20 junio, 2026

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Los oficios del cubrebocas 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA
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Una vez suelto de su propietario, el cubrebocas cae al suelo. Los he visto rodar y luego descansar antes de continuar su camino. La historia de la basura ha de ver con extrañeza a su nuevo inquilino. Las mascarillas, cubrebocas, bozal como otros más les llaman invadieron el planeta. 

Las mascarillas cubren la mitad de una cara azarosa, una boca alineada y otra borrosa. La vida nos trajo el cubrebocas a este momento de nuestra existencia pero por encima hablamos. Decimos las mentiras de siempre. Nos acomodamos y le sacamos ventaja hasta sus últimas consecuencias. La mascarilla es tema, debate, fotografía, y protagonista inesperada. 

Ahora te venden mascarillas para toda lógica, hay de colores y otros que pasaron de moda. Hay venta de mascarillas al menor descuido de la esquina, te asomas y alguien te ofrece una mascarilla. A treinta varos con cien. «Ya ni donde los hacen señito». Sobre la maya ciclónica cuelgan cubrebocas que te venden a cinco pesos. Y son caros. 

Sí. Las mascarillas llegaron para quedarse y todos los días recorren las calles de la ciudad. Desesperadas van con el viento y buscan un refugio donde quedarse un rato. Abajo de una banca alguien, nunca se sabe quién, tiró un cubrebocas. Y la historia se repite. Hay en cambio historias más amables de cubrebocas que fueron bien tratados. 

Seguramente usted ha visto la notable presencia que este artículo adquirió en todo el mundo. La ciudad se llenó de enmascarados. Ahora sí, a reírse de otros que nadie se da cuenta. El covid hizo mella en el rostro de las personas y las ha partido en dos en el maquillaje reluciente.

Millones de años luz el futuro nos reconocerá con Ia mascarilla puesta. Esta generación se distrajo un poco para ir a comprar uno o dos cubrebocas para el cuate que se acerque. Si esto continúa las esculturas de los próceres llevarán cubrebocas en la ola 750. 

Por la noche el marido recuerda cómo era el rostro de su mujer hace años, justo cuando ella se quita la mascarilla y se le queda mirando. Por lo pronto no tiene para donde hacerse. No tarda en oscurecer en la ciudad y todos se han quitado la máscara. Aún así alguien anda en el parque. 

Ya en el suelo, como si aún estuviesen puestos, los cubrebocas se miran unos a otros. Fueron sustituidos, los dieron de baja de la cara de repente. Pronto serán presa fácil del fuego o perderán su forma en el fondo de un tambo. Junto a un par de nostalgias. 

Cada historia personal tiene un cubrebocas en su texto. Cada cubrebocas tiene la historia de unos labios que le besaron. Los labios se confesaron tras las bambalinas de un trozo de tela rústica, un plástico como una bandera negra. Fue cubrebocas de una mujer bella. 

Hubo cubrebocas en los labios más rebeldes, ahora el cubrebocas anda en boca de todos, de boca en boca. La urbanidad permite que el personaje llamado cubrebocas reciba una opinión al respecto. Países que metieron al bote a los ciudadanos que no los usaron. 

Boca a bajo el cubrebocas poco a poco se llena de tierra como todos nosotros, y desaparecen en unos cuantos centímetros cuadrados. Mientras el resto de cubrebocas espera en las tiendas y en las grandes farmacias, los otros cubrebocas entran a los grandes escenarios de la guerra que es esta vida. 

Desde el aire, antes de caer al suelo, el cubrebocas ve al resto de seres humanos que no lo utilizaron. Lee su importancia en los diarios y el recuerdo de quien fue su propietario. Cae ahora hecho un retazo de fieltro, un banderin sin ejército, un paracaídas pequeño, sin sentido. 

A unas cuadras de ahí se escucha el grito del vendedor de cubrebocas que escribirán su propia historia. Voy y compro uno. Estoy grabando un video en vivo desde mi refugio secreto. Nadie me ha descubierto todavía. Puedo estar loco si quiero. Con este cubrebocas negro como hay millones nadie me reconocería. Pero voy llorando, creo. 

HASTA PRONTO 

Por Rigoberto Hernández Guevara 

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