30 agosto, 2026

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Gobernar la percepción para gobernar la realidad

LEGITIMIDAD Y PODER/ALBERTO RIVERA

Durante buena parte de la historia política se asumió que el poder se sostenía en la fuerza, en la ley o en la capacidad de imponer decisiones. Sin embargo, la experiencia histórica y la práctica cotidiana del gobierno muestran una realidad distinta: ningún poder perdura sin opinión. Incluso los regímenes más autoritarios dependen, en última instancia, de una percepción social que los tolere, los justifique o los normalice. El poder puede imponerse por un tiempo, pero solo se sostiene cuando se acepta.

Gobernar no es únicamente mandar. Gobernar implica lograr que una mayoría acepte que quien ejerce el poder tiene derecho a hacerlo. Esa aceptación no surge de manera espontánea ni automática; se construye a través de procesos simbólicos, comunicativos y emocionales que ordenan la percepción colectiva. En ese sentido, la opinión pública no es un elemento accesorio del poder, sino uno de sus cimientos fundamentales. Cuando la percepción acompaña al poder, el gobierno avanza; cuando se fractura, incluso las decisiones legales y técnicamente correctas generan resistencia.

Esta idea no es nueva. Desde el siglo XVIII, la filosofía política ya advertía que la estabilidad del poder no descansa en la fuerza material, sino en la aceptación simbólica. David Hume lo expresó con una claridad que sigue siendo vigente:
“Nada más sorprendente para quienes consideran con mirada filosófica los asuntos humanos que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos, y la implícita sumisión con que los hombres entregan sus sentimientos y opiniones ante los de sus gobernantes. Si nos preguntamos por qué motivos se produce esta relación, hallaremos que, pues la fuerza está siempre del lado de los gobernados, los gobernantes no pueden apoyarse sino en la opinión, que es, por lo tanto, el fundamento del gobierno, y esta máxima alcanza lo mismo a los gobiernos más despóticos y militares que a los más libres y populares” (Hume, 1741/1987).

La afirmación es contundente: la fuerza, por sí sola, no gobierna. Incluso el poder más coercitivo requiere un mínimo de aceptación, resignación o normalización por parte de la sociedad. La opinión, entendida como percepción compartida, es el verdadero sostén de la autoridad política. Por eso, todo proyecto de poder que ignore la percepción social termina dependiendo cada vez más de la imposición, y la imposición siempre es frágil.

De ahí que el primer paso de cualquier proyecto político serio no sea hablar, sino entender. Antes de intentar persuadir, es indispensable comprender el contexto social en el que se actúa: los miedos latentes, las tensiones acumuladas, los agravios no resueltos y las expectativas colectivas. La política que ignora estas variables termina por comunicarse en el vacío, desconectada de la realidad emocional de la sociedad a la que pretende gobernar. Entender no significa ceder, sino reconocer desde dónde piensa y siente la ciudadanía.

Comprender la opinión implica aceptar que esta no es homogénea ni estable. Las sociedades no piensan ni sienten de manera uniforme. Existen múltiples capas de percepción que conviven, se contradicen y se transforman con el tiempo. Gobernar la opinión, por tanto, exige abandonar las visiones simplistas y asumir que el consenso absoluto es una ficción. Lo que sí es posible es ordenar la percepción dominante, construir marcos de sentido compartidos y reducir la incertidumbre social.

Una vez comprendido el entorno, el siguiente paso es medir la percepción. No se trata de evaluar lo que el actor político cree que proyecta, sino de identificar lo que realmente se percibe. La imagen pública no es un asunto estético ni una operación superficial de marketing; es una construcción social compartida. Es aquello que se repite, lo que se asocia automáticamente a un nombre, lo que se siente incluso antes de que se razone. Medir la percepción es aceptar que la imagen no pertenece al emisor, sino a la sociedad que la interpreta.

En este punto, resulta clave entender que la percepción precede a la explicación. Las personas forman juicios antes de conocer datos completos o argumentos elaborados. La opinión se configura, en gran medida, a partir de atajos emocionales y simbólicos. Ignorar este hecho conduce a estrategias políticas excesivamente racionalistas, incapaces de conectar con la experiencia cotidiana de la ciudadanía. La política que solo explica, pero no conecta, termina siendo correcta… e irrelevante.

Sin embargo, la opinión no existe en abstracto. Vive en territorios concretos, en comunidades específicas, en grupos sociales que no experimentan la realidad de la misma manera. Lo que funciona en un espacio puede fracasar en otro. Por ello, gobernar la opinión implica localizarla: identificar dónde se concentra la aceptación, dónde se manifiesta el desgaste y dónde existe una oportunidad de reconstrucción. La política no se gana en promedios generales, sino en mapas precisos de la percepción territorial y social.

Los promedios diluyen conflictos, esconden tensiones y confunden prioridades. El poder, en cambio, se disputa en espacios específicos: regiones, barrios, sectores sociales, grupos generacionales. La percepción que realmente importa es la que se centra en los lugares y segmentos donde el respaldo resulta determinante. Gobernar la opinión es saber dónde hablar, cómo hablar y, sobre todo, cuándo escuchar.

Aun con mediciones precisas, ninguna estrategia es eficaz si ignora la dimensión emocional. Las personas no obedecen solo por cálculo racional; obedecen porque interpretan el poder como legítimo, necesario o inevitable. Esa interpretación es, ante todo, emocional. Leer el ánimo social implica reconocer cuándo una sociedad está cansada, enojada, temerosa o esperanzada, y ajustar la acción política a ese estado colectivo. La emoción no elimina la razón, pero define su punto de entrada.

Después viene una de las tareas más delicadas del ejercicio político: ordenar los sentidos. No se trata de manipular en su acepción vulgar, sino de manipular en su significado original: trabajar el sentido con las manos. Elegir palabras, jerarquizar mensajes, construir coherencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se simboliza. La narrativa política no inventa la realidad; la organiza y la vuelve inteligible. Cuando el relato es claro, el poder se vuelve predecible; cuando es confuso, se vuelve sospechoso.

Finalmente, todo se prueba en la acción. La opinión se valida —o se rompe— en los actos visibles, en la presencia constante y en la coherencia sostenida. No existe imagen que sobreviva a una incongruencia prolongada. El poder que no se confirma en la práctica termina recurriendo a la imposición, y la imposición siempre es frágil y costosa. La percepción se construye con palabras, pero se consolida con hechos.

En síntesis, la opinión no acompaña al poder: lo funda. Quien gobierna la percepción reduce el costo de gobernar la realidad. Quien la ignora, termina enfrentándose a ella. Porque, al final, la política no es solo el arte de decidir, sino también el arte de lograr que esas decisiones sean aceptadas. Y en ese delicado equilibrio entre percepción, legitimidad y acción se juega la verdadera estabilidad del poder.

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