9 agosto, 2026

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Sara  la “Narcosatánica”: la mujer detrás del expediente

Originaria de Matamoros, Tamaulipas, su cuerpo robustecido ha acumulado violencias, canas y encierro, repite que se acercó a Adolfo Constanzo porque sabía de santería, que terminó secuestrándola, que ella pidió ayuda, y después resultó detenida e implicada en diversos delitos
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MÉXICO.- Sara Aldrete lleva 37 años privada de la libertad, después de haber sido torturada, estigmatizada, implicada y sentenciada. Tras muchas muertes y resurrecciones en prisión, sostiene que se ha hablado mucho del expediente de la mujer, pero no de la mujer del expediente.

Sara es una historia de casi cuatro décadas de privación de la libertad. Es glamour en una tarde de fiesta LGBT en un reclusorio capitalino. Es madre de 29 gatos, familia de sus compañeras, actriz fundadora del Teatro Penitenciario. Escritora, de su propia historia y de otras. Es humor, llanto y a veces frustración. Es vocera de los derechos de las mujeres en reclusión. Le dicen la Narcosatánica, como ella misma tituló su libro, pero defiende que hoy sea solo Sara, la mujer detrás del expediente. 

Anda un día cualquiera sentada en una silla de ruedas que ella misma maneja en uno de los espacios a cielo abierto del Centro Femenil de Reinserción Social Tepepan. A sus más de 60 años, enmarcado por un cabello rubio y cano, su rostro aún deja asomar los rasgos de su belleza juvenil, cuando conoció a Adolfo de Jesús Constanzo y su vida cambió.

Su expresión es la de una persona franca y segura, muy norteña. Es originaria de Matamoros, Tamaulipas. Con 1.86 de estatura, su cuerpo robustecido ha acumulado violencias, canas y encierro, pero no ha perdido el carácter fuerte y la expresión vivaz al hablar.

Repasa, por enésima vez, lo que ya ha dicho en otros espacios —no siempre reproducido con fidelidad—, y narrado de puño y letra: que se acercó a Adolfo porque sabía de santería, que terminó secuestrándola, que ella pidió ayuda, y después resultó detenida e implicada.

Sara narró la historia de sus pesadillas en el libro Me dicen la narcosatánica, escrito desde el encierro y publicado en el 2000 con la ayuda de la escritora Josefina Estrada, del que todavía conserva ejemplares. En el apéndice, recupera además testimonios previos de sus coacusados. Coinciden en mucho con las versiones de Sara sobre su papel, sobre Constanzo y sobre declaraciones obtenidas bajo tortura.

Antes ya existía otra muestra de su talento: los talleres de Estrada en la prisión dieron vida a su libro Mujeres de Oriente, relatos desde la cárcel, memorias, reflexiones o historias cortas escritas por internas de ese centro, donde Sara pasó sus primeros años de prisión. Ella es una de las 17 autoras. “A Sara Aldrete, Sol del Oriente”, dice la única dedicatoria de Estrada en la primera página. Desde aquellos años, solía elogiar la pluma de la tamaulipeca.

“Parece ilógico dormir cuando te han robado tu intimidad, te han arrancado tu soledad, te han pisoteado tus sueños y pateado tus fantasías… Así está cabrón poder soñar, regresar a tu colchón hundido, no por el peso del cuerpo sino por el paso del tiempo y los sueños contenidos”, escribió Sara en una de esas páginas.

Se ha hablado mucho del expediente de la mujer, pero no de la mujer del expediente. Ven a Sara Aldrete como la bruja, como la satánica, como la narrrcosatánica —alarga y remarca la r—, como la hechicera, la concubina del diablo… te puedo dar mil nombres. ¿Pero qué hay de Sara María Aldrete Villarreal? ¿Qué hay de ella?— cuestiona.

— ¿Y qué hay, Sara?

