4 abril, 2025

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El otoño me echa porras 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA 

TAMAULIPAS.- El día que logremos la sabiduría, realmente será inútil. Hay que continuar escribiendo poemas en defensa de los dioses de todos los días y los parques acuáticos. El hombre escribe poesía, pues quiere decir algo y no sabe cómo decirlo. 

Desde la lucidez de poeta el otoño me echa porras. La tradición es una escuela recién pintada en el siglo pasado, terminará de pasar con los muchachos y los simientos vivos de las catedrales con nuestros viejos adentro.

Niño de mil años, la única vez que soy calle y me apedreas y he aprendido sin que me hayan enseñado, sin conocer a los abuelos que he inventado para que vayan y vengan sobre los rieles de mis sueños, mientras aquella casa se desmorona en los dedos. 

Las calles son ríos arrastrados al servicio del inconsciente, no he logrado pensarlas, son un poema que hace alucion al aluvión del surrealismo. Lo primero es la expresión de la libertad  y luego la reacción política de los descansados, música y pan, cada esquina es un diálogo.

El saber es soñar la sed, hemos puesto fuego a las palabras de las imágenes, nombrar es llover en el manifiesto de nuestros ojos.

Sobre la mesa de café se desploma la condena y sin embargo no hay salida en la salida, se nombra y se esconde, es posible la escritura de lo imposible. El inconsciente sale a recorrer las banquetas como un método de belleza, un estado de gracia para volver a recuperar la inteligencia.

El hombre libre recordará todo esto, en realidad hablaría en modo surrealista, como una abolición de todos los principios, a cambio de la fe infinita en la generosidad del hombre, en su carácter de religioso.

Entonces hablo de las lianas y de las pinzas que nos sostienen, de los signos del alfabeto hecho cenizas por las larvas de las repeticiones. Repetición sobre las desfiguiraciones y las demoliciones. La respuesta es el infierno de la literatura en un abismo de contradicciones. 

Sé mantiene viva la fascinación de la ficción política, en los románticos se mantiene una vela encendida en el intento de dar fe de lo que está pasando. Hablar de la libertad postiza, escombros y libertad, sigue siendo rebelión y poesía que un poco después se vuelve revelación.

La libertad es liberación absoluta del amor. La libertad siendo fidelidad es horrible entre las equivocaciones del puritanismo de los regímenes de la publicidad que no se hace en los bosques.

El abrazo es un encuentro metafórico. Nos hemos encontrado y va a ser dicho. Será escuchado en un buen olvidado, si es que en algún lugar encuentra un sitio. Al día siguiente le contaré mis amores a la tarde y en voz alta la ciudad me leerá un poema. 

El tributo es la afirmación de aceptar la decadencia, vemos el tibio café que se esparrama en la boca. El café es la sublevación en el viaje del pensamiento, una gran obra contra los horrores de la existencia y la geometría de nuestros pensamientos. 

Es difícil para mí decir qué niño fui, qué insoportable. En ruinas escribo de cierto modo descuidado bajo la sombra de la imagen de un guayabo. Atrás un niño recorre los cuartos solitario. 

Mis palabras caen en decadencia y es cuando cobran fuerza como vidrio molido en la boca, es claro el remanso, es lindo estar solo conmigo mismo.

La juventud ardía en aquellos días en la democracia de las escuelas cruciales de los patios y las pastorelas. Con mi utopía, capaz de incendiar la imaginación, logré pensar en la revolución, cambiar a un hombre solitario que llegaba luego de una jornada de canciones en la radio de los vecindarios. 

El más viejo es una caminata nocturna que aún nos falta mirar, es golpear una cruz convertido, encubierto y circular, que da vuelta sobre sí mismo y contra nosotros, en el sentido absurdo de las manecillas del reloj. Sin explicación alguna, criatura sexual y pensante, escribo al aire libre una sola palabra. 

Tú te llamas calle, escorpión, ecos que persiguen los pasos taciturnos en la transparencia que nos salva del mundo, que viene en cada palabra y palpita. 

HASTA PRONTO. 

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