Tiene el ceño fruncido. Los labios apretados. Mira fijamente hacia un punto que nosotros no podemos ver.
Ha girado el torso sobre una pierna. Los músculos del abdomen están tensos. Los brazos concentran toda la fuerza del cuerpo.
Entre las manos sostiene un proyectil.
Está a punto de lanzarlo.
Detrás está la esperanza de un pueblo. Del otro lado, espera el guerrero que amenaza con someterlo.
Todo depende de una piedra.
Pero eso nunca ocurrirá.
El brazo permanecerá tenso. La mirada seguirá clavada en el enemigo. La piedra nunca abandonará la honda.
Ese hombre, que lleva cuatrocientos años en posición de ataque, es de mármol, una estatua.
Gian Lorenzo Bernini captó el instante decisivo entre David y Goliat y le dio vida. Cuatro siglos después, David sigue frente a nosotros.
Y parece que en cualquier momento va a lanzar la piedra.
Hay que acercarse.
Entonces aparecen los detalles: músculos contraídos, torso girado, dedos que aprietan la honda, cejas juntas, nariz arrugada, labios mordidos.
Y uno comienza a olvidar el mármol.
Sabemos que es piedra y, sin embargo, esperamos el movimiento. Sentimos la tensión de ese instante.
Después viene el asombro.
¿Cómo pudo alguien encontrar todo eso dentro de un bloque de mármol?
Uno se acerca buscando el artificio y encuentra más realidad.
La piedra ha dejado de ser piedra.
Es una obra de arte.
Una materia fría e inerte transmite tensión, determinación, esperanza. Nos obliga a detenernos, mirar y maravillarnos ante lo que otro ser humano fue capaz de hacer.
Y aparece la pregunta:
—¿Que no existía la perfección?
Podríamos pensar que Bernini había llegado a ella.
Pero siguió trabajando.
El rapto de Proserpina, Apolo y Dafne, David, El éxtasis de Santa Teresa. Cada obra podía parecer terminada.
Su búsqueda no.
Quizá porque la perfección pertenece a la obra; la excelencia, al hombre.
La primera sugiere que no hay nada que corregir. La segunda obliga a retomar el cincel.
La perfección puede ser una aspiración. La excelencia es el camino: observar, corregir, aprender, volver a intentar.
Siglos después, otro muchacho comenzó a trabajar sobre un material más difícil.
Él mismo.
—Cuando acabé la primaria, mi mamá me dijo: “Pues ya hasta aquí te puedo ayudar porque yo ya no sé lo que sigue”.
Era Adolfo Villagómez, de Iztapalapa, lugar donde vive el mayor número de personas en nivel de pobreza en la capital, una de las alcaldías con mayor nivel de marginación y menor ingreso en esa zona. Sus padres apenas habían terminado la primaria.
Él tampoco sabía qué seguía.
Lo fue descubriendo.
Estudió Ingeniería Química en la UNAM y entró como practicante en DuPont. Al principio le fue mal. Le advirtieron que debía mejorar.
Corrigió.
Aprendió a escuchar a los clientes. Al terminar la carrera había más que triplicado sus ventas.
Después quiso estudiar una maestría en Estados Unidos. Para asombro de todos Yale lo aceptó, pero no tenía dinero. Un cliente ofreció su casa como garantía para el crédito. Su esposa vendió su automóvil.
Y se fueron.
Podría parecer el final perfecto: aquel niño cuya madre no sabía qué venía después de la primaria había llegado a Yale.
Pero tampoco era el final.
Era otro golpe de cincel.
Vendrían trece años en McKinsey y después Home Depot. Allí recibió una división de 5,000 millones de dólares que decrecía. Dos años después, sus ingresos habían aumentado 20 por ciento.
Más tarde le ofrecieron dirigir el negocio digital y de marketing.
—Yo no sé nada de online ni de marketing —respondió.
Aprendió.
Cuatro años después, el negocio había más que duplicado sus ventas.
Hoy dirige 1-800-Flowers.com. Tiene frente a sí otro reto.
Como Bernini, Villagómez ha ido dejando obras en el camino.
Bernini terminó El rapto de Proserpina, Apolo y Dafne, David, El éxtasis de Santa Teresa. Terminaba una y volvía al cincel.
Villagómez también.
Ser ingeniero químico fue una obra. Su maestría en Yale, otra. Después vinieron McKinsey, Home Depot y cada responsabilidad que lo obligó a aprender, corregir y hacerlo mejor.
Ninguna fue la obra definitiva.
Tampoco tiene que serlo.
Quizá de eso se trate la excelencia: terminar una obra, contemplarla por un momento y volver a tomar el cincel.
Mientras estemos vivos siempre habrá algo por aprender, crear o hacer mejor.
No vamos a ser perfectos.
Pero podemos buscar la excelencia.
Cada uno tendrá que descubrir su material. Puede ser una profesión, un oficio, una idea, una vocación pendiente. Y trabajarlo.
Sin prisa.
La naturaleza tampoco la tiene. Un árbol necesita años para crecer. Un río, siglos para transformar la piedra.
Golpe a golpe.
Mejora tras mejora.
Corrección tras corrección.
Con paciencia, pasión y dedicación.
Y llegará el día en que podamos detenernos frente a alguna de nuestras obras, contemplarla, maravillarnos esta vez ante nosotros mismos y preguntar:
—¿Yo hice esto?
La historia de Adolfo Villagomez fue publicada por Whitepaper




