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Columnas: Crónicas de la calle

Corres y eres asunto de los cobradores

/ 07 de julio, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Corres pues no te queda de otra. Si te detienes te alcanzan. Corres y adelante van otros corriendo, quieres saber quiénes son, a dónde van corriendo. Unos llevan un número en el jersey, otros ya mi ganas llevan.

Corres porque no hay tiempo, si no corres llegas tarde. Si no corres no eres nadie. No eres aire que se desplaza a determinada hora entre los árboles.

Corres porque quieres, corres huyendo como el sonido del agua, corres pues eres niño corriendo y la mamá hablándole incansable todo el tiempo que sigue.

De oficio te persigue el tiempo con su turno de acreedores, sus ordas que intercambian la estafeta, su turno de cobradores calle por calle.

Siempre hay alguien corriendo y otro que descansa al borde del camino como en las viejas canciones con música de Joaquín Pardave, 20 años después en un salto increible y cuántico del tiempo.

Corres y cuentas los pasos más rápido. Einstein que detiene el tiempo de los zapatos. Corres y en cierto. En la tarde puedes quedarte inmóvil y ver cómo oscureces.

Corres despacio para tantear al resto, esperas un rato a que suceda algo. Corres atrás de ese tiempo donde corren muchos. Sacas la mano sólo para saludarnos.

Te cansas de ir corriendo hasta que aprendes que es lo mismo en algunas canciones. Pero corres porque no las canta nadie. Todos quieren llegar primero, corres alguien aplaude, te da indicaciones de que tomes aires y eso ya lo sabes, acaso es lo único que sabes en un mundo de entrenadores.

Corres atrás de un sombrero, corre un niño atrás de una pelota. Corre la señora después de la hora. Corren los papeles por la calle con sus biografías anónimas y sinceras.

La sonrisa Colgate era la misma sonriendo en los comerciales de la tele nostálgica que relumbraba en la noche y los zancudos no eran tan populares en las terrazas. Los aplausos eran para los artistas de veras.

Corres al baño donde nadie te espera. Corres y compites con otros por unos cuantos metros, todos gritan, se solidarizan con el último. Llegar hasta el último también tiene su momento de gloria, su gesta, el desahucio, la justificación heróica: Se ponchó la llanta, te dolió el estómago, se te rompió el tenis, se dobló la patineta, se hizo de agua el hielo instalado en un terreno baldío del barrio.

Corres por miedo y no volteas a ver si viene carro, en peligro te atropellen, entonces corres más recio. Corres como si te persiguiera muy de cerca el virus de la pandemia, tienes unos cuantos minutos para lavarte las manos y la cara, para mantenerte en pie sin tocer. Para hacer como si nada pasara.

Corres recio, te dijo alguien, siempre lo dicen otros que corren despacio o los que nunca han corrido. Entonces aprietas el paso y no los vuelves a ver. Es verdad que no corres recio, pero el secreto está en no detenerse. Nadie te lo dijo. Son cosas que nadie sabe. Se dicen corriendo y respirando hasta agotar el aire. Cuando te vas cayendo como una hoja.

Correr es reír, marcar el suelo, es ligero sonido de alguien que pasa. No es nadie, dijo una señora. Es como mercurio, es un mensajero que aparte vende tortillas a diez pesos el kilo, dijo otra que escuchó de lejos cuando venía la moto.
Por la orilla de la banqueta, por la sombrita, viene una chiquilla corriendo.

HASTA PRONTO.