18 agosto, 2026

18 agosto, 2026

El olor del molcajete y el chorizo de Jaumave

CRÓNICAS DE LA CALLE/ RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Por Rigoberto Hernández Guevara 

Si observas, eso eres y eso somos, lo que vemos somos. Hijos del reflejo, el día desde el alba muestra el intento infantil por parecer lo que debemos. Ajustarnos la ropa, inventar un gesto y volver a la normalidad del espejo que mira con desconfianza.

Aldeanos de siempre, todavía desconocemos el punto exacto de todas las cosas. No vivimos en equilibrio ni sacamos la cabeza fuera de un tanque de 200 litros a menos que otros lo hagan. Sin embargo uno crece y sale. 

Decía que somos el reciduo del sol al caer la tarde sobre los tejados. Los tejados huelen al intenso sol sobre un chicle de menta. Siempre hay niños jugando en los patios, señoras rezando el rosario, un mediodía ingrato, el angelus puesto en Ia radio del locutor que nació justo para este momento. 

El sonido de la ciudad son vehículos encendidos, motores, palabras que al cruzarse hacen un desmadre o un silencio cómplice. El silencio es un ruido como quiera. Un ruido dormido junto a un perro. Gente pasa y no a todos conoces como antaño. Alguien pasa, llama a la puerta y ofrece aguacate. No tarda en llegar el pedido de Rapid. El cielo completamente azul ilustra el clásico paisaje dibujado por un niño de sexto año. 

Un resumen de la ciudad se junta en el siete Hidalgo. El lenguaje inconfundible y loco, localiza a los foráneos. Los informales oferentes nos conocen. Somos los clientes que compran ahí el chile piquín, la calabacita, la chocha, el chorizo siempre de Jaumave, el queso de Aldama, los nopales tiernos, las semillas tostadas ahí de calabaza, la papa bien bara, la bandera de chile, piquín y cebolla a 20 varos para unos huevos a la mexicana. 

La ciudadanía se compone de la banda que hace postcast, influencer que invaden la plaza del 15, emprendedores del libre 17, patinadores incipientes en el Patinadero, raza de la prepa por el Centro, la hora pico, luego todo junto de nuevo. 

De pronto un estruendo, y la ciudadanía va a recoger el fruto, ocurre y hay que hacer fila para observar de cerca qué pasa y a veces no es nada, es una señora con una nieve de fresa. Vas por la sombra pues recuerda que en esta ciudad se derrite muy pronto una nieve de fresa. 

La relación entre Victoria y la lluvia es muy controvertida. El agua es un pájaro. El aire pasa por la de Juárez y no pasa nada. La ciudad conserva las murallas de la sierra madre donde se apasigua el agua y luego baja por la calle Ocampo. 

El aire pelea afuera con un camión de volteo cargado de piedra. Va y vuelve con escombros, como un péndulo. La vida es ese péndulo que te vuelve a empujar. El teatro lleno de gente observa con morbo el momento en que caes. Y caes. Constantemente vuelves a levantarte, a estar en construcción, vuelves al yoga, a reiniciar el jugo a intentar ser el campeón de peso mosca del Consejo mundial de boxeo del licenciado Sulaiman, pero no. Esperas con paciencia el retorno de todas las cosas que se fueron, la camisa cuadrada, el cabello largo, la tarde sobre un lienzo, el gato en el piso. 

Salimos a la calle y transpiramos el olor del molcajete. El viento viaja con las aspirinas en la boca de las personas. Estoy en medio de la élite de los sobrevivientes, todavía ingenuos, chivitos en precipicio, número en el INE. A mil años luz de que usted lea este texto. Abajo de una loza de concreto encontrará este recado. Lo que somos esta en relación con lo que se siente. 

Somos el instante y somos sin querer lo que otros hacen a cientos de kilómetros, y dependemos de eso. No hemos logrado sacudirnos al ogro filantrópico de Octavio Paz. Seguimos siendo inmortales e imperfectos, chancletas en un día de fiesta y todo eso. 

HASTA PRONTO 

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