Por su llamativo pasado y su activo presente, la llegada de René Bejarano a Tamaulipas atrajo reflectores y dividió opiniones.
En una asamblea celebrada en el estado, el dirigente de Nueva Esperanza —organización que él mismo fundó tras su salida del PRD— llamó a la militancia morenista a «cerrar filas» y a «organizarse más y mejor».
La escena tiene su ironía: quien pide unidad y disciplina partidista no es, formalmente, militante de Morena. Bejarano nunca se afilió al partido guinda. Opera desde afuera, con una asociación política propia que no compite electoralmente por sí misma.
Su plataforma funciona, más bien, como un vehículo de influencia dentro del ecosistema morenista, donde tiene sus seguidores y sus detractores.
Bejarano ha defendido públicamente a la 4T —incluida la estrategia de seguridad de Claudia Sheinbaum y la memoria de López Obrador, con quien se dice «identificado, con virtudes y defectos». Sin embargo, su relación con el círculo cercano a la presidenta es más distante de lo que su activismo sugiere.
Cuando Sheinbaum era jefa de Gobierno capitalina, se le atribuyó la instrucción de frenar a Bejarano, que entonces buscaba insertarse como operador no oficial de Morena en la Ciudad de México.
Y cuando se le preguntó directamente sobre señalamientos en su contra, la hoy presidenta respondió con la distancia institucional de quien no quiere cargar con el expediente ajeno: «si hay delito, que se persiga».
Así la paradoja que Bejarano trae consigo a Tamaulipas: llega a pedir cohesión en nombre de un proyecto del que no es parte formal, Es decir, su presencia en el estado no debe leerse, entonces, como un mensaje directo del círculo presidencial.
Se trata, más bien, del movimiento de un operador con agenda propia, que construye influencia allí donde encuentra intereses atractivos para sumarse.
La pregunta que queda abierta para la militancia morenista tamaulipeca es simple: cuando Bejarano pide unidad, ¿con qué proyecto exactamente están cerrando filas?




