Por. Max Ávila
Justo este tres de agosto se cumplen cien años de que la jerarquía católica declaró la guerra al supremo gobierno en demanda de recuperar privilegios perdidos por el ascenso de regímenes liberales y revolucionarios de los cuales como sabéis, emanaron las constituciones de 1867 y de 1917. La llamada “Ley Calles” detonó el descontento que condujo a la confrontación armada con duración de tres años y 250 mil vidas sacrificadas. El mandato en cuestión exigía, entre otras cosas, que los curas fueran mexicanos por nacimiento, prohibía, además, ceremonias religiosas y el uso de hábitos en la vía pública, aunque lo más drástico fue la confiscación de conventos y templos y bienes que pasaron al dominio de la nación. Tocó al tamaulipeco Emilio Portes Portes Gil terminar el conflicto el 21 de junio del 29, siendo Presidente Interino de la república.
Desde entonces la influencia del clero ha estado más o menos controlada sin faltar las ocasiones en ir de la mano con el poder civil sirviendo de cómplice en la manipulación y enajenación de la mayoría mexica. Otras veces utilizando el púlpito como tribuna contra políticos presuntos adversarios de la fe cuando en realidad es pretexto cuando ve en riesgo la situación que disfruta la élite de la cruz y el rosario.
El centenario de la guerra cristera es especialmente significativo, cuando el destino del país está en manos de una generación lejana al fanatismo católico empezando por doña Claudia quien profesa el judaísmo de forma abierta, sin hipocresías y con respeto hacia quienes, como Ricardo Monreal, translucen su fervor e inclinación a la religión impuesta desde la invasión gachupina. Y aunque lo uno no choca con lo otro, resulta evidente que en el gabinete predomina la tendencia anticlerical manifestada con discreción, debiendo tolerar, sin embargo, a quienes pretenden sacar partido de las circunstancias que rodean el ejercicio del poder. Autocalificarse religioso en estos tiempos es arriesgar el cumplimento de ambiciones hacia el interior del proyecto transformador, con excepciones que confirman la regla como el caso de los hermanos Monreal que procuran aprovechar lo que hasta ahora les resulta beneficioso. Sea como fuere, lo cierto es que las diversas ideas conviven siendo la derecha la más satanizada por la sencilla razón de su estrecha relación con la religiosidad que actualmente no tiene la importancia de antaño, al menos para fines democráticos.
Mientras tanto crece la inquietud entre los medios de comunicación y analistas serios que ven con preocupación los alcances de la iniciativa que pretende empoderar a las audiencias mediante legislación capaz de sancionar información errónea o tendenciosa. El asunto es, ¿quién calificaría la veracidad, tergiversación o intentos de dañar dignidades, prestigios o simple exhibición mal intencionada?. La opinión de amplio sector es que se trata de limitar el ejercicio de la libertad de expresión. Por su parte la creadora, Luisa María Alcalde, consejera jurídica presidencial, la defiende con uñas y dientes, sin que, hasta este domingo a las cinco de la tarde, ocho minutos y diez segundos, supiéramos si el proyecto seguirá adelante.
En este sentido recordamos a la diputada local Cynthia Lizabeth Jaime Castillo quien en abril del año en curso propuso lo que fue conocida como “ley mordaza” al pretender la creación de un “colegio de periodistas” con autonomía técnica y facultad para señalar y emitir resoluciones contra profesionales de la comunicación, siendo rechazada por la opinión pública y en especial por el gremio periodístico. Registrada la reacción social tal iniciativa se archivó, pero no desechó, por la mayoría del congreso, lo que quiere decir que en cualquier momento será desempolvada y ahora si, aprobada sin medir consecuencias. ¿El hecho fue un ensayo ordenado desde Palacio Nacional?. A lo mejor, es probable, quizá, tal vez…uno nunca sabe. Por lo pronto en caminos, brechas, veredas, atajos y callejuelas el escándalo crece, mientras en los cafés con clientela sin quehacer ni familia que mantener, el tema pinta de alegres colores al ocio sin ganas de llegar a conclusiones válidas para la buena marcha del mundo-mundial.
SUCEDE QUE
Ya en serio, ¿a poco Gustavo Cárdenas regresa para dignificar la política?.
Y hasta la próxima.




