7 octubre, 2026

7 octubre, 2026

Creo que me almorcé un Volkswagen

Crónicas de la calle /Rigoberto Hernández Guevara 

A estas horas de la mañana la ciudad poco a poco se inunda de carros. Las horas pico cobrarán factura sobre los ciudadanos que uno sobre otro prefieren andar en carro que a pata. Ni siquiera hay debate.

Se informa que siendo las 8 horas de la mañana  el estacionamiento del estadio ya está lleno, dice una estación de radio control remoto. Usted tendrá, si bien le va, que estacionarse en calles aledañas que a estas horas suelen invadir las vidas del centro, pero no piense en eso, piense en que encontrará un espacio libre de polvo y paja, fácil de estacionarse en el quince ceros allende.

En mis tiempos- dijo el abuelo – nomas había granjas de gallinas y uno que otro pudiente andaba a caballo. A las afueras de las cantinas y de las tiendas había troncos de mezquite para amarrar las bestias. El tráfico era un rebaño de chivas con el pastor a dos cuadras, atrás la recua desvalagada de asnos y la mayor parte de las casas del pueblo eran de palma. En la tiendas daban almanaques con el fertilizante de Monsanto. 

Todo cambió repentinamente para esta generación que siente cómo el mundo se le viene encima y lo rebasa. Apenas, dirán algunos, hay tiempo para chingarse una caguama. Las viejas casonas de los victorenses poderosos de antes, hoy son estacionamientos de 40 varos la hora.

Tengo la impresión de que los chavos viven en el Tik Tok y es verdad. Yo soy el que no existe. Desde alguna parte observo todo solamente. No puedo moverme, ni dar vuelta a la izquierda, los ojos se me llenaron de coches, creo que almorcé un vochito. 

A esta hora ya está lleno el gran estacionamiento de la ciudad. La ciudadanía baja y sube, se refresca en el clima poderoso de los automóviles recientes. Hay carros por todas partes. Vayas a donde vayas habrá uno que te salga de frente, otro que vaya tras de cada uno persiguiendos hasta despertar del sueño. 

Hay un cochecillo abajo de la cama donde vive un niño. Entras al baño y sale un carro, mientras tomas agua pasan tres carros sospechosos y el último no lo viste. Por la ventana se ve un carro del pasado con dos llantas ponchadas y nadie hace nada desde hace años. De niño, supongo, el carro soñó con ser barco, si supiera la chinga que llevan los marineros. Y sin embargo quedó aquí atracado tierra adentro, sin puerto, sin agua, viendo carros. 

Hay una gran hilera como víbora que confunde el dato de la procedencia de los carros. Salen del fondo de la calle más allá de la calle 8 por donde el sol sale. La procesión de carros concluye luego de dos o tres vueltas a la ciudad sin una razón, sin justificación alguna.

Los coches que lo invaden todo, obligaron a los dueños a ampliar las cocheras con el objeto de estar a sus anchas. Se iban a ir a la huelga. Muchos carros no encienden si no quieren. Nadie sabe por qué. En descargo nuestro debo decir que ya salieron los carros voladores. Pronto nos olvidaremos de estos armastotes rodantes y seremos como los pájaros, buscando un aeropuerto para el aterrizaje perfecto.

La ciudad poco a poco se llena de ciudad. Hay tamales y atole en la esquina todavía . Dos pájaros de mueven en un árbol para dar un paisaje Pop a este lugar. Atrás una zapatería con su enorme espejo observa el paso de los vehículos sin falta. 

Por lo pronto se usa el claxon, la fe, la palabra tóxica y altisonante antes de cruzar en semáforo para continuar la carrera, por la carretera, el camino de tierra, el camino culebrero como el que va a Llera, y entonces la ciudad a las 8 de la noche comienza a cerrar. Un millón de luciérnagas aseguran que hay más carros que personas en esta ciudad. Y sin embargo, al caer la tarde, me filtro entre el rumor de los carros, no sé a dónde, a cualquier otro lugar. 

HASTA PRONTO 

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