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Columnas: Crónicas de la calle

Mientras pasa el micro de la Moderna

/ 28 de mayo, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

El hombre aquel sabía que en cualquier parte de su vida podría detener su camino y ahí ahora estaba ahí detenido, y nadie lo detenía. Veía para todas partes pero no creyó, no pensó que estuviese ocurriendo ese momento exactamente. Estaba haciendo un alto en el camino, no es que quisiera brincar una calle.

Sin embargo estaba detenido en medio de la plaza, no sabía cómo había llegado, si alguien la había empujado o el mismo por la inercia, por el vuelo que traía, había llegado solo, con su precipicio.

Ignoraba si esa era una esquina o era la orilla rota de una silla, si tendría que hacer espacio para otra persona, si alguien le había hablado o estaba ahí por una coincidencia, por azares del destino, por una simple ocurrencia.

Estaba solitario en medio de la plaza, el día estaba completamente nublado,  parecía que en un momento a otro empezaría a llover. Había personas que pasaban apresuradas pero otras se detienen un momento para verlo. Al notar la inmovilidad, las mamás que jalaban a sus niños del brazo los apresuraban y se alejaban lo más rápido que les era posible. Gruesas gotas de lluvia comenzaban a caer.

Él se sentía como un sarcófago, como una persona adentro de un sarcófago y como si esa persona pudiese salir en cualquier momento y dejarlo ahí enmedio de esa Inmensidad desconocida.  Ahora estaba viendo llover y cómo corría la gente a esconderse del agua.

Parpadeó una sola vez en todo este trayecto para ver con más claridad las gotas de lluvia caer sobre los automóviles y retachar al suelo.  Enseguida cerró los ojos para pensar en las veces que había visto llover.

Recordó cuando bajo la lluvia vendía paletas en esa misma plaza, hacía y no hacía mucho tiempo. Con el mismo sombrero había vendido fritos con salsa y gomilocas. Todo era igual ya, ese momento constante en el resuello y la gente era la misma corriendo entre los espejos, con Coronavirus o sin él.

En Ciudad Victoria se había visto llover de veras y parecía que ya no se iba a quitar y se quitaba hasta de la memoria y volvía a llover. En ese extremo hubo quienes se hicieron viejos mientras llovía y otros que ya viejos conocieron la lluvia.

De cerca el hombre detenido pudo ver cómo se deshace un mercado rodante en cuestión de segundos, en lo que uno voltea a ver otra calle. Ya hay otros corriendo atrás de otros. El detenido ve que la lluvia comienza a mojarle con fuerza las bolsas de la camisa y del pelo resbala el arroyo de una cicatriz y pasa por la boca antes que por el suelo.

Quiere correr y lo consigue hasta donde hay otros que también de movieron de dónde estaban. Sus ojillos inquietos se miran entre ellos tratando de reconocerse, reconocer en ellos un gesto, un pecadillo, un dato con el sitio de procedencia y su destino próximo, como si juntos fueran a abordar el mismo microbús que los lleve a la misma colonia. Pero pasan otros micros y el de la Moderna todavía no pasa.

El hombre se da cuenta que sigue detenido en donde mismo, que está en otra parte pero siendo el mismo no ha ido muy lejos, que no se ha movido del cuerpo, solo de la circunstancia, que lo demás en torno de sí mismo gira y gira como una pelota.

HASTA PRONTO