4 abril, 2025

4 abril, 2025

Cuando la férrea voluntad te tira paro 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Acomodo mis penas como me abrocho el cinturón, llevo un aire bien sabe cómo. Debajo de la piel alguien, no sé quién, me quiere ver. Todo por no tener un sitio para cada cosa, de mi no todo se puede ver. 

Tengo un corazón como el de las «Burbujas  de amor», del cantautor dominicano. .. este.. . ¿cómo se llama? ¡Ah sí! Juan Luis Guerra. «Tengo un corazón mutilado de esperanza y de razón. Tengo un corazón que madruga donde quiera.» El estómago en cambio es asunto de comida, las tripas me gruñen de repente según estén enojadas o contentas, como un coche que acelera y con un chofer que acecha con reproches.

De mi cuerpo han bajado los egos que sustentaron mi nombre por la que es mi vida pero no están listos para el viaje. Un día jugué a escribir lo de mirar adentro, para despojarme de todo lo inútil y creo me fui con ello, estoy vacío. Con todo eso mi férrea voluntad me tira paro. 

Pensar que un día como cualquier otro borraré de nuevo lo que escribo entre el polvo. Estoy a punto de fracasar ruidosamente sin el menor control de las manos sobre el teclado. Dibujo mal mi retrato, por lo mismo unos ojos que no son míos me observan desde hace un momento. 

La vida para mi es la posible y amplia manera, pero elijo la estrecha que también lleva. La vereda de atajos no es la más rápida, en todo camino se cierne la sensación de estar perdido. 

Por las venas imagino a la sangre corriendo como niño en su aburrido circuito, para, luego de algunos tropiezos llegar cansado al corazón y ser impulsado nuevamente en la continuidad olímpica de mi vida. Debo ser bueno para que eso ocurra. Y como no soy tan bueno, lo anterior no tiene explicación alguna. 

En lo que camino, jadeo un poco, se acelera con liviandad el pulso como si me acercarse a un sitio donde se han concentrado mis enemigos. Vengo preparado, listo a darle con todo, sin embargo es falsa alarma, mi pensamiento sabe que nadie puede llegar tranquilo a un lugar desconocido. Eso queda claro, pero no lo había notado, la existencia también se ocupa de pequeños descansos y de buscar algo de calma aunque sea a ratos. 

El cerebro es la gran fábrica. Con el cuerpo traicionado vivo en el cerebro desde hace años. Ahí también me enfrento a la encarnada lucha de la procrastinación y el recuerdo. No creo en las neuronas, creo que me emociona más un campo eléctrico, un trueno en la noche, un choque de trenes, un partido perdido por goliza, un chingazo del presente. 

La memoria que nunca fue del todo mía, se ha ido reconstruyendo con pedazos, cúmulo de instantes, sonidos de un eco que a la distancia reconozco como el viejo panadero, el señor de las verduras, el de las paletas y nieves, el elotero, el voceador callejero y todo me hizo lo que en realidad soy y no lo que me dijeron. 

A veces la ilusión me desequilibra y cargo cosas con las que ya no puedo hacer otra cosa y comienzo a moverme en torno a ellas, con la imaginación revuelta acudo a donde en realidad no deseo. Trato de existir y apenas sobrevivo como en un sueño y no despierto. Y sigo aquí, he vuelto al cerebro, lo he visto confundir el amor con las ganas de ir al baño, necesitando urgentemente un pedazo de realidad de la que no existe.

Con esto vuelvo en mi, voy a casa y me recuesto en un breve espacio del momento, en la orilla existencial del pensamiento. Empiezo a escuchar la voz melodiosa, un tanto aguardentosa de Alejandra Sanz, igualmente sin explicación alguna: «Y escucho tu voz con tan solo un suspiro enciendo las luces que habría que apagar, ¡ay no te me vayas cuando acabe el vino!  ¿Te quieres quedar?»

HASTA PRONTO 

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

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