Por. Jorge Faljo
Faljoritmo
El 24 de agosto el secretario del tesoro de los Estados Unidos, Scott Bessent, anunció la mayor ofensiva financiera jamás organizada contra Irán o cualquier otro país. El nombre de esta ofensiva podría traducirse al español como Operación Marginación Económica y consistía en que amenazó con excluir del circuito del dólar a cualquier país, banco o empresa que se atreviera a tener relaciones financieras o comerciales con Irán. Se trata de sanciones secundarias cuyo objetivo es un cerco total al que todos deben contribuir o serán castigados.
Marco Rubio, el secretario de estado norteamericano, confiado en el éxito de la nueva fase del conflicto declaró que la guerra de disparos se había detenido y a continuación la presión sería económica hasta llevar a Irán a la rendición. Advirtió, no obstante, que si Irán intentaba volver a minar el estrecho de Ormuz se reanudarían los ataques militares.
El Memorándum de Entendimiento que Donald Trump firmó con gran ceremonia, en el palacio de Versalles el 17 de junio indicaba que Irán controlaría el paso por el estrecho sin cobrar durante 60 días; posteriormente establecería en acuerdo con Omán, tarifas de tránsito. No obstante Trump es impaciente y antes del fin de ese periodo, a los 21 días, Trump lanzó nuevos ataques.
La Operación Marginación Económica dio lugar a un alto al fuego que no derivaba de un acuerdo entre las partes. La estrategia militar de Irán ha sido responder con represalias ante cada ataque, pero sin iniciarlos. Así que una suspensión militar unilateral por parte de los Estados Unidos hizo también Irán se mostrara inactivo. Una situación de falsa calma que no hay que confundir con un cese al fuego y menos aún con paz; y en la que ambos bandos se prepararon para las siguientes confrontaciones. Que no tardaron en llegar.
Para que el ambicioso cerco comercial y financiero funcionara se requería de la cooperación voluntaria o forzosa de muchos otros países y desde el primer día mostró su fracaso. China, el principal cliente del petróleo iraní, declaró de inmediato que la nueva ronda de sanciones era ilegal por no estar aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones y prohibió a sus empresas y bancos acatar las amenazas de Estados Unidos. También se opusieron Rusia, Pakistán y Turquía, los principales vecinos de Irán.
El resultado fue un episodio más del ciclo repetitivo ya conocido: ataques militares, supuestas negociaciones, nuevas sanciones y amenazas, y vuelta a empezar. Solo que las negociaciones ya no están en esta trama dado que para Irán lo acordado en el Memorándum de Entendimiento debe cumplirse y no está dispuesto a renegociarlo.
Incitados por Estados Unidos algunos buques han logrado transitar el estrecho de Ormuz. Se trata de naves propiedad de empresas estatales de países aliados a Estados Unidos. Entretanto las grandes empresas navieras privadas se niegan a arriesgar sus barcos y tripulaciones. En la semana tres buques que intentaban salir fuera del control iraní fueron impactados por minas. Estados Unidos acusó a Irán de volver a minar el estrecho y lanzó ataques a ciudades costeras iraníes. Supuestamente los ataques se centraron en instalaciones militares, tales como radares de vigilancia.
Sin embargo en esta ocasión no se trató de uno de los intercambios bélicos, tipo ojo por ojo, relativamente limitados que han ocurrido durante meses. En esta ocasión se atacó también el lugar donde se festejaba una boda. Al menos cuatro personas fallecieron, entre ellas dos niños y hubo más de 60 heridos, lo que podría dar lugar a más fallecimientos. El ataque fue cerca de Minab, donde el 28 de febrero el bombardeo a una escuela infantil causó más de 160 muertes, en su mayoría niñas. Ese mismo día el bombardeo a un gimnasio mató a 21 muchachas jugadoras de vóleibol. Es el tipo de ataques que enardece a la población y fortalece su determinación.
Algunos han pensado que provocar el máximo sufrimiento y terror en la población llevaría a una rebelión y cambio de gobierno. Pero los hechos indican que por ese camino no se llega al resultado deseado. Así lo demostró la participación de más de 30 millones de personas en el recorrido funerario del máximo líder religioso y político del país, Ali Jamenei. Este se se llevó a cabo cuatro meses después de su muerte en el bombardeo del 28 de febrero. Trump dijo que antes del funeral pensaba que era un líder odiado por el pueblo.
Irán acostumbraba responder a cada ataque con un contra ataque de proporción similar. En esta ocasión, conforme lo había anunciado previamente, la represalia fue mucho más contundente. Lanzó drones y misiles contra instalaciones militares en Jordania, Kuwait, Irak y Bahrein. La versión oficial norteamericana señala que no hubo heridos o daños relevantes.
No obstante desde otra perspectiva la represalia fue significativa. Irán lanzó drones y misiles de relativo bajo costo; digamos unos 40 mil dólares en promedio. Estos fueron repelidos con antimisiles de varios millones de dólares cada uno. Algunos analistas militares consideran que el gasto para los Estados Unidos fue superior a mil millones de dólares. Otro dato significativo es que en algunos casos el ataque no fue repelido; lo que parece concordar con los señalamientos de un importante desabasto en el arsenal militar norteamericano.
Al momento de escribir esta nota el intercambio bélico parece haber cesado. Trump no reaccionó con nuevos bombardeos; Irán ejerció la represalia anunciada. No hay negociaciones y no hay salida al conflicto. Pero la guerra sigue de una manera tal que se anuncia como interminable. Precisamente lo que Trump prometió que no haría.
La guerra contra Irán provoca cambios profundos en otros planos. Turquía, Pakistán y Arabia Saudita firmaron un acuerdo de defensa mutua que de momento no tiene dientes pero que abre el camino hacia una menor dependencia de los Estados Unidos para su defensa. Esta guerra les ha mostrado a los países del golfo que las bases militares en sus países lejos de darles seguridad los ha colocado en graves aprietos económicos. Arabia Saudita reacciona promoviendo alianzas con un país que tiene bombas atómicas, Pakistán, y otro que tiene una importante fuerza militar convencional, Turquía.
Irán dio su beneplácito a esa alianza. Incluso su nuevo Ayatola propone una alianza de países islámicos en la que Irán se convertiría en el protector que daría seguridad a los países del golfo. El hecho es que en toda la región hay un cambio sísmico en proceso. Algo similar ocurre a nivel global. Los aliados de Estados Unidos se han visto despreciados, sus exportaciones tienen que pagar mayores aranceles, se ven amenazados con sanciones. El resultado es que son cada vez más reacios a apoyar a Trump.
Por su parte China, Rusia y otros rivales observan con atención los reales límites de las capacidades militares de los Estados Unidos; incluso aprenden cuales son las nuevas modalidades de la guerra.
Al interior de los Estados Unidos la popularidad de Trump y de la guerra desciende a niveles históricos. El rechazo a la guerra de Vietnam creció lentamente a lo largo de varios años. Un rechazo similar a la guerra contra Irán está ocurriendo en pocos meses. La implicación es que tanto dentro del partido republicano, como del partido demócrata, los halcones bélicos están siendo gradualmente substituidos por nuevos políticos que exigen colocar la prioridad en mejorar el nivel de vida y bienestar de sus ciudadanos. Lo que Trump prometió y no cumplió.




