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Columnas: Crónicas de la calle

Instructivo para ver la lluvia caer

/ 30 de mayo, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Cuando quieras que caiga la lluvia, no le hables así a la noche, con ese presentimiento de nube. En una calle cualquiera de esta ciudad, como en una nave, si vuelas al norte encontrarás las hojas que trae el aire cuando va a llover en las hojas húmedas.

El viento arrecia, si la gente corre no llueve. Comienzan alcanzarte los que corren más recio, llevan papeles en la mano, despeinado el pelo, plisado el bigote, y no van recio, en realidad van despacio caminando como por el 17.

Dos tambores sueltos ruedan en un gran patio, el polvo lleva pequeñas nubecillas a los pies de arcilla, corre por el asfalto.
Me la voy encontrando entre mis zapatos.

Los tendederos mueven sus alas de camisas que serán arrancadas por el viento o por las manos de una muchacha que salga de un cuarto. Uno nunca sabe. Los pantalones patean balones invisibles en el aire del estadio, todavía no puestos en sus propietarios. Por si llueve.

Cuando empieza a llover hay muchos adentro y muchos de quienes afuera se mojan, al rato habrá pocos afuera mojándose. De pronto se oye y se ve a lo lejos cómo la lluvia viene como un ejército a una guerra. Las aves vienen adelante. Luego ya no viene nadie. Nomás el agua y la última gente que se disuelve. Pasa el tren por Ciudad Victoria, quien sabe para qué, pero a esa hora pasa.

Inicia el horizonte de impermeables amarillos. Las sombrillas en delicadas manos y estaciones sin agua sólo para una persona. Cabemos dos muy apenas.

En la película de corto metraje comienzan a llenarse de agua los pequeños pozos del pavimento. Estamos en mayo. No sé por qué recuerdo esto. Nadie recuerda esto en éstos instantes, ya casi es junio. La película sigue a un sujeto solitario. No soy yo, lo juro.

«Hace días que no llovía». Dijo una señora. «Ayer llovió en la noche» dijo otra, todavía desvelada. Ambas están aquí sin embargo esperando que llueva para verla. Como si por primera vez fuesen a ver el agua. Para ver cómo cae y escurre entre las casas y entre los carros. «Tumbó un árbol» dijo una tercera señora que no habíamos visto.

Las casas del llano han visto esto muchas veces, los perros ladraron como esas veces incesantes. Se escuchan voces apresuradas que quieren sacar las lonas y meter el mandado que se queda afuera sobre la silla. Una niña baja las escaleras y sube de nuevo. «Está lloviendo», grita en su noticiero. Deja que llueva, no la espantes.

La lluvia se escucha en las pisadas de las botas de los gruesos goterones. En los techos comienza la danza que oscurece la música. Los rumbidos de los carros se quieren llevar la lluvia, pero la lluvia se queda a mojarnos los oídos. Es una percusión tras otra, un magistral baterista atrás de la puerta.

Es la lluvia señora. Luego se cierra la ventana de la casa como si no hubiera nadie. Como si en ese cantón nunca hubiese vivido nadie.

Estamos todos adentro sanos y salvos del diluvio callejero. El que se asoma ve y anuncia que ya pasó todo, que podemos salir a la calle sin peligro de mojarnos el cabello.

HASTA PRONTO