— El sentimiento de seguir aquí encerrada, el sentimiento de haber perdido a mi madre, recientemente a mi padre, de sentirme huérfana —su voz se quiebra—. Cabrón, pues si soy un ser humano, ¿sabes? El mito de esa mujer fatal a veces siento que gana más, todo lo que se ha dicho de mí que lo que puedan conocer de mí: la persona frágil, vulnerable, mujer, porque no dejo de ser mujer, mi amor por los animales, por mis gatos, tengo 29 gatos, tenía más pero se han ido muriendo por viejitos, y todos tienen nombre.

Esos gatos son su motivo para levantarse cada mañana. Quiere que tengan claro que le importan a alguien. “Y decían que mataba hasta humanos — ironiza—, ¿cómo me acusaron de tanta estupidez?”.

Sara Aldrete fue detenida el 6 de mayo de 1989 en la Ciudad de México, cerca del mediodía, cuando tenía 24 años de edad, en una balacera que se desató después de que ella aventó una nota por la ventana para pedir ayuda, secuestrada y amenazada por Constanzo. Él murió ahí; ella sostiene que no podían dejarlo vivo por toda la gente implicada en el caso.

En abril de ese año, en todo México se había esparcido la noticia de una serie de asesinatos en Matamoros, Tamaulipas, atribuidos a un grupo de santeros a los que se tildó de “Narcosatánicos”, encabezado por el cubano norteamericano Constanzo, con conexiones en Miami y la Ciudad de México. Era conocido porque a él acudían figuras políticas, artísticas y policiacas de la época. 

Sara quedó atrapada en medio de la historia, como si se le hubiera salido el alma al verlo muerto: “Ya me fregué, quién va a decir que soy inocente”, pensó entonces. Ahí empezó la construcción de una villana. Una villana que en su versión, narra más bien las que son sus tres pesadillas: el secuestro de Constanzo, los seis días de tortura tras su detención y el apando en el Oriente.   

Asegura, además, que nunca conoció el Rancho Santa Elena, supuesta sede de los crímenes, donde las autoridades quemaron evidencia y rompieron la cadena de custodia al dejar entrar a la prensa.

Tras su detención, perdió la noción de un tiempo que fue eterno: tortura sobre tortura, golpe sobre golpe. Humillaciones, vejaciones, toques eléctricos, quemaduras y una violación tumultuaria se acumularon en un “paseo” por una alcaldía de la Ciudad de México, la procuraduría capitalina y la entonces Procuraduría General de la República.

El 12 de mayo de 1989 la presentaron ante el juez, sin descanso, seis días y seis noches después. Para ella, si el infierno existe en la tierra, fue ese. Después de 37 años, lo recuerda como si el tiempo no pasara: “Es como si se hubiera detenido en ese espacio y en esos momentos, como cuando te haces una herida y solo se te hace una costrita, y cuando la mueves, sangra. Así me siento, no cierra”.

Luego vino el mote de la “Narcosatánica”, que le pusieron los medios de comunicación: necesitaban a la villana, a la mala mujer. “Fui crucificada y fui sentenciada antes de ser juzgada… y a la fecha cuánta gente hay que no me conoce, que no me ha tratado, que no sabe cómo soy, quién soy, y me sigue diciendo ‘maldita bruja, que se muera”, reclama.

A eso se suman obstáculos, para ella inexplicables, en su proceso. Pese a múltiples recursos, buena conducta y un plan de actividades completo, su salida se ha detenido una y otra vez. Su carácter firme disimula bien que hay mañanas en las que no quiere ni levantarse: “Y lo hago, y sigo otro día más”.

Todo lo personal se volvió público. Incluso la primera vez que se reencontró con su papá, tras el secuestro y la detención, desde atrás de la rejilla de un juzgado. Si las mujeres siguen siendo las más castigadas públicamente en las historias criminales, “imagínate entonces”, comenta Sara. Su personalidad y sus elecciones, además, chocaban con el rol que las mujeres “debían” desempeñar según la sociedad.

