Por Raúl López García
Expreso-La Razón
CIUDAD VICTORIA, TAM.- Salir de un banco con dinero en efectivo puede convertirse, en cuestión de minutos, en una sentencia. En Ciudad Victoria y otras ciudades de Tamaulipas existen casos recientes que, aunque todavía no permiten afirmar oficialmente que opere una red dedicada a “marcar” o vigilar a los derechohabientes, sí dibujan un patrón inquietante: delincuentes que aparecen cuando las víctimas trasladan fuertes cantidades de dinero y que, en algunos hechos, parecen conocer con precisión dónde y cuándo atacar.
El caso más delicado ocurrió el 5 de enero de 2026 en Ciudad Victoria. Un trabajador de COMAPA transportaba cerca de 600 mil pesos y acudía a realizar una operación bancaria en la zona de la calle 9 y el bulevar Adolfo López Mateos cuando fue interceptado. El agresor llegó en motocicleta y, según los reportes publicados, utilizó la apariencia de un repartidor para acercarse antes de cometer el robo. La pregunta que dejó el atraco sigue sin respuesta pública: ¿fue elegido al azar o alguien conocía que llevaba una cantidad tan importante de efectivo?
Ese no es el único antecedente. En agosto de 2024, una persona fue despojada de alrededor de un millón de pesos después de salir de una institución bancaria en Ciudad Victoria. Aunque ocurrió fuera de la ventana más reciente de casos, el hecho refuerza una preocupación: cuando grandes cantidades de efectivo salen del banco, los delincuentes parecen tener una oportunidad concreta para ubicar, seguir y atacar a quienes las transportan.
En Reynosa, otro caso registrado en agosto de 2026 volvió a colocar esa posibilidad sobre la mesa. Un hombre salió de una sucursal bancaria con cuatro mil dólares y posteriormente fue víctima de un robo. La información pública disponible no permite establecer si hubo vigilancia previa, pero la secuencia resulta relevante: operación bancaria, salida de la víctima y ataque. Es justamente esa cadena la que investigadores y autoridades tendrían que revisar para determinar si los responsables detectan a sus objetivos dentro, fuera o incluso antes de llegar a las instituciones.
El resto de los casos obliga, sin embargo, a separar con claridad los delitos. En Tampico y Reynosa también se registraron asaltos directos contra sucursales bancarias durante 2026, incluidos ataques cometidos por hombres armados o agresores que ingresaron para apoderarse del dinero. Algunos utilizaron motocicletas como medio de escape. Son hechos graves y muestran que el sistema bancario continúa bajo presión de la delincuencia, pero no pueden presentarse automáticamente como evidencia de “halconeo” contra clientes.
El posible modus operandi que comienza a aparecer en los robos a personas es distinto y más discreto: identificar a alguien que mueve efectivo, esperar el momento en que queda expuesto y ejecutar el golpe con rapidez. La motocicleta ofrece movilidad y una salida inmediata; en el caso de Victoria, además, la apariencia de un repartidor habría permitido al agresor acercarse sin despertar de inmediato sospechas. No son pruebas suficientes para hablar de una estructura organizada, pero sí elementos que merecen una investigación seria.
La dificultad es que las estadísticas oficiales no necesariamente permiten conocer la dimensión completa del fenómeno. “Robo a cuentahabiente” no siempre aparece como una categoría independiente capaz de revelar cuántas víctimas fueron atacadas minutos después de retirar o depositar dinero. Por eso, la historia puede quedar fragmentada: un caso aparece como robo con violencia, otro como asalto a transeúnte y otro más simplemente como un reporte policial, sin que exista una fotografía completa sobre lo ocurrido alrededor de las sucursales bancarias.




