4 agosto, 2026

4 agosto, 2026

Auditorías morales

ARCA DE NOÉ/ PEDRO ALFONSO GARCÍA

Por. Pedro Alfonso García

Estas semanas ha vuelto a escucharse la misma cantaleta en las sobremesas de café y en el mundo digital de Tamaulipas. Ya la conocemos: mis gallos para el 2027 son honrados, eficientes, casi apostólicos; los de enfrente cargan un pasado negro que los delata y, de tanto oír la misma historia, ya no sabemos si se trata de la opinión de cada quien o de un libreto repetido hasta el cansancio.

No es una práctica nueva, simplemente se exaltan la honestidad y las capacidades del favorito porque es cómplice, amigo, aliado o simplemente porque conviene hacerlo, mientras al adversario se le cuelgan todas las etiquetas posibles.

Cambian los colores, las siglas y los nombres, pero no el método, tal como lo hacía el PRI cuando parecía eterno y hoy lo reproducen, con el mismo entusiasmo, morenistas, panistas, verdes y emecistas, convencidos de que la mejor campaña consiste en revisar la biografía ajena sin detenerse demasiado en la propia.

Tamaulipas, sin embargo, nunca ha sido tierra propicia para repartir certificados de pureza política, aquí cualquier fortuna, cualquier carrera pública y cualquier árbol genealógico con influencia en la política suelen esconder una rama podrida. Balzac escribió hace casi dos siglos algo que ya forma parte del argot de la clase política: detrás de toda gran fortuna hay un crimen.

La moral pública mexicana nunca ha gozado de buena salud, durante décadas el priismo hizo de ella un instrumento de conveniencia y quienes llegaron después terminaron heredando muchas de sus prácticas, de modo que ningún partido puede presumir un expediente impecable ni sostener, sin sonrojarse, que vino a inaugurar la honestidad. Basta revisar las hemerotecas para descubrir que casi todos, tarde o temprano, terminan tropezando con algún episodio que preferirían mantener bajo llave.

A finales del siglo XIX Salvador Díaz Mirón escribió que hay plumajes que cruzan el pantano sin mancharse, y la política tamaulipeca parece demostrar lo contrario: son pocos los que han ejercido poder real sin dejar detrás alguna sombra, un episodio incómodo o una decisión que hoy preferirían borrar de la memoria colectiva. Aquí, donde abundan los auditores morales, escasean los santos.

Quien pretenda erigirse en auditor moral del adversario corre el riesgo de que el reflector termine alumbrando su propia historia.

Las investigaciones sobre el contrabando de combustibles, el huachicol fiscal y los vínculos entre política y delincuencia organizada han colocado al estado bajo un escrutinio inédito y han hecho que la frontera deje de ser un asunto exclusivamente de los tamaulipecos.

El problema es que hoy ya no basta con convencer al electorado. Quien aspire a un cargo público sabe que su trayectoria puede ser revisada con rigor en uno y otro lado del Río Bravo, justamente cuando ese clima de vigilancia ha endurecido la mirada sobre la clase política.

Frente a ese escenario, sorprende que tantos aspirantes prefieran desempolvar los antecedentes del adversario antes que presentar un proyecto de gobierno. Administrar un estado exige mucho más que habilidad para señalar culpas ajenas; exige capacidad, resultados y una idea clara de hacia dónde conducir a Tamaulipas.

La escena volverá a repetirse conforme se acerque el 2027, reaparecerán los balconeos, los videos, las fotografías y los viejos expedientes; los partidos intentarán convencernos de que sus candidatos encarnan la virtud y que los otros representan todos los males de la entidad. Será la misma obra, con distinto reparto.

Por eso conviene desconfiar de quienes llegan repartiendo certificados de santidad, en una atmósfera política donde casi nadie está en condiciones de hacerlo y sería mucho más útil escuchar qué proponen para gobernar que asistir, una vez más, a estas auditorías morales. Tal vez suene repetitivo pero en Tamaulipas nunca han faltado quienes se ofrecen a juzgar la conducta del vecino; lo que sigue escaseando son los santos.

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