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Columnas: Columna Invitada

El año que al fin se va

/ 26 de Diciembre, 2016 / Gabriel Guerra Castellanos

Pocas veces el final de un año ha traído consigo una combinación tal de alivio y preocupación como el de este 2016. Alivio porque ha sido, literal y figurativamente, un año de pesadilla, de terror. Y la incertidumbre y preocupación provienen de un hecho alarmante: muchos de los principales acontecimientos del 2016 tendrán profundas consecuencias a mediano y largo plazo. Sus repercusiones se sentirán todavía dentro de lustros, décadas.

No hace falta hacer el recuento detallado de los daños. Tan sólo con contemplar lo que ha pasado en Gran Bretaña y EU nos podemos dar una idea del alcance de esta debacle. Y es que no se trata de si estábamos o no a favor del Brexit o de Hillary Clinton o Donald Trump, sino de ver cómo el electorado de ambos lados del Atlántico decidió tirar por la borda toda noción convencional del sentido común y de los hechos, con tal de darle una
lección al establishment de Londres, de Bruselas y de Washington.

El grito de guerra de quienes buscaron sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea era, palabras más o menos, “¡Al diablo con los expertos!”. En esa simplona y demoledora frase se resume lo que podríamos caracterizar como el triunfo de la ignorancia frente al conocimiento, del instinto frente a la educación. No es, o no es solamente, el tiempo de las noticias falsas o de la “post verdad”, como algunos le llaman. Es peor todavía: es el tiempo post factual, que los alemanes, con su gran precisión lingüística, catalogaron como la palabra del año: Postfaktisch. Eso que sucede cuando le creemos más a algo o a alguien que a los hechos que están frente a nuestras narices. Es la victoria de la ilusión, o del ilusionismo.

Ojalá eso fuera todo. Lamentablemente detrás de esas dos sorpresas electorales está un fenómeno mucho más grave, que se extiende por doquier, el de la cerrazón de las mentes y de los corazones. En un año en que la migración ha alcanzado dimensiones previamente inimaginables, sobre todo en dirección a Europa, vimos como uno tras otro gobierno optó por cerrar fronteras, colocar alambres de púas, hacer del maltrato y las condiciones inhumanas una barrera adicional para refugiados que en su abrumadora mayoría sólo buscan salvar sus vidas y las de sus hijos. Lo que más me indignó en lo personal fue ver cómo gobiernos de países que históricamente han sido fuentes de migración, como Hungría, fueron de los que peores tratos y humillaciones endilgaron a los refugiados.

Ese mismo odio y rechazo a todo lo diferente fue combustible para la campaña de Donald Trump, con su discurso de odio y exclusión. Pero muy mal haríamos en pensar que son sólo los europeos o los estadounidenses que así se comportan. Un vistazo alrededor del mundo, y hacia adentro de nuestro propio país, rápidamente nos demostrará lo contrario. La discriminación, el racismo y el clasismo están en todos lados, lo que falta es el sentido de humanidad y decencia básica que parecen haberse esfumado.

Escribo estas líneas el día de Navidad, que felizmente empata este año con el inicio de la festividad judía del Hannukah. Quisiera ver en ello un buen augurio, pero las meras coincidencias de calendarios no cambian sustancialmente las cosas. Para eso hace falta un gran esfuerzo individual y otro, mayor, comunitario.

Somos sólo tan fuertes, tan éticos, tan decentes, como el eslabón más frágil de nuestra sociedad, de nuestra nación. Sólo podremos mejorar en la medida en que nos esforcemos no sólo por actuar bien, sino en premiar a quien lo haga y en castigar a quienes no. Sólo así.

Las recompensas no son sólo materiales, de la misma manera en que los castigos no sólo los aplica la autoridad. Está en nuestras manos predicar con el ejemplo para ver si así, tal vez, pasamos de ser faroles de la calle a luces de nuestra enorme casa común.

Felices fiestas a todos mis lectores.

Twitter: @gabrielguerrac
www.gabrielguerracastellanos.com