El primero de abril se celebra en el mundo anglosajón el equivalente al “día de los inocentes” del mundo hispánico: una fecha dedicada a las bromas y a los pequeños engaños. No deja de ser llamativo que Donald Trump haya elegido ese día para emitir un mensaje a la nación, ampliamente difundido por radio y televisión. La convocatoria generó amplias expectativas dentro y fuera de Estados Unidos, pues se anticipaba que abordaría temas de seguridad, en particular la guerra en curso contra Irán, en un contexto de creciente tensión internacional y alta incertidumbre.
A partir de los ataques de Estados Unidos e Israel, y la inesperada capacidad de respuesta de Irán, la guerra ha ido escalando en intensidad y su impacto es global: elevó los precios del petróleo y gas, de los fertilizantes, de otras materias primas estratégicas como helio (esencial como refrigerante en la fabricación de componentes electrónicos) y aluminio. Lo peor es que el conflicto transcurrió de la mera interrupción de la distribución de materias primas a la franca destrucción de capacidades productivas; lo que hace irreversible, por lo menos durante algunos años, la disminución de la producción. Y la situación puede empeorar.
El mundo ha descubierto, a su pesar, la enorme importancia de los recursos energéticos e insumos productivos que se generan en el medio oriente. También el carácter vital del estrecho de Ormuz por donde tienen que pasar los buques que distribuyen estos bienes en el resto del planeta. En esta guerra se juega el dominio de la producción y la capacidad para abrir o cerrar su acceso.
Tal es el contexto del mensaje de Trump que se sintetiza en los siguientes párrafos.
Desde su perspectiva las fuerzas armadas de los Estados Unidos han logrado victorias rápidas, decisivas y abrumadoras. En contrapartida, la marina y la fuerza aérea de Irán han desaparecido; sus líderes han muerto; su capacidad para lanzar y fabricar misiles y drones está dramáticamente reducida. Nunca en la historia de la guerra un enemigo ha sufrido pérdidas tan devastadoras y los Estados Unidos, bajo mi presidencia, dijo Trump, están ganando más que nunca.
A continuación Trump señaló al régimen de Irán como fanático y terrorista, el más violento y brutal de todo el planeta; un gobierno que asesina a sus propios ciudadanos. Sería una amenaza intolerable que llegara a tener un arma nuclear. Nunca permitiré, dijo, que eso ocurra y tampoco debería haberlo permitido ninguno de los anteriores presidentes norteamericanos. Acusó a Obama de haberle dado a Irán 1.7 mil millones de dólares y los iraníes se rieron de ese presidente y continuaron en su misión de obtener una bomba nuclear.
Agradeció a sus aliados Israel, Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin. Han sido excelentes, y no permitiremos que sufran daño, dijo.
Otros permitieron que Irán pudiera crear un arma nuclear. Yo estoy corrigiendo esos errores; por eso ordené (en junio de 2025) un ataque con hermosos bombarderos B-2 que destruyeron por completo las instalaciones nucleares de Irán. Pero el régimen iraní luego intentó reconstruir su programa nuclear en otra ubicación. También estaban construyendo un vasto arsenal de misiles balísticos convencionales. Por eso ordené un nuevo ataque que les negará la capacidad de construir una bomba nuclear y de apoyar a grupos terroristas. Me complace decir que estos objetivos estratégicos están cerca de completarse.
Hasta aquí la parte introductoria del mensaje de Trump. Su narrativa es triunfalista, presenta el conflicto como una lucha entre el bien y el mal y alega que su agresión es moralmente legitima. Sin embargo sus afirmaciones son sesgadas. No ha triunfado; Irán sigue respondiendo de manera controlada y similar a cada una de las maneras en que es atacado. Sus propios analistas indican que Irán no estaba construyendo armas nucleares. Sus objetivos estratégicos han cambiado día con día.
Entonces, ¿qué es lo que sigue? En lo esencial un mensaje contradictorio.
Por una parte Trump señala que en las próximas semanas golpeará a Irán de manera extremadamente fuerte hasta llevarlo de regreso a la edad de piedra.
También dijo que Estados Unidos casi no importa petróleo a través del estrecho de Ormuz y no lo hará en el futuro. No lo necesitamos. Son los países del mundo que sí reciben petróleo a través de ese estrecho los que deben cuidar ese paso. Deben protegerlo. Nosotros ayudaremos, pero ellos deben liderar. Irán ha sido esencialmente devastado. La parte difícil ya está hecha. Ahora esos países deben hacer dos cosas: comprar petróleo a Estados Unidos y ser valientes. Cuando el conflicto termine el estrecho se abrirá naturalmente, el petróleo fluirá nuevamente, los precios bajarán y las bolsas de valores subirán.
Más que una estrategia, el mensaje revela falta de claridad sobre los siguientes pasos. Dice que Irán ha sido devastado pero lo seguirá golpeando de manera aún más intensa. Anteriormente Trump ha declarado que prácticamente ya destruyó todo lo necesario. En los hechos los ataques de Estados Unidos e Israel se han concentrado en la población y las instalaciones civiles. Esto se debe en buena medida a que las instalaciones militares relevantes de Irán se encuentran bajo tierra, dispersas en todo su territorio y esencialmente ocultas. Por eso a pesar de los graves daños que sufre Irán mantiene su capacidad para realizar represalias militares.
Lo segundo y lo más relevante es que Trump abandona el objetivo de abrir el estrecho de Ormuz. Esto deben hacerlo los países que más necesitan de los energéticos del medio oriente. Sin embargo por el estrecho de Ormuz pasan, pagando una cuota de peaje, los buques que no se relacionan directamente con los enemigos de Irán. Irán pretende convertir el estrecho de Ormuz en un canal de cuota, a la manera del canal de Panamá o el de Suez.
Llevar a Irán a la edad de piedra es la peor amenaza posible para los países del golfo y el mundo entero todo indica que hasta el momento Irán conserva la capacidad de responder a un nivel similar. Destruir, por ejemplo, las plantas desalinizadoras de los países del golfo llevaría a la destrucción de sus gobiernos y de gran parte de su población. También sumiría al mundo en la recesión, el empobrecimiento y la hambruna.
La interpretación optimista del mensaje de Trump es que, como lo ha hecho en otras ocasiones, declara victoria y ahora responsabiliza al resto del mundo de la complicada tarea de componer su desastre. No obstante no está realmente en su poder retirarse del conflicto; eso lo decidirán Irán e Israel.
Incluso en el escenario más optimista, el mundo no volverá al punto previo al conflicto: se abre un periodo prolongado de encarecimiento energético, tensiones geopolíticas y vulnerabilidad alimentaria. No es un ajuste menor, sino un cambio de época… para el mundo entero.