Su juventud la acercó, sin querer, a ese otro mundo porque “me sentía intocable y muy chingona”, admite. Siempre con premios y primeros lugares como estudiante, estaba convencida de que “se la sabía”. Pero la vida era distinta, se la tragó y Adolfo le dio la vuelta “bien cabrón”. Es la historia de tantas mujeres en prisión: fue por un hombre.

“Dicen que el amor en ocasiones mata, pero el amor que él me tenía no era de los que matan, sino de los que torturan y quiebran el alma y el espíritu”, escribió en las páginas de su libro. Incluso él lo presagió durante una lectura de cartas un día: “Tú vas a estar en la cárcel por mi culpa”, quizá más por certeza que por brujo. Ella lleva 37 años ahí, por un año siete meses de haberlo conocido.

La mantienen recluida sin que exista una prueba forense, solo dichos que “se cayeron”, defiende. Con el protocolo de Estambul, se comprobó la tortura. Su sentencia inicial era de 647 años y 5 meses por homicidios, delitos contra la salud, acopio de armas de fuego, profanación de cadáveres y asociación delictuosa. Se ha reducido a poco menos de 50. “Nadie quiere aventarse el rollo”, dice, por lo fuerte del caso. La última vez, se negó su preliberación por no haber cubierto una reparación del daño ya prescrita.

“Duro contra el muro”: mujeres en prisión

Si alguien sabe lo que significa la prisión para las mujeres es Sara Aldrete. Ha vivido en todos sus rincones, desde los tiempos de las peores prácticas hasta las de ahora, que tampoco son las mejores.

Se ríe de que ya tiene “doctorado” en bordado, tejido, “muñequitos” y cualquier otra actividad habida y por haber. Además de escritora, es fundadora del Teatro Penitenciario, como ha narrado Itari Marta. Quienes la conocen dicen que en todos los centros penitenciarios se habla de su buena conducta.

Después de los 15 años y medio del Oriente Femenil, fue trasladada a Santa Martha por 7 años, luego a un federal en Baja California, y de ahí a las Islas Marías, donde estuvo dos meses 17 días. Siguió uno de máxima seguridad en Mazatlán, cuatro años en Tepic —un real infierno, describe—, dos en el Cefereso 16 y finalmente Tepepan, donde lleva 9 años.

En reclusión ha ganado premios nacionales de cuento y poesía, dirigido puestas en escena, y recibido reconocimientos por el Festival Hispanoamericano de Teatro de Pastorelas con Arturo Morell, por una obra conjunta entre el femenil de Santa Martha y el varonil Oriente.

Muchas de sus tristezas se quedaron en el Oriente, donde vivió un crecimiento definitivo de niña a mujer, agarró “el toro por los cuernos”, se sacudió y se dijo a sí misma “traigo este pedotote, ahora qué voy a hacer, cómo madres lo enfrento”. Vivió las primeras muertes en su familia desde el encierro. Aguantó el apando: mes y medio semidesnuda haciendo del baño en un hoyito; tres meses apenas comiendo.

“Fueron muchas cosas, que para mí es difícil, tenía unos dolores horrendos”, recuerda. A los tres meses, dos semanas y cinco días, por fin la sacaron a instancias de una nueva directora, que la puso a trabajar con ella. Hasta entonces le permitieron visitas, y por fin empezó a sentirse como una persona, no como “la cosa tirada, la señalada, la bruja, la maldita”.

Piensa que el sistema penitenciario ha evolucionado en la aceptación de algunos derechos, como la vida entre parejas del mismo sexo, pero le preocupa el creciente número de mujeres, cada vez más jóvenes. Cuando ella llegó al Oriente, eran apenas unas 80, solo “casos bien pesados”.

“Entonces no te está hablando de una reinserción a la sociedad de la prisión hacia afuera; te está hablando de una sociedad afuera que no está funcionando, porque este es el reflejo”, diagnostica. No solo se trata de trabajar en la reinserción de las mujeres, sino de preguntarse qué hacer para que no lleguen a la cárcel.

