No basta cantar bajo la lluvia, ni siquiera ser feliz lo que se dice feliz como esos batos que nunca andan tristes. No basta con pelar la mazorca todo el santo día o haberse peleado a mano pelona con otro «que nadie se meta». Y nadie se mete, todos graban para una red social, una cámara nos ve desde un poste.
Un poli también graba el ambiente: dos caguamas, una mujer a 100 metros aproximadamente. Un hombre- nunca se supo quién- ve un bar abierto y se mete en corto. Afuera el perro ladra de nuevo en lo que una nube oscurece la calle.
La vida suena adentro de la inmensa habitación. Antes que nosotros nadie sospechó de este instante de la comedia. Puedes rascarte la comezón, le dice un hombre ya mayor a otro que del otro nivel mira para abajo.
Supongo que de todas maneras la vida pasa a una velocidad extraordinaria por un lado de nosotros, como un automóvil sin frenos. Nosotros, los conducidos, ya vimos la ciudad, pasamos por sitios donde las señoras y señores, el respetable público, se cuela entre los coches, entre dos mundos iguales.
Juegan las ilusiones a ser verdaderas, juegan en las cabezas y luego olvidan. Muchas cosas no son ni fueron. Miles de objetos bailaron, y quedaron exhaustos, quietos, deshaciendo el tejido de las casas y calles, de alarmas, y alacenas con la fruta favorita. Por eso la gente teme a la lluvia y hay quien canta cuando lava.
Acá estamos todos. No existe un allá ni nadie lejos de esta fila infinita. Avanzamos por la calle y por dentro de la casa hacemos un viaje muy largo a la causa nuestra en el sitio donde uno de todos guisa los frijoles. Tiene que haber uno que no haga nada.
Mil árboles no cuentan con transeúntes bajo la sombra. Nadie a visto nada. Por los motivos que usted guste anda un perro causando estragos entre los motociclistas. Atrás viene el tiempo que cae sobre un montón de horas diurnas y somnolientas. El espectáculo es el inmenso cielo azul, un mar visto desde la orilla como un niño.
No basta ver la lluvia caer con descaro sobre el polvo indefenso de la tierra. La tierra instaló puertos y barquillos baratos para las hormigas coloradas en la hora imaginaria. A dónde más podría ir el agua sin Moisés, sin la buena samaritana que ofrezca agua al sediento que pasa, no mucha porque se acaba.
No basta la lluvia que escurre de los tejados de barro. La emoción del instrumento musical cruza el barrio que comienza el humear de las hormigas voladoras. Un croquis dibujó también el arcoíris para detener el aguacero. Un machete cruzado en el patio quitó el torrencial aguacero metido abajo de los roperos, y abajo del agua encontraron más agua.
En la mesa del sábado juegan las manos solas. Un ajedrez en jacke y la reina durmiendo sobre el pasto de la tarde. El sueño fue un ave, luego un pez gordo, una gran mancha de plasma y plástico. Suelen el poste con los cables pasar largos mediodías sin una copa de licor, sin las ganas de colgarse de un lado a otro lado de la tarde.
No basta la lluvia sino una larga charla de memoria. Un trayecto en Ia carretera a vuelta de rueda viendo el paisaje. Un libro de preferencia de Rulfo, ese largo poema de polvo, de olvido y recuerdo. Hay muchos Pedros en el Páramo, con la sensación de ser uno de ellos.
Sin embargo el sol construye la casa por donde aparecen figuras, pequeñas palabras, silencio de esperas, el sol camina con las personas que hablan solas, las que ven por un agujero; las que escuchan desde lejos, desde hace años, la canción más hermosa del del mundo.
HASTA PRONTO




