28 junio, 2026

28 junio, 2026

El sube y baja de nuestra realidad nacional

El Mundo de Nunca Jamás/Pedro Alfonso García Rodríguez

Los poco más de 70 años que imperó el régimen de partido en el país mantuvieron estabilidad gracias al equilibrio de las fuerzas que de origen apagaron la mayoría de los incendios que perduraron durante la etapa revolucionaria y constitucionalista.

La complicidad del tricolor con el gobierno estadounidense le permitió sobrevivir incluso a etapas tan críticas como la expropiación petrolera, la movilización estudiantil del 68, la etapa populista, las crisis económicas, hasta su punto final con la implementación del modelo neoliberal.

Durante décadas el tricolor mantuvo dentro de su esfera y en los casos más extremos a raya a los grupos de izquierdas simpatizantes al comunismo soviético hasta su punto de quiebre que aún así le permitieron más años en el poder del país.
¿Cuál fue la principal razón por la que el PRI logró ser la balanza de la vida política nacional?

La repartición de cuotas de poder a los sectores de la población, y la simulación de una democracia a pesar del dominio político absoluto que tuvo como partido.
Los gremios fueron aglomerados y/o absorbidos, la iniciativa privada tuvo sus espacios con las cámaras creadas, los liderazgos regionales no mitigados también integrados al partido que se adaptó para sus propósitos, y sobre todo, a sus redes de intereses. Lícitas o ilícitas.

Pero los choques de dinosaurios con los herederos de algunos grupos de poder y de políticos emergentes de sus mismas canteras propiciaron de forma acelerada su resquebrajamiento primero por las graves consecuencias de las crisis económicas, por la cacería de brujas a gremios y cacicazgos con la intención de implementar el modelo neoliberal.

Las consecuencias de las decisiones políticas tomadas por ejemplo durante los sexenios de López Portillo y De la Madrid Hurtado como consecuencia terminaron en los divisionismos que propiciaron la fiebre democrática y la explosión salinista en la depuración política acentuada tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la etapa de la “sana distancia” zedillista.

La transición política del PRI al PAN abrió la puerta a los sectores opulentos de las elites aristocráticas del país, de las emanadas del priismo aunque alejadas por desprecio a las prácticas partidistas del priismo, pero nunca renunciaron a las complicidades.

Principalmente por la amenaza que representaba para el recién llegado panismo que la parte más excesiva en el plano territorial de la operación política de la etapa priista incursionó en ese grupo político que desde 1997 se adueñó de la capital del país y que amenazaba después de la elección de 2000 de aumentar su competitividad al grado de superarlo entre las preferencias del electorado además de mantener en sus filas a pesos pesados del priismo jurásico.

La amenaza de una vuelta al priismo o la llegada del perredismo ya obradorista provocó el aumento de la presencia del gobierno federal en los estados, por ejemplo en seguridad a la par del aumento en los niveles de inseguridad en distintos puntos del país.

El priismo dividido por el conflicto entre los grupos políticos nacionales terminó por fragmentarse y tras terminar en la tercera posición en la elección de 2006, quedó disperso en otros estados.

Y fue la elección de 2006 el verdadero parteaguas de la polarización que hasta la actualidad impera en la vida política del país, que perdió la balanza por la desgracia del tercero en discordia, un intento fallido del regreso al poder y el cambio de un extremo político a otro en tan solo un sexenio y en menos de dos décadas desde la alternancia.

La etapa panista que ante la incapacidad de confrontar sin cabildeo a las oligarquías priistas y de frenar el avance de la izquierda obradorista en todo el país recurrió a medidas fascistas como el despliegue del ejército en las calles y persecución de adversarios, pero legitimado por la apertura en otros instrumentos de apertura democrática como el fortalecimiento del INE (antes IFE) y de los organismos autónomos como el INAI.

Además, bajo el contexto de una delincuencia organizada que impuso su fuerza en distintas regiones del país, que propició liderazgos regionales o cacicazgos como una hibridación entre actividades ilícitas, control de territorios y comunidades que garantizaban operaciones políticas electorales como se dieron en la elección presidencial de 2012, por cierto como un manotazo del viejo régimen.

Tras la segunda ronda de la crisis poselectoral de 2012, el PRI mantuvo el mismo modelo del PAN en cuanto el aumento de la presencia militar con el ajuste de terminar las hostilidades entre sus propios aliados, antes hostilizados por el calderonato.

Además de llevar a cabo un Pacto Nacional para llevar a cabo las reformas que se mantuvieron congeladas desde el inicio de la alternancia política.
Pero el escándalo de corrupción del cual no escapó el priismo desde el jurásico regresó y ante la caída del PAN producto de sus pugnas internas, llegaron AMLO y la 4T.

Del cambio de estafeta obligado, pero con el poder absoluto temporal, al uso excesivo de la fuerza pública pero con aperturas democráticas considerables a un gobierno de discurso populista, inicialmente con convicción democrática que al final terminó con el intento de enquistar de nuevo un régimen de partido. Y que ahora se encuentra en un evidente colapso…

Tres vías políticas, dos de extremos que ahora interactúan en la vida pública nacional.
Por una parte terminó el romanticismo de oposición del panismo y ahora de Morena por el tiempo que lograron permanecer en el poder.
Un priismo que intenta recuperarse de lo que pareciera una inminente extinción pese a sus respiros como el de Coahuila.

