9 agosto, 2026

9 agosto, 2026

Aprender a perdonar

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS

Edmundo llegó a su casa —la casa de los Rodríguez, decía orgulloso— cuando las primeras sombras de la noche ya estaban presentes. Era la hora acostumbrada. Cansado, aún pensando en los pendientes del trabajo, cerró la puerta y se dio cuenta de que Ester, su esposa, y Perla, su hija, estaban sentadas en la sala.

—Ven, Edmundo, te estamos esperando. Siéntate —dijo Ester.
Un poco extrañado, Edmundo obedeció.
—Tenemos que darte una buena noticia —continuó ella, aunque su semblante reflejaba inseguridad—. Vamos a ser abuelos, Edmundo.
Con un gesto de sorpresa y desagrado, él preguntó:
—¿Vamos a ser abuelos?
Volteó a ver a Ester y luego a Perla, quien respondió con timidez:
—Sí, papá… estoy embarazada.
Edmundo frunció el ceño.

—A ver, a ver… tú no estás casada. ¿Cómo que estás embarazada?
Ester intervino, tratando de suavizar el momento.
—Pues esas cosas pasan, Edmundo. El muchacho está dispuesto a casarse con ella, tiene trabajo…
—Bonito pelafustán ha de ser, si no sabe respetar a una mujer.
—Es René, tú lo conoces. Es buen muchacho, tiene trabajo…
Hubo reclamaciones, palabras duras: que Perla era una mujer sin dignidad, sin valores, que no tenía respeto por ella ni por su familia. Edmundo estaba furioso. De pronto subió las escaleras hacia las recámaras y, unos minutos después, bajó con una maleta mal hecha con la ropa de Perla.

—Pues esta ya no es tu casa. Agarra tus cosas y a ver a dónde vas a irte a vivir. Aquí no caben mujeres con deshonor. Me voy a bañar y bajo para que me des de cenar, Ester. Espero que para ese momento ya no se encuentre esa mujer aquí —dijo, refiriéndose a su hija, y volvió a subir.
—¿Qué voy a hacer, mamá? —preguntó Perla, llorando.
—No te apures. Ya platiqué con tu tía Elena. Te vas a ir con ella una temporadita mientras se calma tu papá.
—No me va a perdonar…
—Sí lo va a hacer, ya verás. Pero por lo pronto te vas con tu tía.
Meses después llegó a la casa Alberto Mendoza, doctor y padrino de bautizo de Perla, además de buen amigo de Edmundo. Ester abrió la puerta y lo saludó afablemente.
—Buenas tardes, Alberto. Qué gusto tenerte en casa, pásale.
—Buenas tardes, comadre —recalcó, para que lo oyera Edmundo, sentado en la sala.
—A mí ni me digas compadre —replicó Edmundo—. Yo no tengo a nadie de quien tú seas padrino.

—A ver, yo soy padrino de tu hija Perla. Y a mucha honra, te guste o no, porque tú me pediste bautizarla y con gusto lo hice. Así que no vengas con esas idioteces de que ya no somos compadres. Y siéntate, que te traigo buenas noticias.
—Uy, ya me dio miedo —dijo Edmundo—. La última vez que me dijeron eso, me enteré de que tenía una hija que no tenía respeto por esta casa.

—Pues mira, más vale que vayas entendiendo que la muchacha se ha portado muy bien. Ya se casó con René y me ha pedido muchas veces que te pida que la perdones. Y te lo he dicho. Aunque, como tú sabes, yo creo que no tienes nada que perdonarle.
—Pero bueno, yo vine por otra cosa. Perla acaba de dar a luz a dos gemelitas… preciosas. Se parecen a ti, comadre. Vayan a verla, felicítenla, disfruten de esas criaturas que llegaron a llenar de luz a su familia.

—Yo no tengo a nadie que visitar —dijo Edmundo—. Si Ester quiere ir, que vaya. Pero yo no voy a ver a esa mujer que alguna vez fue mi hija.
—Pues yo sí voy —respondió Ester.
Pasó el tiempo. Años después, Edmundo se encontraba en el consultorio de Alberto.
—Tengo malas noticias que darte, compadre: tienes cáncer de páncreas y ya presenta metástasis. No hay cura —dijo Alberto, con pena.
—¿Cuánto me queda?

—Dos meses, cuando mucho. Te voy a dar medicamentos para controlar el dolor. Díselo a Ester. Tiene derecho a saberlo.
Edmundo asintió y salió del consultorio.
Semanas después, Alberto estaba en la habitación de Edmundo. Él ya no podía levantarse y apenas hablaba.
—¿Tienes dolor? —preguntó Alberto.
—Algo… —murmuró Edmundo—. Pero no me vayas a dar nada. Me atontan los medicamentos.
En ese momento entró Ester.
—¿Cómo te sientes, Edmundo? —preguntó. Luego, mirando a Alberto—. ¿Está tranquilo? ¿Está en paz?
Edmundo levantó un poco el brazo y asintió.
—Te traigo unas visitas —dijo Ester—. Me rogaron mucho que las trajera.
Entró Perla con sus dos hijas, ya de cuatro años.
—Papá…

Edmundo sintió un estremecimiento. Un enorme sentimiento de alegría lo recorrió. Con los ojos inundados de llanto, esbozó una sonrisa.
—Mira —dijo Perla, mostrando a las niñas—. Ellas son Ester y Perla. No les encontramos otros nombres…
Edmundo sonrió. Una de las niñas se acercó a la cama, llevando una pequeña muñeca.
—¿Tú eres mi abuelito?
Edmundo asintió.

Perla se acercó y abrazó a su padre.
—Te quiero…
Después de un largo silencio, él apenas pudo decir:
—Perdóname…
Perla permaneció abrazándolo unos instantes. Después salió de la habitación, tomada de la mano de sus hijas.
Alberto observó a su viejo amigo. Luego miró a Ester y dijo en voz muy baja:
—Ahora sí —dijo en voz baja—. Ya está tranquilo. Ya está en paz.

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