cuantas habitaciones hay, y si tienen plancha, licuadora, refrigerador,
televisión, horno de microondas.
Ahora los del INEGI irían a las
mansiones a ver si los cubiertos son
de plata, los autos son Lamborghini,
las obras de arte originales, la sala de
verdadera piel y el mármol de Carrara.
¿Llegarían en la revisión a encontrar
los centenarios escondidos?
Todo un absurdo elevado a la N
potencia (recuerdo de mi secundaria),
porque Alfonso Ramírez Cuellar el
presidente de Morena dijo que el INEGI
“debe entrar, sin ningún impedimento
legal, a revisar el patrimonio inmobiliario y financiero de todas las personas”.
Y es que puesto así “entrar a revisar el
patrimonio inmobiliario” suena a que
llegarían hasta la cocina; algo claramente inadmisible.
Un descuido en la redacción dio pie
a una interpretación escandalosa. Y el
asunto empeoró con la respuesta presidencial: los patrimonios deben mantenerse privados. Lo que fue interpretado
no solo como una descalificación al
presidente de su partido, sino como un
blindaje a las grandes riquezas; estas
serían intocables.
Pero algo no concuerda; este es el
presidente de la opción por los pobres,
el que busca disminuir la desigualdad. Entonces, ¿Qué quiso decir? La
respuesta surge cuando se lee toda la
declaración, que solo el patrimonio de
los servidores públicos no es privado.
Es decir que se refiere a la privacidad
de los datos.
Así que Ramírez Cuellar tuvo que
aclarar el malentendido. El objetivo,
dijo, no es que el INEGI llegue a las
casas a cuantificar pertenencias y lo
que ganan, sino una investigación científica de la concentración de la riqueza
sin violar los domicilios. Algo que
equilibraría, por así decirlo, el hecho de
que el Consejo Nacional de Evaluación
de la Política de Desarrollo Social, el
CONEVAL, estudia a la pobreza en sus
distintas formas y características.
Es similar pero no es lo mismo;
porque la pobreza salta a la vista e imposible de ocultar mientras que la gran
riqueza, las fortunas de miles millones
de pesos, o dólares, tiene mil maneras
de hacerse invisible. Desde las inversiones en paraísos fiscales hasta las
protecciones legales que impiden correlacionar datos para tener una visión
integral de los grandes patrimonios.
A fin de cuentas, puntualiza el presidente de Morena, se trata de desagregar la información del 10 por ciento
de los mexicanos de mayores ingresos
para tener datos sobre la concentración
en un pequeño grupo de la población.
¿Qué tan pequeño? Ramírez Cuellar
dice que, en un país de 125 millones,
140 mil personas son propietarios de
la mitad de la riqueza. Es decir que
cada uno de los muy ricos tiene el
equivalente a las posesiones promedio
de otras 999 personas. Según él llegó
la hora de que las grandes fortunas
contribuyan con mayor solidaridad a
la construcción del estado de bienestar
que queremos echar a andar en México.
Si dejamos atrás los malentendidos,
en buena medida distorsiones hechas
a propósito, podemos abordar el fondo
del asunto. Lo que dice el presidente de Morena era correcto hace seis
meses, un año, diez años. México ha
evolucionado en las últimas décadas
como campeón de la desigualdad
extrema, del contraste entre algunos
de los hombres más ricos del planeta y
más de veinte millones que no comen
lo suficiente. Una situación que no se
puede deslindar de una política pública
que contribuyó muy activamente, con
privatizaciones, rescates a modo y
corrupción extrema, a crear en cada
sexenio camadas de multi-mil-millonarios. México es un paraíso fiscal que
usó la riqueza petrolera, al extremo de
destruirla, para substituir el cobro de
impuestos a las grandes fortunas.
Ahora, lo que ya era correcto y
corregible es un imperativo absoluto.
Salir delante del duro golpe sanitario
y económico que vivimos necesitará
de políticas de gran envergadura, solo
comparables a las que se han instrumentado frente a grandes crisis.
Para enfrentar la gran depresión de
los años treinta el presidente norteamericano Roosevelt lanzó el “new
deal”, el nuevo trato en que el gobierno
norteamericano se convirtió en un
enorme constructor de infraestructura,
campeón de las transferencias sociales.
El gobierno de México la enfrentó con
un gran reparto de tierras que activó
fuertemente la población rural y con
impulso a las organizaciones de base
para pelear por una mejor distribución
del ingreso.
Tras la destrucción de Europa en la
segunda guerra mundial se activó el
Plan Marshall de reconstrucción económica que tenía, además el propósito
de impedir la expansión de los ideales
comunistas en las masas empobrecidas.
Lo anterior y la segunda guerra
mundial generaron enormes gastos, y
endeudamiento, que fueron financiado
con fuertes elevaciones de impuestos
que obviamente no podían cargarse
a los empobrecidos y tuvieron que
afrontar los más ricos.
Hoy en día México enfrenta enormes lastres heredados del pasado y,
además, una grave crisis económica.
Dejemos de minimizarla y afrontemos
que para salir adelante requerimos un
Estado a la vez fuerte, democrático,
promotor de un nuevo estilo de crecimiento y mitigador de la desigualdad.
El libre mercado y los ultra ricos nunca
nos sacarán del atolladero.
El reto no es menor al de otras
grandes crisis y muchos lo han equiparado a los esfuerzos de una guerra.
Afortunadamente en este caso no hay
destrucción, así que el esfuerzo será
reactivar, empezando por las enormes
capacidades productivas que en las
últimas décadas se han paralizado por
el libre mercado.
Para afrontar la crisis habrá que
poner los recursos necesarios en manos del Estado. Lo piden los sectores
ilustrados y progresistas de México.
Lo recomiendan incluso las entidades financieras internacionales como
Banco Mundial y Fondo Monetario,
incluso los grandes centros de reflexión
de las cúpulas de poder mundiales, como el Foro Económico Mundial. Lo hacen porque son pragmáticos y en estos
momentos la defensa de sus intereses
de fondo y del conjunto requiere cierto
sacrificio de sus intereses individuales
y de coyuntura.
Así que, mejor hablemos en serio.