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Columnas: Crónicas de la calle

MEDIODÍA CON NOSOTROS A BORDO

/ 03 de julio, 2020 / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Hay mediodías aquí en Ciudad Victoria, que ahí te encargo.
Usted dirá que uno no debería quejarse de la temperatura siendo tan natural, pero eso sólo me confirmaría que usted no ha estado a estas horas en esta ciudad.
A menos que esté bajo el resguardo de un buen clima, el verano de Victoria es un asunto serio. Si te pasas de sol te desmayas. Es legal que el sol cose los huevos en el cofre de un vehículo. Son las 12, pero el mediodía se cuelga hasta más o menos las 4 de la tarde.
Hay partidos de fútbol que se juegan a las 12:00 y a 40°. Aún hay niños que corren descalzos por las banquetas entre el polvo, yo los he visto. Si te tomas una cerveza te duermes, le pasó la otra vez al de la tienda.
El mediodía es la sonrisa del día, la carcajada es una cascada. Más allá del bien y el mal, alguien recoge datos de un medidor de electricidad.
A esta hora las ciudad es un camellón en medio del 16 y el río crece justo en la mitad del camino que te lleva a Roma o a otra ciudad, la que usted elija.
El sol cae a plomo sobre los techos que resisten pero se van agujereado con un poco de olvido. El sol cae sobre nuestros cabellos, sobre las sombrillas sembradas a lo largo de la Alameda 17.
A esas horas del día pasan mariposas más grandes y por lo tanto son inalcanzables, buscan la sombra natural de la tarde, el escombro de su viaje.
Mientras tanto el sol quema la piel, se refleja en los espejos, retacha y se hace añicos. Corres y es peor, ni siquiera te ha visto el sol cruzar corriendo por los rieles del tren.
Esporádica bicicleta en contra del viento, el día te lleva en el cuadro, se ha instalado esa parte donde has caído sin darte cuenta y vuelves a ver el lentísimo reloj sin tiempo.
Uno de los barandales vacíos del mediodía pasa la calle en oleajes de sol. El calor ataca
el puerto, no hay viento para salir corriendo. Las hojas amarillas escuchan el Ángelus en un pergamino viejo, colgado para que no ande rodando. El álbum con las canciones sale de un radio, luego hay un espacio para que uno hable.
Hay gente afuera del banco, no mucha para que no diga, por un lado pasamos los demás. Atrás de nosotros vienen más personas caminando sobre las brasas.
A esa hora es posible que el día se haya cansado y descanse en una sombra. Usted no querrá verlo y no lo mira. El sol se derrite en las Nieves y paletas, hace un rato, un instante, en algunos sudorosos recuerdos. La calle se va viendo un reloj de pulsera.
Hay mucha lumbre medrando el aire del café americano, es tarde pero es temprano, todavía hay tiempo, es mediodía en el día que va y viene en una nube.
No hay pajaritos a mediodía. Entre el monte de las casas pasa una víbora, escala por las paredes antes de hacerse tarde. Uno la ve como a la serpiente emplumada que arroja fuego al termómetro, en realidad es una llama de fuego, un hilo para cortar el silencio de los nidos.
El mediodía es un peinado partido por el medio, el medio tiempo de un partido, es el silencio que va en medio de un diálogo, el mediodía
es el dedo de enmedio, la brújula, el incendio amarillento.
A mediodía acabas de almorzar y ya tienes hambre, estás pensando en comer, en la comida, y quieres saber si hay micro o tendrás que regresar a pata a tu casa. Cuando quieres que llueva no llueve.
Durante el Ángelus acaba de llegar un coche y el otro se enciende. Ese es el mediodía representado. Y podrá ver usted en las tiendas a personas comprando el último caldo de pollo. Abajo de los carros hay un rato fresco, hasta que se mueve el carro.
De nuevo el mediodía es una hacha que rompe el hielo. Quedaron de verse a mediodía y allí están ni para allá ni para acá. Son las 12 con todos nosotros a bordo en una tregua, un toque de queda, una larga cuarentena.
HASTA PRONTO.