Rodolfo Torre Cantú tenía todo para ser gobernador. Otros priistas que ambicionaban suceder a Eugenio Hernández Flores entendieron pronto que nada tenían que hacer, y los grupos de poder del estado que en cada proceso sucesorio intentaban meter mano cedieron terreno.
En la competencia interna, Rodolfo no tuvo mayores problemas. El PRI mantenía aún el control de las estructuras electorales; el gobernador Eugenio Hernández ya había decidido quién sería su sucesor, aunque no dejó de animar a otros personajes —José Manuel Assad, Arturo Diez Gutiérrez, Javier Gil, Ramón Garza Barrios—, amigos del exgobernador, más el reiterado intento que finalmente resultó frustrado de Óscar Luebbert y Marco Bernal.
El PAN, que tenía el control del país, postuló a José Julián Sacramento; pero el matamorense no llegó muy lejos. Días después de su postulación vino a Victoria y, tras reunirse con figuras políticas locales, se fue puntual a cumplir una cita.
En Palacio de Gobierno se reunió con el gobernador. Platicaron largamente, a ratos entre carcajadas, en otros con la cercanía de viejos amigos. Más tarde se despidieron con un fuerte abrazo. Sacramento salió de la casona, atravesó el corredor entre el jardín y llegó hasta el portón, donde lo esperaba un guardia que lo condujo hasta su vehículo.
José Julián abrió con el control remoto la cajuela; el guardia acomodó su maletín, cerró la tapa, sonrió, se trepó al vehículo con una sonrisa de oreja a oreja y no se volvió a saber de él. Pocas veces apareció en actividades de campaña, y desde que salió de la casona construida en el sexenio de Horacio Terán poco se supo de su candidatura.
La historia la contó uno de los guardias que cuidaba el acceso a la residencia.
Hasta aquí todo tiene el aire de un gobierno aún empoderado, un estado que vivía aún bajo un dominio priista que ya mostraba los primeros signos de su decadencia —desde que fue derrotado en las elecciones intermedias—, pero que parecía no representar obstáculo para que Rodolfo transitara hacia la gubernatura.
El problema realmente no eran sus competidores, ni priistas ni panistas; la gran bronca estaba en las carreteras, en las calles de las zonas urbanas y rurales, en las rancherías perdidas en un territorio que abarcaba altiplano, Huasteca, valles poblados de ganado y grandes superficies de sembradíos; pero sobre todo, ya desde entonces, en una frontera compleja.
El Estado ya no funcionaba. El gobernador estaba arrinconado en su casa —a veces tuvo que dormir en el cuartel—. Las policías se habían alineado con el enemigo, el ejército era insuficiente y sin armamento adecuado; la federación quería lo peor para Tamaulipas, la idea era dominarlo por muchos motivos —riqueza de hidrocarburos, fuerte movimiento portuario, importancia estratégica—, pero sobre todo se vivía una crisis de poder sin precedentes: la autoridad sometida, acorralada, con miedo. El poder institucional se quebró y en muchos casos se subordinó.
En los 43 municipios se instalaron poderes paralelos; siempre los hubo, pero a finales de los noventa se convirtieron en amos y señores del territorio. Personajes como Juan García Ábrego y Osiel Cárdenas Guillén —y otros de reinados más efímeros— dominaron en el Cártel del Golfo sobre Tamaulipas.
Ya en los primeros años del siglo actual, el estado había quedado prácticamente en sus manos. Franquicias del cártel armadas hasta los dientes, pertrechadas del mejor equipo y con ejércitos de sicarios, dominaron el territorio, controlaban policías, pintaban raya al ejército, y con dinero o amenazas sometieron a las autoridades estatales.
Por eso Rodolfo llegó a la candidatura en el peor momento. Vivió durante su campaña los días más difíciles de su vida. Visitar municipios clave en las zonas de control de los cárteles requería un proceso de gestión previo: le marcaban rutas y lugares, y flotillas de vehículos con sicarios se asomaban alrededor de sus eventos en plan desafiante.
Para el candidato que prometía resolver los problemas de Tamaulipas era imposible abordar el tema de la seguridad. Hablar del terror, del control criminal, de las cientos de muertes y desapariciones que ocurrían, del despojo y el sometimiento de las familias tamaulipecas, era arriesgar su vida.
El 27 mayo de 2010, por puro trámite, se llevó a cabo un foro de seguridad. El ex procurador Aníbal Pérez Vargas presentó una ponencia donde urgía a las autoridades a actuar contra los cárteles y describió el estado de terror —histórico, sin registros comparables, peor que cualquier otro que haya vivido otra región del país—.
El evento fue por la mañana y ya por la tarde, mientras revisábamos las ponencias para armar la nota informativa, sonó el teléfono. Era Rodolfo, y escuchamos su voz:
—Amigo, qué gusto saludarte. ¿Qué te pareció?
Le dije que había ponencias muy importantes porque describían sin eufemismos la realidad de terror que estábamos viviendo; que era un acto que podría marcar el inicio de acciones para contener el desmadre en Tamaulipas.
—Te quiero pedir un favor —me dijo—. Ayúdanos para que no se publique sobre el tema. Están las cosas muy mal, créemelo; podría pasar cualquier cosa y por eso estamos cuidando cada paso que damos.
Después de ese evento pocas veces volvimos a hablar.
El 28 de junio, antes del mediodía, estaba en mi oficina cuando recibí una llamada:
—Acaban de atentar contra Rodolfo…
Mi respuesta fue de incredulidad.
—No juegues con estos temas, cabrón —le dije a mi compañero.
—Iba al aeropuerto y lo atacó un comando; no sé más, pero está en grande el asunto —me dijo.
Con otro de mis camaradas salimos corriendo y en mi auto llegamos hasta el libramiento, hasta la carretera a Soto la Marina. No pudimos entrar: ya estaba rodeado el lugar y un despliegue de fuerzas de seguridad controlaba el área.
A lo lejos vimos la Suburban cubierta de los logotipos priistas y la foto del candidato. A un lado del vehículo, un cuerpo cubierto con una sábana, mientras policías y forenses exploraban la zona y socorristas recogían heridos o tomaban el pulso a los otros caídos.
Tamaulipas ya estaba mal entonces. Después vinieron días peores.
Rodolfo ganó las elecciones ya muerto; lo reemplazó su hermano Egidio, una decisión que buscaba tranquilizar el crispado ánimo social’
La vorágine de la inseguridad continuó —a veces con jornadas aún más oscuras—. Hoy es simplemente una estadística que suma miles de muertos y desaparecidos, historias de despojo, de complicidad y de subordinación de autoridades.
Ya estábamos mal; siguieron días peores. Tamaulipas cambió y, al terminar el sexenio de Torre Cantú —tras pactos secretos en las cúpulas del poder federal, con una sociedad amedrentada e indignada por los días vividos y entre escándalos de corrupción que involucraban a ex gobernadores—, llegó el final de un PRI octogenario y decadente.
El crimen del candidato no fue el final de una historia, ni siquiera fue el principio del final. Era, apenas, el final del principio: el instante en que un estado acorralado, sin autoridad institucional y con miles de muertos, entendió que el caos apenas empezaba.




