28 junio, 2026

28 junio, 2026

Morena, el Mundial y el poder de marcar la agenda

LEGITIMIDAD Y PODER/ALBERTO RIVERA

Cada proceso político deja una enseñanza que suele pasar desapercibida entre el ruido de las declaraciones, las encuestas y las especulaciones. Esta semana ocurrió una de ellas. Mientras el país disfrutaba del Mundial de fútbol, la conversación política comenzó a girar en torno a los nombres que Morena perfila para las elecciones de 2027 y, desde ahora, para la sucesión presidencial de 2030. Lo verdaderamente relevante no fueron los nombres, sino que casi nadie preguntó qué hacía la oposición.

Ese es un fenómeno que merece atención.
En política existe un principio poco discutido: el poder no solo consiste en ganar elecciones; también en definir de qué habla el país. Quien consigue colocar sus temas en el centro del debate obtiene una ventaja que comienza mucho antes de que se instalen las urnas. Antes de competir por los votos, se compite por la atención de la sociedad.

Eso fue lo que quedó de manifiesto. Los medios, los analistas, las redes sociales y buena parte de la opinión pública dedicaron sus espacios a interpretar quién pidió licencia, quién aparece mejor posicionado, quién será coordinador territorial y qué significa cada movimiento dentro de Morena. Mientras tanto, las fuerzas opositoras prácticamente desaparecieron de la conversación nacional.

No se trata de afirmar que la oposición no exista. Existe, gobierna estados y municipios, mantiene representación legislativa y conserva una base electoral importante. El problema es otro: ha dejado de marcar la agenda. En la comunicación política hay una enorme diferencia entre participar en el debate y ser quien lo provoca. Hoy, la mayoría de las conversaciones importantes siguen naciendo dentro del partido gobernante.

Esto revela una forma distinta de ejercer el poder. Tradicionalmente se pensaba que gobernar consistía en administrar instituciones, ejecutar políticas públicas y resolver problemas. En la política contemporánea eso ya no es suficiente. También hay que gestionar la conversación pública. Quien logra mantener la atención concentrada en sus decisiones condiciona la manera en que la sociedad interpreta la realidad política.

No es un fenómeno exclusivo de México. En muchas democracias contemporáneas los partidos dominantes han comprendido que la competencia comienza mucho antes de la jornada electoral. La disputa principal consiste en ocupar el espacio informativo de manera permanente, generar expectativa y convertir cada decisión interna en un acontecimiento nacional. Cuando eso sucede, los adversarios dejan de competir en igualdad de condiciones porque reaccionan a una agenda que no construyeron.

Desde luego, controlar la conversación no garantiza el triunfo electoral. La historia demuestra que los gobiernos pueden dominar la narrativa durante años y aun así perder el respaldo ciudadano cuando surgen problemas que afectan directamente la vida cotidiana. Sin embargo, sí representa una ventaja política considerable, porque obliga a los demás actores a jugar en un terreno definido por quien ejerce el poder.
La oposición enfrenta entonces un desafío mayor que construir candidaturas competitivas. Necesita recuperar la capacidad de generar acontecimientos políticos propios, de presentar una visión alternativa del país y de plantear temas que obliguen al gobierno a responder. Mientras eso no ocurra, seguirá apareciendo como un actor secundario en una historia escrita por otros.

Hay una vieja enseñanza de la teoría política que conserva plena vigencia: quien define las preguntas suele influir también en las respuestas. La lucha por el poder no empieza el día de la elección; comienza cuando alguien logra decidir qué asuntos discutirán toda una sociedad.

Quizá esa sea la noticia más importante de la semana. No que Morena haya comenzado a mover sus piezas rumbo a las próximas elecciones. Eso era previsible. Lo verdaderamente significativo es que esos movimientos fueron suficientes para convertir su dinámica interna en la principal conversación política del país. Cuando un partido logra que incluso sus procesos internos se transformen en la agenda nacional, demuestra que su fortaleza no reside únicamente en los votos que obtiene, sino en su capacidad para influir en aquello de lo que México habla, discute y observa.

En política, gobernar implica mucho más que ejercer el poder desde las instituciones. También significa inspirar conversación, marcar el ritmo del debate público y construir una visión de futuro que mantenga el interés de la sociedad. Esa capacidad de influir en la agenda es, quizá, una de las expresiones más sólidas del liderazgo político.

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