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Columnas: Crónicas de la calle

Ni siquiera se parece a mi el vato

/ 29 de mayo, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Sin ser identificado, el sonido de un claxon pudo ser un pájaro. A media calle un hombre ve cómo los números pasan frente a sus ojos y atraviesan los cruceros de acuerdo con los semáforos.

Nadie es tan absurdo y sin embargo todo lo es. Cierro los ojos en medio de una pandemia que de pronto ha desaparecido a la gente que andaba por la ciudad.  Una paloma blanca es común en un parque de pasto alto y bancas que navegan solitarias. Atrás el árbol tuvo un tiempo necesario, la plaza es un planeta.

A dos cuadras antes que todos pasó el tiempo, que fue el que ha sido, anda en otra parte sin nosotros, en lugares donde no existimos. De este lado, la música estridente no deja escuchar con claridad las conversaciones de los transeúntes.

Un silencio empolvado pasa en amarillo y las paredes replican la sombra de los relojes ausentes, la luz es recibida en los vehículos automotores que circulan sin placas, un rotundo charco es el mediodía en los ojos de los números que van a la tarde.

La señora que siempre pasa escribe al viento de nuevo con su blusa rayada pegada al cuerpo, es soldar en la cara donde la gente ingenua se deja que le queme el gaznate, el fragor de la batalla es escribir una pequeña página, es un crimen de estado de hoja de lata.

Entrecierro los ojos y el horizonte tiembla como una carcajada anónima. Es de noche la noche, el escondrijo se esconde. Uno es la fuente de datos y lo que se anda buscando. Son las 12 de la noche.

Aprieto los ojos, apenas veo el golpe que apaga las luces, calculo con las manos el paso donde está el muro de Nicola Tesla, que apaga y enciende los focos, abro los ojos y son las 12.

Sin ser identificado aún, camino por la banqueta, paso sin ser observado por la gente. Yo tampoco veo a nadie a la cara, nadie me ve. Soy yo el que me miraba con los ojos abiertos.

Sin parpadeo puedo vislumbrar el otro mundo, el que no existe, el que está entre la realidad y el completo desacuerdo.

El absurdo, el sueño absurdo en la realidad existe, no lo notas hasta que lo ves en la foto. Somos una ilusión de aquello que quisimos ver y que ahora apenas recordamos.

Entonces el hombre aquel del absurdo camina entre el absurdo que puede ser su mundo. Si aprieto los ojos es para que la canción deje pasar la canción de mi grupo favorito y los recuerdos de dos que bailaron.

No se trata de que el mundo sea al revés- como es- para que sea absurdo. Baste con que las cosas existan para que comiencen a ser absurdas. Como nacen, muchos de esos motivos que nacen con ellas comienzan a morir, nacer es decadencia. El mundo del hombre por naturaleza es caótico y decadente.

El hombre cruza la calle y camina de una manera muy diferente al que le sigue, justo atrás se mide, da la cara y se ausenta, si nota algún peligro que valga la pena para correr unas cuantas cuadras corre.

Corre con ganas de llegar a casa para escribir una idea que al sentarse y poner la primera palabra se olvide y ponga esta otra igual de absurda que las otras.

En este mundo vive el vendedor de agua fresca y sandías. En la esquina una señora que no había visto vende mazapanes. Todo normal bajo llave.

Si cierro los ojos y parpadeo habrán pasado 100 años por la calle Hidalgo. Camino y veo al sujeto que vuelve tras sus pasos y se acerca de frente. No soy yo, como otras veces…ni siquiera se parece a mí el vato.

HASTA PRONTO.