El viaje había sido de muchas horas en autobús. El taxi dejó a Eduardo frente a la casa. Sofía estaba afuera esperándolo.
Habían acordado aquella visita con suficiente anticipación. En una conversación telefónica, Sofía le había dicho que esperaba aquel encuentro con “mucha ilusión”. Eduardo sentía algo parecido, pero escucharla decirlo le hizo sentir la responsabilidad de no desilusionarla.
Su primer encuentro había ocurrido hacía casi cuarenta años. Sin que Eduardo se diera cuenta, Sofía se había alojado en una parte de su alma y había despertado el amor, la pasión y la audacia necesarios para vivir un romance único. Era algo totalmente suyo: podían estar en cualquier lugar sin que nadie jamás interfiriera entre ellos. Estaban para disfrutarse el uno al otro.
Sofía era un poco más prudente que Eduardo, aunque solo un poco. Compartían música, sentían que «Coincidir» había sido escrita para ellos, se deleitaban con las poesías de Benedetti y disfrutaban de la complicidad de sus citas clandestinas. Eduardo recordaba una tarde en el teatro, viendo una obra tan divertida que arrancaba carcajadas a todo el público. A su lado, Sofía pasó toda la función temerosa de que los descubrieran, sobre todo cada vez que él se reía.
Compartían conversaciones interminables, vivían en un mundo propio. Eran Eduardo y Sofía.
Ahora Eduardo llegaba allí con una pregunta que no lo había abandonado durante el viaje:
¿Sería posible recuperar algo de aquel privilegio que la vida le había concedido cuando la conoció?
Llegaba con dudas y temores, pero también con el compromiso de no desilusionarla. Tenía clara una cosa: debía ser él mismo.
Se abrazaron. La incertidumbre era evidente en ambos, pero, sin rodeos, entraron a la casa. Era un pequeño departamento que Eduardo ya conocía, donde años atrás había disfrutado de la compañía de Sofía, de la música y de algún ron con coca que ella preparaba.
Sofía le indicó dónde dejar la maleta y comenzaron a conversar. Recordaron aquellos diecisiete meses de amor, pasión y audacia con que habían vivido y que, después de tantos años, seguían vibrando en la memoria y, sobre todo, en el corazón.
La estancia de Eduardo fue tranquila. Él y Sofía, acompañados por los recuerdos y una cotidianeidad más serena, veían los partidos del Mundial, compartían algunas copas de vino tinto y hablaban de la vida. Desafortunadamente, sin queso añejo; los cuarenta años transcurridos ya habían dejado algunas huellas.
Sofía no quería que Eduardo hiciera nada. Tendía la cama, cocinaba, lavaba los trastos sin admitir su ayuda. Incluso, un día salieron a comer a una pequeña fondita y no le permitió pagar. Aunque un día Sofía le comentó que el calentador de agua había dejado de funcionar. Eduardo lo revisó, descubrió que las baterías estaban agotadas y fueron a comprar unas nuevas. Unos minutos después, el agua caliente volvió a salir.
Pero el tiempo no había pasado en vano.
Seguían siendo los mismos en esencia, pero la vida los había transformado. Los retos superados, las pérdidas sufridas y las alegrías acumuladas terminan por modificar lo que valoramos y la manera de entender la vida y el amor.
Una mañana Sofía permaneció en cama hasta tarde. No había dormido bien. Alguien ocupaba un lugar en el lecho y había perturbado su descanso. No hizo falta decir más.
Aun así, durante esos tres días se dieron amor. No el amor impetuoso de la juventud, sino ese otro, más sereno y amable, que ilumina la vida sin necesidad de incendiarla.
El día del regreso de Eduardo llegó demasiado pronto. Cuando el taxi llegó para llevarlo a la central, Sofía lo acompañó hasta la puerta.
Se dieron un beso.
Sofía se quedó allí mientras el taxista acomodaba la maleta. Entonces Eduardo regresó para darle otro.
Ella apenas lo respondió.
Eduardo comprendió que era un adiós. Murmuró:
—Hasta siempre.




