Por Raúl González Sierra
Expreso-La Razón
Junto con Elena, una archivista convencida de que la verdad merece ser preservada, seguirá un rastro de documentos ocultos, traiciones y conspiraciones que se extiende desde los campos petroleros hasta los más altos círculos del poder. Cada diario revela un secreto; cada secreto acerca a alguien dispuesto a matar para impedir que salga a la luz.
Con una cuidadosa recreación del Tampico petrolero y una trama donde la historia y la ficción se entrelazan, Los Diarios del Petróleo es un thriller histórico de suspense que atrapará a los lectores hasta la última página.
La novela parte de la premisa de que los cambios sociales nunca son tersos, estos siempre detonan resistencias y conflictos. Es iluso pensar que un decreto o una reforma legal produzca automáticamente un cambio en la sociedad, como si las personas solo estuviera esperando una instrucción para hacer las cosas de una manera diferente a como las venían haciendo durante años. La expropiación petrolera es muestra de ello. Por otra parte, la novela reivindica el valor del periodismo, así como el valor histórico de los archivos.
En el Tampico de la expropiación petrolera, un periodista de nombre Gabriel, descubre unos viejos cuadernos cuyo contenido compromete a políticos, empresarios y funcionarios que construyeron su poder sobre el silencio. Lo que parecía un hallazgo histórico se convierte en una carrera por la supervivencia. Se trata de un thriller histórico de suspense que atrapará a los lectores hasta la última página.
Junto con Elena, una archivista convencida de que la verdad merece ser preservada, seguirá un rastro de documentos ocultos, traiciones y conspiraciones que se extienden desde los campos petroleros hasta los más altos círculos del poder. Las notas contenidas en estos diarios revelan hallazgos que involucran a alguien dispuesto a matar para impedir que salgan a la luz. Estos diarios fueron parte de una serie que el General Lázaro Cárdenas escribió durante los años de su estancia en Pueblo Viejo, Veracruz.
La novela desarrolla una trama donde la historia y la ficción se entrelazan en una recreación del Tampico posterior a la expropiación petrolera en el que las escenas transcurren en la refresquería El Globito, el tranvía de las bancas de madera, el Casino Miramar, la Lonja Mercantil, el Cine Alcázar; y, por supuesto, la maravilla de la puesta del sol en la Laguna del Chairel.
Aquí unos párrafos de muestra:
El domingo temprano Gabriel se dirigió al Paso del Humo para tomar el bote colectivo que cruzaba el Río Pánuco hacia Pueblo Viejo, con los trabajadores y empleados que a diario van y vienen de trabajar. Su madre vivía en esa localidad, en una casa pequeña, muy cerca de las casas del destacamento militar, en una de las cuales se alojó el General Cárdenas en dos ocasiones. La primera vez, cuando era Comandante, y después, como diez años más tarde, cuando ya era General de Brigada, según le había platicado su padre.
– 0 –
El Cine Alcázar brillaba como un palacio traído de otro continente. Sus arcos de inspiración morisca, las molduras iluminadas y el gran letrero anunciando la función de aquella noche hacían que por un momento Tampico pareciera una ciudad tan moderna como Nueva Orleans o La Habana.
Gabriel esperó a Elena junto a la taquilla.
– 0 –
El sábado amaneció luminoso y húmedo, con ese cielo claro que prometía calor desde temprano. Rápidamente subieron al tranvía que salía hacia la playa y que a esa hora aún iba casi vacío. Gabriel movió el respaldo de la banca para quedar sentado frente a ella, pegando sus rodillas.
El vagón de madera crujía suavemente sobre los rieles mientras avanzaba entre calles con arena, cruzando barrios donde los niños corrían descalzos a la sombra de los árboles cargados de mangos. Las buganvilias caían sobre las bardas.
– 0 –
El calor seco de la tarde se colaba por los altos ventanales del Palacio de Gobierno en Ciudad Victoria. Afuera, las urracas emitían fuertes graznidos entre los árboles de la plaza. Dentro del despacho del gobernador, el aire olía a tabaco recién encendido y a papel guardado.
El gobernador Emilio Portes Gil revisaba algunos informes cuando el secretario anunció:
—Mi general Lázaro Cárdenas del Río solicita audiencia, señor gobernador.
—Que pase —respondió Portes Gil, levantando la mirada.
Cárdenas entró con paso sereno. Vestía uniforme de campaña; el polvo de los caminos de la Huasteca aún parecía adherido a sus botas. Saludó con respeto militar.
—Señor gobernador.
—Cárdenas —dijo Portes Gil estrechándole la mano—. Siempre es grato verlo. Tome asiento. ¿Cómo marchan las cosas por el sur?
Cárdenas no se sentó de inmediato. Sacó de su portafolio un par de diarios de pasta negra, gastados en las esquinas.
—Vengo precisamente a hablarle de eso.
Marco Aurelio Navarro Leal, de origen tampiqueño, tiene un doctorado en Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, una maestría en planeación educativa de la Universidad de Londres, así como una licenciatura en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Ha publicado libros, artículos y ensayos sobre temas de política y planeación educativa, así como de educación comparada. Ha sido distinguido con la presea Jaiba de Oro por el Centro Tampico de México y ahora se interna por los caminos de la literatura con la publicación de esta segunda novela.