Además, hace falta entender sin juzgar: la prisión es en realidad una línea muy delgada que parece lejana, pero “por un pequeño resbalón llegas, por una firma que no tenías que haber puesto, por no leer un documento, por las cosas más pendejas de la vida puedes llegar a pisar la cárcel”.

Sara ha visto de todo: mujeres con largas sentencias por matar al hombre con el que las casaron cuando tenían 13 años; madres “a control remoto, rompiéndose la madre dentro de la cárcel para conseguir dinero”, abandonadas por la pareja; mujeres que visitan a sus maridos de prisión a prisión y se las arreglan para no llegar con las manos vacías; hijas que terminan encontrándose con sus madres adentro.

Por los días del 8M, portaba en el cuello una pañoleta morada con la leyenda “Duro contra el muro”. ¿Qué significa para ella?: “A tirar paredes, a darle duro a la cárcel, o sea, no nada más hay esto, hay algo allá detrás. Duro contra el muro, vámonos fuera de esto. Hay tanto por decir y hablar allá afuera, tantas cosas que se pudiesen solucionar y arreglar, y no te escuchan porque eres solamente una presa, una persona privada de la libertad; eres la Narcosatánica, ‘tómate una foto con ella”, reprocha.

“Me gusta pensar en lo que soy hoy”

“¿Qué pides para ti?”, le preguntan a veces a Sara. Para ella, nada. Mejor un costal de croquetas o un paquete de sobrecitos, o lo que alguna persona u organización en el exterior quisiera donarle a sus gatos. A veces renuncia a sus propios antojos por ellos. Incluso renunciaría al pastel de zanahoria que tanto le gusta, si no fuera porque se lo llevan hecho.

Confiesa que si bien no pide mucho de la vida, sí hay algo que le falta y desea: primero era salir y dormir en medio de su papá y su mamá, pero ya no están. Ahora todavía lo anhela con sus hermanas, “como cuando éramos chamacas”.

La Sara de hoy no tiene nada que perdonar a nadie. Sabe que una vida no alcanzará para explicar quién es realmente a quienes siempre la han visto como una bruja. Solo desea que el día que muera, se escriba en su lápida “Sara Aldrete murió a los 86 o 90 años, y ese mismo día la enterramos”, porque hay quienes mueren por dentro años antes de su sepelio.

Aunque sus dos hermanas, que viven en Tamaulipas, siguen apoyándola, tiene más familia del alma que de sangre. La cárcel no solo une, hermana: “El dolor es una experiencia que nunca vas a olvidar; la felicidad te acuerdas y sonríes y ya… El dolor está, y ese pinche dolor te levanta”.

Ella no puede darse el lujo de no levantarse, porque de ella dependen sus 29 gatos, a los que les habla como bebés. La prisión le ha puesto ángeles en el camino, que le ayudan a subsistir y saber que le importa a alguien, como sus gatos a ella. Resiente el paso y el peso del tiempo, particularmente ahora que tiene múltiples complicaciones de salud —en Tepepan, incluso tuvo una cirugía para atender las quemaduras que tenía en la vagina por toques eléctricos—.

Le ha costado mucho ser vista desde otra cara, fuera del amarillismo: “Yo creo que yo no he sido tratada, olvídate del género, olvídate de la dignidad… como persona, como esa mujer del expediente, no como ese expediente de la Narcosatánica”.

El tiempo nunca es suficiente para decir todo lo que hace falta. En series documentales se ha intentado, sin que haya recibido ningún pago ni el resultado prometido. Su familia perdió mucho para pagar a abogados que solo querían tomarse la foto. Hoy tiene una defensa real del Instituto Federal de Defensoría Pública y un abogado en Tamaulipas.

— ¿Sara es culpable?

No soy culpable de todo lo que me acusan, pero soy culpable por haberme involucrado con las personas que no debí involucrarme, que no debí quedarme por esa fascinación de ese mundo etéreo, de ese mundo desconocido, de esa religión nueva… No de asesinatos, no de sacrificios, todo eso no, de ninguna manera.

