El valeroso Tlatoani Mecchica, Cuauhtémoc, vio impotente cómo se derrumbaba ante sus ojos el imperio de Anáhuac. Junto a Cuitláhuac y otros Jefes militares, fue testigo de cómo se oscurecía dramáticamente el destino esplendoroso del Pueblo del Sol.
Eran los primeros días de agosto de 1521.
Después de un sitio de casi tres meses impuesto por los españoles a la Gran Tenochtitlán, la resistencia se tornaba insostenible: ya no tenían escudos, tampoco flechas ni macanas para seguir combatiendo, los alimentos eran insuficientes para mantener la defensa de la urbe legendaria.
Una lluvia incesante conmovía los sentimientos de esos días aciagos.
Ante la caída inminente, Cuauhtémoc reunió a los combatientes y al pueblo en Amáxcac. Allí, el Tlatoani rindió un homenaje a su valentía y les dirigió el que sería el último mensaje de gobernante, según la versión de Tlacatzin Stivalet.
“Nuestro destino ya se ocultó, el rostro de nuestro majestuoso sol ha desaparecido y en un lugar completamente oscuro nos ha dejado”
“Muy rápido reunámonos, congreguémonos y en el centro de nuestro corazón escondamos todo lo que amamos”.
“Hagamos desaparecer nuestros templos, nuestras escuelas de altos estudios, nuestros juegos de pelota para jóvenes, nuestras casas de canto, que solos se quedan”.
“Los venerados padres y las veneradas madres que nunca olviden decirles a los jóvenes y enseñarles a sus hijos, mientras vivan, cuán buena ha sido nuestra madre Anáhuac, donde nos cuidan nuestros dioses”.
“Ahora nosotros entregamos la tarea a nuestros hijos, que no olviden, que les informen a sus hijos, como será la elevación”.
“Como nuevamente se levantará nuestro venerable sol y como cumplirá esta grandiosa empresa nuestra venerable y amada tierra madre Anáhuac”.
“Porque ciertamente sabemos que otra vez volverá, que otra vez saldrá y nuevamente vendrá a alumbrarnos nuestro sol”.
Terminado de hablar, ordenó a los correos, los veloces corredores que llevaran el mensaje a todos los rincones del Anáhuac.
Al día siguiente, el 13 de Agosto de 1521, sin posibilidades de seguir defendiendo la ciudad, tendría lugar el fatal desenlace: los mecchicas se rindieron al ejército de Hernán Cortés, en una de las fechas más infaustas de la historia mexicana.
Cuando Cuauhtémoc y los demás jefes guerreros fueron hechos prisioneros, el pueblo en masa, aniquilado física y espiritualmente, salió de los fortines y de las casas en las que se guarecía.
Esta vez, sin embargo, no llevaban erguida la cabeza como en los días de gloria, sino que caminaban como autómatas con la vista baja. Los hombres iban en andrajos
y las mujeres, semidesnudas, enflaquecidas, tuvieron que soportar calladas la vergüenza del manoseo y el escarnio de la soldadesca.
No obstante la tragedia, en el fondo del corazón aún vibraban las palabras del último Tlatoani, de que, un día en el mañana, el pueblo mecchica resurgiría para reivindicar ante el mundo la grandeza y el poder de la sabiduría ancestral.
El martirio del joven Cuauhtémoc, de apenas veinte años de edad, no terminaría con la caída de Tenochtitlán, sino casi cuatro años después, la noche del 28 de febrero de 1525, cuando fue ejecutado por Cortés en Izancanac.
Ese día se apagó el poderío azteca, pero, como dice la placa que recuerda el suceso en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en la capital del país, que resume un poema del escritor Jaime Torres Bodet: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés, no fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo, que es el México de hoy”.
Cuauhtémoc, el valiente defensor de Anáhuac, tampoco murió en Izancanac, ingresó a la inmortalidad para convertirse en símbolo, también en ejemplo, de la entereza con la que debe de enfrentarse la adversidad, al igual que de la esperanza en un futuro mejor(derechos reservados. Prohibida su reproducción, inserción de anuncios y otros usos sin consentimiento escrito del autor).




