25 agosto, 2026

25 agosto, 2026

Des-humanización

COLUMNA INVITADA/ JUDÁS MIRAFUENTE

Por Judás Mirafuentes.

La deshumanización constituye uno de los problemas filosóficos, sociales y éticos más relevantes de la actualidad. Aunque el concepto suele atribuirse con acontecimientos extremos como guerras, genocidios y regímenes totalitarios, sus manifestaciones se perciben en fenómenos cotidianos relacionados con la mercantilización de las relaciones humanas, discriminación, violencia, individualismo y el exacerbado uso de la tecnológica en la vida social.

Una de las grandes paradojas de la modernidad consiste en el extraordinario ímpetu que el ser humano ha puesto para transformar el mundo, pero no necesariamente en la misma proporción ha dedicado tiempo y espacio, para reflexionar y desarrollar capacidades que le permitan comprender, respetar y cuidar de su entorno.

Esta contradicción conduce a una pregunta crucial:

¿Puede una sociedad técnicamente avanzada, ser al mismo tiempo, profundamente deshumanizada?

La pregunta adquiere particular relevancia en esta, la llamada Era de la Digitalización, que ha venido a modificar las relaciones humanas. Hoy en día los algoritmos predicen, clasifican y reorientan comportamientos. En este contexto el individuo puede ser valorado por su productividad, capacidad de consumo, apariencia, rendimiento o presencia digital, antes que por su dignidad.

La deshumanización no debe entenderse únicamente como el acto de negar la humanidad a otro individuo; también se constituye como el acto de reducir a las personas a una función, una categoría, una cifra o como simple mercancía susceptible de consumo. No siempre es necesario que exista odio extremo, puede bastar con la obediencia automática, apatía, indiferencia, incapacidad de ponerse en el lugar de otros.

En su obra “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal” (1963), Hanna Arendt observó en el acusado una inquietante incapacidad para reflexionar sobre lo que había hecho, (el exterminio masivo de enemigos del régimen nazi), como ella misma lo afirma: “el examen de la interdependencia entre la irreflexión y la maldad” y subraya:

“En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”.

Esto conduce a una conclusión fundamental: la deshumanización puede avanzar cuando las personas dejan de pensar moralmente. Es necesario aclarar que Arendt no afirmó que los crímenes nazis fueran banales, con esta expresión buscaba describir determinadas características del perpetrador y especialmente, una incapacidad para pensar críticamente sobre las consecuencias morales de sus actos.

El riesgo reside cuando una persona ejecuta acciones profundamente destructivas, mientras se convence así misma que únicamente cumple una función determinada. Por ello Arendt afirmaba que pensar, constituye también una responsabilidad ética. Las aportaciones de esta filósofa alemana nos empujan a reflexiones más profundamente sobre la deshumanización política y moral de nuestros tiempos.

A lo largo de la historia diversos filósofos han abordado dimensiones de este problema desde perspectivas diferentes. Marx analizó la alienación de las relaciones producida por el capital, que suele interpretarse en la visualización del trabajador como un simple engranaje en la cadena de producción: como una “simple mercancía” o fuerza de trabajo.

En sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx detalla como el trabajador puede quedar separado del producto que crea, de la actividad mediante la cual lo produce, de su propia realización, e incluso, quedar separado de otros seres humanos. Quien produce riqueza, puede terminar siendo valorado únicamente por su capacidad para producirla.

Drásticamente la persona deja de ser considerada en su totalidad y comienza a ser evaluada mediante indicadores de rendimiento. Esta problemática se refleja en sociedades donde términos como: productividad, eficiencia, competitividad, utilidad y ganancia, ocupan un lugar más importante que el propio ser humano.

Por su parte Nietzsche cuestionó los valores heredados y las formas de sometimiento moral; y Bauman analizó la fragilidad de los vínculos, desde la paradoja de la solidez vs la fragilidad del estado líquido de las relaciones. En este contexto, son evidentes las enormes brechas de desigualdad, discriminación, explotación, exclusión y la indiferencia frente al desapego y sufrimiento en todas sus manifestaciones.

La deshumanización también suele arrastrar al propio individuo a rincones inexpugnables. ¿Qué pasa cuando no encajas en el estándar de una sociedad basada en estereotipos?, y ¿Si a los 30 no tienes cuentas bancarias, residencia, coches de lujo, vacaciones todo terreno?

Desde esta perspectiva, la deshumanización puede interpretarse como una consecuencia de la pérdida de sentido. Un individuo que ya no encuentra razones para vivir más allá del consumo, el éxito, la competencia o el reconocimiento social, puede convertir su existencia en una búsqueda interminable de validación…

TECNOLOGÍA ¿RESPONSABLE DE LA DES-HUMANIZACIÓN?

No sería correcto afirmar que la tecnología deshumaniza. Las tecnologías pueden ampliar la libertad, facilitar el conocimiento, mejorar la atención sanitaria, democratizar el acceso a la información y fortalecer las relaciones humanas.

Sin embargo, la creciente digitalización también produce una transformación de la identidad. El individuo se convierte progresivamente en: datos, historial de búsqueda, ubicación, preferencias, hábitos, fotografías, interacciones, compras, contactos, opiniones…

Hoy en día, los individuos son el producto y en algunos casos el subproducto de una maquinaria diseñada para despersonalizar y deshumanizar, que se vende a través de una marquesina, de aparente conectividad.

¿Qué fuerza nos empuja a la inacción de no ver, no escuchar, no hablar, no protestar?

¿Qué sistema nos sumerge en esa lenta pasividad para no actuar?

¿Estamos perdiendo la capacidad de reflexionar?

Y si este es el primer indicio de deshumanización… ¿Qué haremos, al respecto?

El problema real aparece cuando la tecnología, sustituye la reflexión y deliberación humana. Un algoritmo puede clasificar, la máquina puede calcular, la inteligencia artificial puede generar información, pero nunca reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

Nietzsche, no proponía volver a los valores antiguos, por el contrario, los cuestionaba. Su legado apuntaba a la transvaloración de los valores, es decir, a la posibilidad de crear nuevas formas de valorar la existencia.

Pero ¿quién en este siglo XXI analiza, cataloga y promueve valores?

En una época marcada por la inteligencia artificial, la automatización, la hiperconectividad y la cultura del rendimiento, la pregunta central no debería ser solamente:

¿Qué tan inteligentes pueden llegar a ser nuestras máquinas?, sino:

¿Qué tan humanos, estamos dispuestos a seguir siendo nosotros mismos?

Facebook
Twitter
WhatsApp