21 marzo, 2026

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Una mujer corriendo para alcanzar el micro 

Crónicas de la calle /Rigoberto Hernández Guevara 
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Una mujer corre- cargando una bolsa con mandado- y alcanza a subir a un microbús. Es la misma que sale muy guapa de alguna parte del mundo y sonríe alegre, y ella sabe por qué. 

En los bolsos de las mujeres está el secreto callado. Un hombre no debe andar hurgando. No sin saber a qué o a qué le va tirando. Como en eso hay cosas en la que un hombre no debe meterse. Quizás encuentre un pañuelo klinex blanco, unos cuantos pesos adentro de otros, un chicle de menta, las llaves de la casa, un lápiz labial, un rimel desgastado en un rincón infinito, una almohada, un lugar para las fotos y las tarjetas, la credencial del INE que delata la juventud eterna que la contiene, una carta leída mil veces, el recuerdo de una copa, una copia del tiempo que ha pasado por los ojos. 

Es la mujer de Bernabé, la de Juan, la de Miguel, la inmigrante, la nativa, la mujer luchona y valiente que suda la camiseta a 40° centígrados bajo la sombra de un árbol. Es la mujer joven, la mujer de México, la que lava y plancha, la que amamanta y ama, la licenciada, la directora y la maestra, la que despacha en una gasolinera, la que sueña, la poeta, la actriz, la artista, la pintora, la mujer que lee, la novelista, la que maneja un tráiler, la encargada, la secretaria, la que maneja un Uber, la novia, la que estudia, la pequeña, la ama de casa, la que trabaja en casa ajena, la mujer abogada, ingeniera, la que diseñó su casa, la mujer empoderada, la jefa, la abuela, la mujer Presidenta de la República. 

Decía don Andrés Henestrosa que hasta por la forma de caminar se conoce a nuestras mujeres. Supongo que a los padres nos conocen por la forma de ser de nuestros hijos.

Pero mujer yo soy el pasto que te ve desde el estadio, en la lumbrera soy el azul del cielo que escapa de la noche y brilla si observas detenidamente y luego cierras los ojos. 

La mañana es esta casa en tus ojos. Amarte es una vez latir en tus calles, es la revolución ante a una espera del microbús en los bulevares, un poblado chico dentro de otro, una historia junta pero no revuelta.

Dibujo las casas de afuera, las antiguas construcciones que se detienen con una raya, me late el sol, este es el camino que lleva a otro cuerpo, a las demás voces, al resto que guarda silencio. 

Vuelvo en la “U” de un semáforo, atravesado en tus cruceros. Un día salto un charco, otro día enciendo un cerillo para apagar un cigarro.

Una mujer es un árbol con frutos. Y también es el fruto. Conocemos a la mujer luego de un largo recorrido por el vientre materno. Luego de pelear cuerpo a cuerpo con otros sujetos que quieren lo mismo que nosotros. No cabe duda que nacer fue el primer éxito de la existencia. Es un encontronazo de células magníficas, una chispa divina que nos construye a los hombres y a las mujeres. 

Luego tal vez fueron fracasos o continuos triunfos entre aplausos hasta que no quedamos solos y libres. Libres y locos. Nadie hace el viaje por la vida con nosotros, somos como el agua del río San Marcos, una temporada de lluvias nos bastó para creernos bastante, hasta que llegamos a alguna parte, a donde nadie lo sabe.

El camino angosto y corto sin embargo nos impide ver a lo lejos, ignoramos quién se acerca, quién nos sigue de cerca, incluso quién o quiénes nos acompañan entre los bejucos.

Muchos de nosotros llegaremos al mar y otros en un vaso de agua después de un vado, serviremos al político para aclarar la garganta durante un discurso.

Cuando descubrimos a la mujer, ya estamos en sus brazos, en la suave enredadera de su pelo, atrapados en la trampa de sus dedos, escuchando el mensaje de su corazón latiendo. Luego jamás volvemos a ser los mismos. Es entonces que nacemos, adentro del mundo, mientras la mujer aquella, nuestra madre, corre y corre para alcanzar el transporte urbano a lo largo de la calle. 

HASTA PRONTO 

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