La zozobra del intervencionismo estadounidense en la era Trump que vulnera constantemente la soberanía nacional.
El sentido progresista que toma el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, alejada de la cúpula política y con la intención de dar una mayor apertura al interior de Morena y también en la vida política nacional.

En un país gobernado aún en gran parte por Morena y aliados pero con divisionismos regionales evidentes que amenazan el futuro político en distintas regiones ya sea por disidencia con Palacio Nacional, la fragmentación entre sus mismos grupos además del modelo de negocio en que han convertido el sistema electoral.

Por cierto, en gran medida por la dinamización emprendida desde el obradorismo. Además de la cooptación a la libertad de expresión con sus constantes confrontaciones ante los cuestionamientos (aún si eran por justa razón).
Antes se trataba de un escenario político nacional, de tres fuerzas en pugna y dos desde sus extremos mantuvieron en su momento un discurso de oposición, y que por ejemplo Morena aún intenta mantener.

Y ahora es un ecosistema entre tres fuerzas políticas que estuvieron en el poder, que perdieron el discurso de oposición y del beneficio de la duda entre el electorado y que recurren constantemente a la cooptación del voto aún como uno de los instrumentos político-electorales más eficientes.

Ante la diversidad de grupos políticos, económicos y de intereses al margen o no de la Ley, pese al dominio que aún mantiene Morena de dar el viraje autoritario que desde el poder Legislativo intentó y que aún intenta orquestar y de aplicación de reveses democráticos, no existe una verdadera estabilidad del poder por la naturaleza democrática de los poco más de 25 años desde la caída del régimen de partido en 2000.

Durante los gobiernos panistas, el PRI quedó refugiado en territorio y grupos regionales políticos y económicos, el panismo sostuvo su poder con el respaldo del gobierno estadounidense y sus tareas en conjunto en el combate a la delincuencia organizada y quedó solo como oposición Andrés Manuel López Obrador.

En la era de Morena en el poder el PRI prácticamente desapareció en gran parte “devorado” por el fenómeno de Morena (literalmente) y el PAN sobrevive gracias a las elites mexicanas, principalmente las provenientes del sector empresarial, además de las relaciones que aún mantienen con sectores conservadores en Estados Unidos. Actualmente alimentados en la era Trump.

Las concentraciones de poder en las ciudades y en regiones del país van más allá de un partido y mantienen un constante nivel de cabildeo con los partidos que les ofrezcan la mejor negociación a sus líderes.

En Tamaulipas por ejemplo la influencia de la delincuencia organizada en municipios de la frontera ya es parte de la misma operación política de los partidos políticos, o la región rural del centro del estado donde por ejemplo Morena mantuvo presencia con autoridades federales al inicio de la administración de AMLO, en el sur con todo lo concerniente a los gremios y actividades de todo tipo relacionadas con el hidrocarburo.

Y grupos priistas de antaño sumados a los heredados del cabecismo que aún presumen pese a sus degradaciones de una fuerza verdadera para operar en el día de la elección.
La reforma judicial representó un revés democrático por las mismas prácticas electorales (o más bien electoreras) de acarreamiento y “acordeones” con la particularidad que además de beneficiar a las redes de Morena, también favorecieron a grupos empresariales, de traficantes de influencias y/o a los grupos delictivos (más allá del narcotráfico).

La reforma política electoral propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum intenta poner “freno de mano” a las pretensiones del obradorismo y de otros grupos políticos y económicos para perpetuarse o aumentar sus fuerzas.

Y la misma inercia que mantuvieron los obradoristas terminó en choque frontal con la administración del estadounidense Donald Trump que ha culminado en un llamado a políticos morenistas por sus vínculos con la delincuencia organizada.
Los mismos grupos que en los primeros meses de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum intentaron apropiarse de las riendas del Estado mexicano.
Tres fuerzas políticas han gobernado al país en sus últimos 25 años. De un autoritarismo de centro, a la escalada de la ultraderecha, un regreso accidentado y catastrófico del dinosaurio y después una cuarta transformación que inició con logros históricos y terminó enviciada por la corrupción que tanto denunció y con el deseo de perpetuarse en el poder.

El sube y baja sigue aún a favor de Morena, y es actualmente disputado por la suma de fuerzas de los dos partidos que también han gobernado al país pero aún reducidos.
Por una parte, un obradorismo que sobrevive pese a las constantes embestidas, pero una circunstancia de certeza legal por la amenaza a la soberanía nacional propia de los tiempos en la era Trump.

Por otra parte la tecnocracia morenista que conoce las reglas del juego y que poco a poco va ganando posicionamiento frente a los “operadores” por la necesidad de tener figuras que tengan la suficiente capacidad de sostener un proyecto de nación aún inestable y la relación bilateral con Estados Unidos a su favor, o al menos no en su perjuicio.

Los próximos meses probablemente serán cruciales para el futuro de la democracia como sistema político en el país tras 25 años de avances y retrocesos.
Bajo el contexto de una sobremilitarización y el dualismo de influencias tanto del crimen organizado o del gobierno estadounidense en su cúpula.

Desde Palacio Nacional las señales hasta el momento se mantienen a favor de una mayor apertura democrática, pero al final serán los tiempos a pesar de su estabilidad los que definan si Morena puede sostenerse como fuerza política bajo un modelo democrático o manifiesta virajes autoritarios.

O en su efecto bajo una plataforma medianamente hecha por ellos mismos, sea aprovechado por emergentes. Y esa probablemente sea la mayor amenaza para el futuro del país.

@pedroalfonso88

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