2 abril, 2026

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Jueves Santo entre cumbia rebajada, mar y fe en Playa Miramar

El clima se mantiene ideal: cielo despejado, sol firme en lo alto y una brisa constante que hace más llevadera la jornada.
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José Luis Rodríguez Castro
Expreso La Razón

Una cumbia re-ba-ja-da se cuela entre el siseo del viento y el romper constante del mar al fondo. Las trompetas van y vienen acompasadas por los bongós, marcando un ritmo lento que se estira sobre la arena caliente.

A unos metros, una pareja se mece abrazada, ajena al bullicio. Se mueven despacio, como si el tiempo en Playa Miramar decidiera transcurrir distinto en este Jueves Santo.

El murmullo de miles rodea la escena. Familias, grupos de amigos, niños corriendo, vendedores que cruzan ofreciendo bebidas frías. Hasta este día, las autoridades estiman un aforo de poco más de 450 mil visitantes en la zona turística de playa.

Apenas rompía el sol en el oriente cuando comenzaron a llegar los primeros paseantes. Autobuses completos, camionetas cargadas, autos con placas de distintos estados se alineaban en los accesos desde muy temprano.

El calor no golpea, acompaña. El clima se mantiene ideal: cielo despejado, sol firme en lo alto y una brisa constante que hace más llevadera la jornada.

Es Jueves Santo.

Y aunque la playa vibra con música, risas y movimiento, la fecha carga un significado que trasciende la arena. Se recuerda la última cena, el momento en que Cristo compartió el pan y el vino, instaurando la Eucaristía.

También el gesto silencioso del lavatorio de pies, una enseñanza de humildad en medio de la inminencia. Horas después, la aprehensión en el huerto de Getsemaní marcaría el inicio de su juicio y condena.

La Iglesia da paso al Triduo Pascual, mientras en la costa, la vida sigue su ritmo entre sombrillas y mareas.

De acuerdo con la administración municipal, tres de cada diez visitantes provienen de Nuevo León. El resto llega desde Jalisco, Veracruz, Estado de México, Ciudad de México, Durango, Coahuila y San Luis Potosí, entre otros puntos del país.

Miramar se convierte así en un punto de encuentro. No todos llegan por lo mismo, pero coinciden: descansar, romper la rutina aunque sea por unas horas, por un instante.
La cumbia sigue sonando. Re-ba-ja-da.

Otras parejas ahora danzan en la playa mientras cae la tarde. La escena se replica a metros de distancia: cuerpos aletargados se deslizan de un lado a otro, embebidos por el día.

El mar va y viene. Las olas rompen sobre la arena sin pausa.

Y mientras la fe recuerda en silencio aquella última cena, en la orilla el tiempo se diluye entre música, viento y sal.

Así, entre la devoción y el descanso, el Jueves Santo se queda suspendido en Miramar, meciéndose al ritmo lento de una cumbia que no termina.

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