En 2010, después de atender a una madre de familia y a su hijo, una maestra me comentaba: “lo bueno es que no son mis hijos”.
En 2026, una maestra de secundaria en California, con 24 años de trayectoria frente a grupo, se volvió viral, con más de un millón de visualizaciones en Tik Tok, tras expresar las razones de su retiro anticipado. Para ella como para muchos docentes, la docencia se ha vuelto insostenible.
En su testimonio, describe un entorno educativo marcado por la falta de límites en el alumnado y deficiencias en la crianza desde algunos hogares, su preocupación por el impacto de la tecnología y las redes sociales en el comportamiento y desarrollo emocional de las y los estudiantes: “Muchos padres han delegado la crianza a las pantallas”, sostiene, lo que ha transformado el rol del maestro: de educador a mediador permanente de conflictos.
En México, el pasado mes de marzo se registró un ataque mortal directo con un rifle AR-15 por parte de Osmar “N”, un alumno de 15 años, en contra de dos maestras en una escuela preparatoria de Michoacán. Estos lamentables hechos que no tienen precedente en nuestro país, ahora, siembran preocupación y miedo en el magisterio.
Sin duda, la era de Instagram y TikTok ha configurado un espacio virtual que también educa, aunque bajo lógicas eminentemente comerciales, donde adolescentes y jóvenes no solo interactúan, sino que consumen contenidos que moldean sus percepciones, conductas y formas de relacionarse. El nicho de mercado es la necesidad de adolescentes y jóvenes por sentirse que pertenecen, donde les dicen lo que quieren escuchar y, de paso, se quedan con el escaso dinero que tienen.
Sume usted a esta lista de motivos, a las madres, padres, abuelas y abuelos tutores que reclaman a directivos y docentes sobre la conducta de otros alumnos o alumnas, no de sus parientes, aunque su conducta no sea la esperada; y, además, convencidas de haber descubierto el hijo negro y que lo único que se necesita es que escuchen su cátedra sobre cómo se deben resolver los problemas en las escuelas.
Por educación, en ocasiones diversas, no se les cuestiona, solo se les escucha. Si bien, la intención de las madres y padres de familia es buena; la forma es sumamente desgastante y agotadora para directivos y docentes. Ojalá se acercarán solo a reportar irregularidades y participar en la atención de necesidades, pero sin ese afán protagónico que, a veces gana.
No obstante, las maestras y maestros lo único que piden, si de escoger se trata, que se hagan cargo de atender y educar a sus hijas e hijos. Que esa educación que reciben en casa se refleje en las aulas.
Si bien, en el caso de Osmar “N”, de comprobarse negligencia en el resguardo del AR-15 en su casa, podría fincarse responsabilidad al progenitor. En caso contrario, la ley solo permite que se le juzgue con el marco legal vigente, lo que se traduce en máximo tres años de internamiento.
Y como dice la sabiduría popular: en el pecado está la penitencia. El papá y la mamá de Osmar “N”, desde el día en que se cometieron los delitos, si no es que antes, su penitencia inició. El dolor de ver a su hijo cometer esos delitos y arruinar su vida les cuestiona: ¿Qué hicimos o dejamos de hacer para que nuestro hijo se convirtiera en delincuente?
Hoy, el magisterio no solo enfrenta la tarea de acompañar y enseñar, sino la de resistir en un entorno que desborda las aulas: hogares que delegan la crianza, plataformas como Instagram y TikTok que moldean conductas sin responsabilidad social, y una violencia que ha llegado a las aulas.
Entre la vocación y el desgaste, entre el compromiso y el miedo, las y los docentes están al límite y se preguntan si aún es sostenible sostener una profesión que exige tanto y protege tan poco. Porque si antes el consuelo era que “no eran sus hijos”, hoy la preocupación es mayor: son sus alumnos y alumnas, que están siendo educados por un algoritmos y plataformas irresponsables, cuyas consecuencias ya no se quedan en la pantalla.
¿Usted qué opina?




