Cada vez que viajamos a Matamoros y cruzamos la calle Sexta, vemos frente a la Plaza Hidalgo al edificio de ladrillo amarillo, estilo neocolonial, que —por razones que vamos procesando conforme nos alejamos— nos trae a la mente una vieja frase que, con perdón de los aludidos, no logramos ahuyentar: «Aquí vive el presidente, y el que manda vive enfrente.»
La frase no es nuestra ni es de hoy. Viene del Maximato, cuando Plutarco Elías Calles había dejado la silla pero sin soltar el poder, y el presidente en turno creía o hacía creer que mandaba aunque la última palabra se decidía en otra casa cercana. Desde entonces la sacamos cada vez que sospechamos que quien despacha no es en realidad quien decide.
Ese edificio amarillo —remodelado a principios de los noventa— aloja al Presidente Municipal, que debería ser el que manda en la ciudad. En el mundo real, ahí solo se cumple el trámite de la formalidad porque el mando de verdad ha estado, y sigue estando, en otra parte: antes, por mucho tiempo, en el restaurante Piedras Negras; hoy, en un sitio sombrío y alejado del bullicio urbano.
El dueño del Piedras Negras era nada más y nada menos que Juan Nepomuceno Guerra. Su restaurante, epicentro del poder local, quedaba a media cuadra de la Presidencia Municipal, sobre la misma calle Sexta; el «enfrente» de la frase era, entonces, casi literal. Contrabandista desde la Ley Seca, el patriarca «Don Juan», hizo de aquella mesa un segundo despacho municipal. Su palabra era ley, y pobre de quien se arriesgara a ignorarla. Murió libre y rico en 2001; de él se dijo que hizo y formó, o sometió, a generaciones de políticos locales.
Después vinieron los sucesores: unos cayeron presos, a otros los extraditaron y a algunos los borraron ajustes de cuentas en las mismas calles que gobernaban a control remoto. Solo han cambiado las caras, pero no el reparto, y fuera priista, parmista, panista o morenista, el del despacho seguía y sigue siendo el segundo de a bordo.
Entre esta historia que tal vez ni Mario Puzo habría descrito, llegamos al siglo XXI. Desde febrero de 2025, Washington clasificó al Cártel local como organización terrorista y emprendió una cruzada contra los viejos capos. Pero conviene precisar hacia dónde apuntan los reflectores: por lo pronto, todo indica que la acción legal se dirige en uno de sus capítulos hacia personajes políticos, no hacia quienes tienen el poder en sus manos desde la oscuridad.
Mario Alberto López, «la Borrega» —el mismo que declaró a Latinus sobre el huachicol para luego retractarse y denunciar un «montaje»—, que gobernó Matamoros de 2018 a 2024 y hoy cobra como diputado, fue retenido catorce horas por la patrulla fronteriza en un puente de Brownsville: visa cancelada y explicaciones que, fieles a esa costumbre, en vez de aclarar confirmaron que sí ocurrió. Su relevo no corrió con mejor suerte: a Beto Granados, el alcalde en funciones, todo parece indicar que Estados Unidos le revocó la visa, en medio de investigaciones que nunca se hicieron públicas y con exfuncionarios suyos detenidos del otro lado.
Y no es mala suerte fronteriza. Matamoros lleva años en la mira de Washington: aquí secuestraron a cuatro estadounidenses y mataron a dos en 2023; aquí la OFAC sancionó en 2024 a cinco operadores del cártel y describió a la ciudad como uno de sus bastiones, con jefe de plaza identificado por nombre. La Casa Blanca, el Tesoro y la DEA han puesto el dedo, una y otra vez, sobre este mismo punto del mapa.
Por eso conviene no hacerse los desentendidos: el alcalde de una frontera tan estratégica como Matamoros no pierde la visa por una infracción de tránsito: la pierde porque del otro lado del río, alguien juntó la suficiente información para cerrarle la puerta. Que le ocurra al que se va y al que llega, uno tras otro, es el retrato del cargo: la Presidencia Municipal se volvió una ficción legal, subrayada en Washington casi antes de que el inquilino cuelgue su retrato en la pared.
No afirmamos aquí lo que toca probar a los tribunales. Apuntamos apenas lo que el ojo ve al cruzar la Sexta: que el poder formal tiene domicilio, horario, y que la última palabra sigue operando las ventanas cerradas. Lo grave es que ya nos acostumbramos, como al calor sofocante de agosto, a saberlo y seguir de paso.
Por eso, cada vez que pasamos frente a la Plaza Hidalgo, ese edificio de ladrillo amarillo nos devuelve intacta la vieja sentencia. Aquí vive el presidente. Ya sabemos, desde hace demasiado, quién vive enfrente.
El domicilio de los que ahora mandan preferimos no saberlo y —dicho con franqueza— ni averiguarlo. Solo sabemos que sus indicaciones son tajantes e incuestionables: ellos mandan y el alcalde obedece.