Sara hoy es una mujer de 61 años que ha crecido con muchas muertes y muchas resurrecciones dentro de prisión. Se reconoce como una mujer completa en ciertos aspectos, pero incompleta por la falta de su familia, a la que sentenciaron junto con ella. A veces también se siente como “la mamá viejita” del reclusorio: a ella no la tocan.

— ¿A qué habrías dedicado tu vida?

— Estudié educación física y antropología social, pero no me gusta pensar en eso porque no quiero pensar en lo que pude haber sido. Pienso más bien en lo que soy ahora, en lo que la vida misma me ha encaminado, en lo que he tenido que sobrevivir, en la persona fuerte, guerrera, inteligente, hábil, humana que soy ahora, sensible, que siempre lo he sido y nunca lo he perdido, ni a pesar de todo lo que he vivido y lo que me han hecho… No he perdido mi capacidad de asombro, el día que la pierda va a ser el día en que diga “ya valí queso, ya valí madres en este lugar”. Me gusta pensar en lo que soy hoy. 

Para ella escribir es una forma de libertad, igual que leer. Lo mismo le pasó con el teatro: la empezó a llenar porque podía ser lo que quisiera, como quisiera y donde quisiera. Ha sido reina, mendiga, princesa, moribunda, la mejor, la peor, vagabunda, ángel e incluso diablo, pero sin ser juzgada como satánica. “El teatro te hace soñar, la escritura te hace volar”, resume.

Lee novelas, relatos, a García Márquez, Agatha Cristie, Anne Rice, Jaime Sabines y José Revueltas. “Soy un poco disruptiva, un poco revolucionaria; no es que vaya a contracorriente, sino que me gusta ir a donde considero que mi voz puede ser escuchada”, sostiene.

Las dos cárceles

Sara se considera una sobreviviente. Está convencida de que existen dos cárceles: la de los muros y la de la conciencia. En cuanto a la segunda, está en paz y tranquila. Piensa que nunca ha sido abandonada de la mano de Dios. Esa cárcel no la ha tenido que vivir.

“Mi cárcel ha sido pensar en mi familia, en cómo han sido torturados psicológicamente, en cómo no me los dejan en paz, en cómo siguen jodiéndoles la vida, en cómo mi padre sale en un documental que no autorizó sacar esa imagen, estando enfermo se deprime, llega al hospital y muere… esa ha sido mi verdadera cárcel, el sufrimiento de mi familia”, reconoce.

Para ella, el futuro es solo el siguiente momento, aunque a veces sí imagina un lugar afuera para tener a sus gatos, con un gran patio donde puedan vivir tranquilos y morir en paz. “El día que yo sea exconvicta, ellos también van a ser exconvictos, van a salir de aquí”, ríe. Fantasea con una casa con bardas muy altas para que nadie la vea: “Que el mundo viva lo que tenga que vivir, y que me dejen vivir lo que yo quiero como yo lo quiero”.

Quizá por eso eligió interpretar, envuelta en una estola de colores, las estrofas “a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga…” un día de junio en un escenario improvisado en el Reclusorio Norte, durante un evento deportivo LGBT interpenitenciario.

Sara piensa que su vida dentro de la cárcel ha valido la pena, porque ella ha hecho que valga. No quiere que se diga más “aquí vivió Sara Aldrete, la Narcosatánica”, sino “aquí vivió Sara Aldrete, el ser humano, la persona sensible, la que nos enseñó, nos guió, nos escuchó, nos sacó del hoyo en muchas cosas, la que sabe ser amiga”.

“Clamo por justicia, más que perdón. No pierdo las esperanzas de que alguien, algún día llegue y me dé, a mis casi 36 años de edad, mi salida. Sigo esperando con renovada fe mis amparos y revisiones de amparo”, escribió en el 2000 en su libro. No les dedicó ni agradeció nada a todos los que la metieron a la cárcel, pero “la bruja que inventaron” les deseó que desconozcan la tranquilidad del sueño.

26 años después, cuando ya ha pagado demasiado por sus errores y por los de esa “bruja” que otros construyeron, sigue esperando.

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