México se ha convertido en un país de encuestas. Las hay para saber quién será candidato antes de que existan candidatos, para medir elecciones que todavía no comienzan y hasta para declarar ganadores de contiendas que faltan meses —o años— por celebrarse.
Cada semana aparece una nueva, acompañada de gráficas impecables, fotografías, porcentajes con decimales y una frase que parece otorgarle un certificado científico: 95 por ciento de confianza y un margen de error de más o menos tres o cuatro puntos. El problema es que asignar un margen de error a una gráfica no convierte una medición en ciencia.
Y ahí comienza una discusión que México necesita tener, porque una cosa es hacer encuestas y otra muy distinta es hacer demoscopia con rigor científico. Supongamos que mañana aparece una encuesta entre mil ciudadanos: candidato A, 42 por ciento; candidato B, 31 por ciento; candidato C, 15 por ciento. Inmediatamente escucharemos que uno se despegó, otro se desplomó y la elección comienza a definirse. Pero casi nadie hará la pregunta verdaderamente importante: ¿cómo llegaron esas mil personas a la encuesta?
Porque mil entrevistas mal seleccionadas siguen siendo mil entrevistas mal
seleccionadas. Diez mil también. El tamaño de una muestra importa, pero antes importa cómo fue construida. Una investigación rigurosa comienza definiendo a quién quiere representar; después establece un diseño muestral y fija reglas para seleccionar a quienes participarán. En un levantamiento territorial pueden seleccionarse aleatoriamente secciones electorales, después manzanas, posteriormente viviendas y finalmente al entrevistado bajo criterios previamente establecidos. La ciencia comienza justamente ahí: quitándole al encuestador la posibilidad de escoger a quién le conviene entrevistar.
Propuesta Económica y Metodológica Cara a Cara.pdf
Existe además una discusión equivocada: “las encuestas telefónicas no sirven”, “las buenas son cara a cara”. Es un falso dilema. Una encuesta no adquiere rigor porque alguien toque la puerta de una casa, ni lo pierde automáticamente porque alguien levante un teléfono. El medio es el instrumento; el rigor está en el método. Una encuesta telefónica puede seleccionar aleatoriamente números, establecer controles de representatividad, filtrar residencia, edad y condición electoral y ponderar estadísticamente la muestra. Propuesta Económica y Metodológica Telefónica.pdf Una encuesta cara a cara puede utilizar un diseño probabilístico, estratificado y multietápico. Y ambas pueden hacerse mal. La pregunta correcta es cómo seleccionaron a las personas que dicen representar a todos los demás.
Hay otra parte de las encuestas de la que casi nadie habla: los que no contestaron. Una empresa informa que realizó 600 entrevistas efectivas. Muy bien. Pero ¿cuántos intentos fueron necesarios?, ¿cuántas personas rechazaron participar?, ¿cuántas nunca respondieron? Si determinados grupos contestan con mayor frecuencia que otros, tendremos 600 entrevistas reales, pero no necesariamente una fotografía fiel de la población. Una muestra puede tener muchas entrevistas y poca representatividad. Ésa es la diferencia entre contar respuestas y medir opinión pública.
Por eso hay una pregunta que cualquier ciudadano, periodista o medio debería plantearse ante una encuesta: ¿puedo saber cómo lo hicieron? Una investigación profesional debe dejar huellas. En un levantamiento presencial pueden registrarse fecha, hora, georreferenciación, duración e identificación del entrevistador, además de existir supervisión, validación y auditoría estadística. Propuesta Económica y Metodológica Cara a Cara.pdf En uno telefónico pueden registrarse las llamadas, su duración, los entrevistadores y las grabaciones que permitan verificar posteriormente el trabajo. Propuesta Económica y Metodológica Telefónica.pdf Eso tiene un nombre: trazabilidad. Poder recorrer el camino de regreso: del porcentaje publicado a la base de datos, de la base a las entrevistas y de las entrevistas al procedimiento mediante el cual fueron seleccionados los ciudadanos.
También está esa frase convertida prácticamente en estampita de las encuestas: “95 por ciento de nivel de confianza”. Suena científico y definitivo, pero tampoco es un certificado automático de calidad. Una muestra de 600 entrevistas, por ejemplo, puede plantearse con 95 por ciento de confianza y un margen máximo aproximado de cuatro puntos. Propuesta Económica y Metodológica Cara a Cara.pdf Pero ninguna fórmula hace magia. El margen de error no corrige por sí mismo una mala selección, problemas de cobertura, errores de levantamiento o un cuestionario sesgado. La estadística puede calcular la incertidumbre de una muestra; no puede convertir una mala muestra en una buena.
Y entonces llegamos al verdadero problema político. Las encuestas sirven para medir la opinión, pero también pueden utilizarse para intentar construirla. Una encuesta dice quién va adelante, los medios la reproducen, las redes la multiplican, los simpatizantes la celebran, los adversarios la discuten y los actores políticos toman decisiones. Un número que pretendía describir una realidad termina participando en ella. Así aparecen las narrativas: “ya alcanzó al puntero”, “es el único que puede ganar”, “la elección ya es de dos” o “el otro ya se cayó”.
Esto tampoco significa que dos encuestas diferentes impliquen manipulación. Distintas fechas, universos, cuestionarios y diseños pueden producir resultados distintos. La sospecha legítima comienza cuando el porcentaje aparece, pero el método desaparece. Tampoco deberíamos decidir qué encuestadora es seria únicamente porque acertó una elección. El rigor se evalúa por el método, no por la suerte del resultado. Una medición deficiente puede acertar, igual que alguien puede lanzar una moneda y adivinar varias veces consecutivas. Eso no convierte al volado en ciencia.
Las encuestas son indispensables para una democracia. Permiten conocer percepciones, evaluar gobiernos, detectar problemas y observar tendencias. El problema no es que México tenga demasiadas encuestas; es que su proliferación hace cada vez más difícil distinguir entre demoscopia y propaganda disfrazada de estadística.
Hoy cualquiera puede hacer una gráfica, colocar fotografías y publicar porcentajes con un decimal. Lo difícil es construir una muestra capaz de representar a miles o millones de ciudadanos y explicar cómo se llegó hasta ellos. Por eso, la próxima vez que aparezca una encuesta, antes de mirar quién está arriba convendría mirar las pequeñas letras: quién la hizo, quién la pagó, cuál fue el universo, cómo seleccionaron la muestra, cómo levantaron y procesaron los datos y si el procedimiento puede ser revisado.
Porque la precisión gráfica no es precisión estadística. Detrás de un porcentaje puede existir una extraordinaria investigación científica o simplemente una extraordinaria gráfica.
La diferencia se llama método.




